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Mañana, miércoles 19 de abril, nos visita la escritora Pilar Galán. Con ella finaliza este curso la programación del Aula de Literatura “José Antonio Gabriel y Galán”, de Plasencia. A las 12:30 visitará el IES Gabriel y Galán para celebrar un encuentro con alumnos de secundaria y por la tarde, a las 20:00, en la Sala Verdugo, tendrá lugar la habitual lectura-conferencia abierta a todo el público.

Os esperamos.

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Septiembre

Porque no se puede ser feliz en este tiempo muerto y lentísimo, el indeseable paréntesis entre una vida que ya es mentira y otra que no acaba de ser verdad del todo. Ningún destino es tan ingrato como el de las personas condenadas a vivir eternamente en septiembre.

Almudena GRANDES

La casa está fría. Hay nubes deshilachadas, borrones grises, flecos azules a través de la persiana. La luz se cuela aún como polen de oro, cada vez con menos fuerza, como si presintiera ya el otoño.
La siesta no nos ha hecho bien. Luis se ha levantado con el ceño fruncido, con ese gesto tan suyo de estar enfadado con todos. Ana no quiere tomarse la leche. Lloriquea aún desde la cocina, quiere empezar a andar sobre el suelo frío. Anoche tosió un par de veces, a tientas en la madrugada aparecieron por fin los edredones.
La piscina se ha puesto verde. Flotan bolsas de plástico, alguna silla, el césped se adueña ahora de todos los rincones. Luis pregunta por las ranas. Una y otra vez, cientos de veces, tironea de mi falda hasta que atrae mi atención. Las ranas, cuándo vuelven las ranas, están ya las ranas en el agua sucia, en esa agua tan sucia ya que no ve ni el fondo, podemos bajar a ver las ranas, mamá por favor. Ana llora.
Las pastillas dejan la lengua resacosa y dura. Los ojos pesan, pesa la tarde entera cada vez más cerca de la noche. Aún hay que lavarse la cara, tomarse un café, coger el coche, comprar los libros.
manual-de-ortografia-ebookMilagrosamente, a las seis en punto estamos ya abajo. La portera nos mira como a recién nacidos, con esa ternura tan dulce de las mujeres mayores. Los ha abrigado usted mucho, me dice. Luego engaña el tiempo, veranillo de San Miguel, veranillo de los membrillos. No tengo fuerzas para hablar del tiempo. Recojo el correo. Tampoco hoy ha escrito. No sirven de nada los conjuros mágicos ni retrasar el momento hasta la tarde. El hueco del buzón saluda desde las once de la mañana.
Hay tráfico ya. Luis pregunta cuánto tiempo tardaremos en llegar al hiper. Ana le imita. Luis le pega un manotazo en la boca. Desde el espejo retrovisor se ven las cosas como en un cine, como si no estuvieran pasando.
Pongo la radio. Suena por enésima vez la canción del verano. Atrás los dos se desgañitan. Acabarán pegándose otra vez, cuando se acabe. Por suerte, luego viene la segunda canción del verano, y luego la tercera. Sus voces me llegan desde otro mundo.
Intento mantener la concentración. Como en la autoescuela. Sólo mirar al frente y a los espejos. No desviar la mirada ni un segundo. Si una avispa entra en el coche, bajar la ventanilla con cuidado, sin dar manotazos. Si nos pica, señalizar la maniobra y apartar el coche hasta el arcén.
Doy un manotazo a Luis. Cambio la cinta, me peino, en el semáforo en rojo me pinto un poco la raya. Me pita el de atrás. Ahora se me cala, verás tú cómo se me cala. Menos mal que me he puesto las zapatillas de deporte. Rebobino la cinta, subo el volumen, le paso a Ana el muñequito rosa. Me incorporo por fin a la autovía. Me pongo el cinturón de seguridad. Estoy suspensa, es lo primero que tendría que haber hecho. Bajo el seguro del coche. Estoy a punto de estrellarme con un camión. Ha empezado a llover.
Toda la ciudad ha decidido salir a comprar los libros esta tarde. Seguro. Podríamos haber ido en autobús. Me lo dijo mamá. Hija, no te arriesgues tanto, que vas con esas dos criaturas.
—Tres criaturas, mamá, eso es lo que somos. Una madre asustada y dos hijos llorones.
Mamá no sabe aparcar, dice Luis, con su voz de hombre. Le miro con odio por el retrovisor. No sabe aparcar, no sabe aparcar, canta. Ana ha empezado a seguir la melodía. Podría echarme a llorar ahora mismo, dejar el coche en mitad de la explanada, con las puertas abiertas y mis hijos dentro, y correr bajo la lluvia, como cuando era niña, exactamente igual, sentir las gotas resbalando por mi pelo, saborearlas, pisar charcos, volver a casa con las piernas empapadas, sabiendo que me espera un vaso de leche caliente y dos azotes.
En vez de eso, cuento hasta diez y sigo dando vueltas sin sentido. Aparco por fin en la otra punta de la puerta de entrada. Me miro en el espejo orgullosa de mi hazaña. Estoy horrible. Parece que me he echado encima veinte años.
Lo primero que me levanta dolor de cabeza es el ruido de la gente. Todos en procesión en busca de los libros. Luego, la música de las narices. Julio Iglesias a todo volumen. Ana arrastra los pies.
Hay una cola enorme para recoger los libros. Jugamos a contar niños, jugamos a adivinar colores, jugamos al veo-veo. Luis dice que se aburre. Que quiere ir a ver juguetes. Por megafonía anuncian que regalan el forro para los libros de texto. También hay ofertas de pescado. Ana dice que tiene hambre. Me deseo la muerte. Me llevo deseando la muerte desde las seis de la tarde.
A las ocho y media tengo todos los libros en la mano. Conocimiento del medio, Matemáticas, mi primer diccionario. Luis los abre sin cuidado alguno, pasa las páginas con sus dedos negros de arrastrarse por los suelos. Intento reñirle, pero no quiero gastar fuerzas innecesarias. Total, van a acabar despanzurrados por su cartera dentro de una semana.
Compro leche condensada, galletas, pepinillos, cerveza, una botella de vino blanco, pizzas variadas, patés. Los niños están emocionados con la cena. Yo también. Pienso ponerme a morir de pepinillos en cuanto se acuesten.
Sigue lloviendo. Ahora hace frío y la noche se extiende por encima de las luces de neón de las ofertas. Saco el coche sin rozar la pared. Luis aplaude. Riño a Ana para que no se duerma, por favor, bonita, que tengo que bañarte, que tienes que cenar, que si no te dan las dos y mamá trabaja mañana. Le canto, pongo música, digo a mi hijo que le pegue de vez en cuando un manotazo. Lo hace encantado.
Llego a casa cargada de bolsas. Huele a naftalina, a septiembre, a forro de libro nuevo. Tengo que contenerme para no llorar. No hay luz cuando entramos. El salón está más vacío que nunca. Las plantas hacen sombras raras en los rincones.
Pongo los dibujos, baño a la niña, más dibujos, Luis hace el idiota en la bañera. Se llenan los pijamas de queso fundido, de salchichas con tomate. Ana unta en sueños su dedo en leche condensada. Protestan un poco aún. Luego caen rendidos.
A las once en punto, en mitad de mi atracón de pepinillos, suena el teléfono. Miguel quiere saber cómo están sus hijos. Hablamos despacio, muy educados. Me pregunta también por el coche, si he vuelto a rozarlo, si soy ya capaz de meterlo en el garaje. Cuento hasta veinte antes de contestar. Oigo su respiración al otro lado.
Dice que puede encargarse él de lo de los libros. Le digo que no lo dudo, pero que da la casualidad de que ya los hemos comprado. Parece fascinarle que haya sido tan aventurera como para adentrarme en el territorio prohibido del hiper.
Le pregunto por el trabajo. Dice que trabaja mucho. Como siempre, se me escapa. Sé que me ha oído y que cuenta a su vez para no estallar. Se le escapa a él también preguntarme por todo en general, qué tal van tus cosas, murmura. Mientras intento contestar oigo la tos de Ana desde el pasillo. Bien, como siempre, también, ya sabes. Y me muerdo la lengua porque sé que sabe, porque me está viendo sola en su casa de antes, un poco borracha de cerveza y vino blanco, un poco asqueada de tanto pepinillo, y le gustaría decirme con su voz de hombre, al otro lado, puedo ir a ver a los niños esta noche, aunque sepa muy bien qué hora es, siempre lo ha sabido, que a las once los niños duermen hace mucho, y no esperan a que el señor importante vuelva del trabajo para contar cuentos.
Sé que está esperando una señal, que me derrumbe, que le diga con voz pastosa que no puedo más, que se me caló el coche en el semáforo, que olvidé comprar el libro de ciencias, que estoy ya llorando a moco tendido delante del forro maldito que no se deja cortar, y me estoy llenando los dedos de plástico transparente, y me aburre enormemente hojear tanto contenido para aprender a hacer los deberes, partes de la tierra, funciones del lenguaje, diferencias entre climas…
Pero cuento hasta diez y le digo que van bien las cosas, todo lo bien que pueden ir, que se cuide, que ahora tiene que empezar a hacer frío y septiembre es un mes muy traicionero. Y le imagino en su cocina blanca, impoluta, encendiendo un cigarro más antes de colgarse al teléfono con su madre o con su jefe, o con quien sea, mientras la cocina sigue limpia y no hay ninguna imbécil que le haga la cena. Le digo también lo del veranillo de San Miguel y lo de los membrillos. Y cuelgo, acto seguido, porque ya las lágrimas se acumulan en los ojos, y hay un temblor absurdo en la garganta, y me arde el estómago con los pepinillos, y me duele la cabeza con el vino, y Ana cada vez tose más.
Y lloro, a lágrima viva, tirada en el sofá, como una niña. Porque es septiembre, porque huele a libro y forro nuevo, a patio de colegio, leche condensada y comidas de madre. Porque no hay nadie que me explique por qué no escribe, por qué se empeña en hacerse el fuerte y el distante.
Me tomo dos pastillas. No hay que mezclarlas con alcohol, dice la voz protectora de mi madre. Me da igual, mamá. Tampoco estás aquí para pasarme la mano por el pelo, para llamarme bonita y explicarme qué salió mal después de todo, si me casé con el hombre que yo amaba, si tuve dos hijos preciosos y un trabajo, un piso, el carné de conducir sin coger el coche, si era la envidia de todas mis amigas, si todos le adoraban. A ver por qué hija tuviste que conocer a ese otro, estar a punto de perder a hijos, cariño, con lo que querían a su padre, una vida estable, toda la vida por delante.
Se me va la cabeza. Hablo sola. No tengo ganas de contestarte, mamá, de verdad que no, otra noche más no. Ya hemos hablado bastante. No me vuelvas a decir que hay que aguantar, que todos los hombres son iguales. No entiendes nada. Quiero estar sola. Quiero vivir sola.
Ana tose más fuerte. Me duele todo. El suelo está frío bajo mis pies descalzos.
Avanzo a tientas por el pasillo. No quiero ver en ningún sitio el reflejo de la ausencia.
Me tumbo al lado de mi hija, al lado de su cuerpo caliente de vainilla y chocolate. La abrazo fuerte, le doy besitos, le digo que ya estoy aquí para cuidarla, porque soy mamá, y tú eres pequeña, y ahora puedo cuidarte, luego no.
Ya estoy llorando otra vez, como una idiota. Por cuidar, por no ser cuidada, por las noches y las tardes como hoy, por el miedo que me da conducir, porque quiero vivir sola, porque también quiero vivir con él.
Y, mientras acaricio a Ana, muy despacio, imagino que me pasan la mano por el pelo, que me dan besos, que me abrazan. Que alguien, quien sea, me dice que es normal estar asustada, el otoño y todo eso, qué valiente has sido con el coche, no te agobies si no escribe, nada importa, sólo tú y tus hijos.
Al compás de esa voz me voy quedando dormida, poco a poco. Mañana habrá carta en el buzón, seguro y dejará de llover, y no habrá tráfico. Anita se pondrá bien y Luis no pegará a nadie en el colegio. Ya verás cómo sí.
Sin embargo, justo antes de perder del todo la consciencia, en mitad del silencio de la casa, sientes el frío de septiembre, el aire de la noche que arrastra la luz y el polen de oro.
Y te duermes, por fin, sabiendo definitivamente que mañana no va a ser otro día.

 

Pilar GALÁN

Manual de ortografía

Oración lingüística

Para Alfonso, que inventa palabras.

portada-tecleo-en-vano1Mi suegra dice me se y te se, y asín, mientras la eternidad es una tarde de domingo atrapada en la mesa camilla de su casa.
Mi hijo pequeño dice sidericordia, y nos reímos. En el colegio estudia que los verbos indican acciones, y se buscan en el diccionario a través de los infinitivos. Ar, er, ir. También confiesa que confunde verbos y adjetivos, y que la lengua le aburre porque tiene que escribir renglones y renglones, y copiar los cuadros amarillos.
Mi madre no dice nada. Musita palabras sin sentido, o te mira fijamente intentando reconocer el camino de vuelta ya olvidado. A veces tose, o empieza a gemir y sobrevuela un conato de esperanza, que se diluye enseguida.
Mi hijo mayor escribe tqmuxo, y volveré trd. Bs.
Mi jefe dice reestructuración y objetivización adaptizada de contenidos actitudinales. Y luego plis, traime un café, porfa, enseñando unos dientes manchados de nicotina.
Durante el día, mi marido y yo cruzamos insultos y reproches, con el desafecto rápido de antiguos conocidos.
Por la noche, cuando todos duermen, hablo sola.
En el principio fue el Verbo, dicen.
Del final no dicen nada.
Porque estamos saciados de desprecios.
Sidericordia, señor, sidericordia.

 

Pilar GALÁN

Tecleo en vano

Gormitti

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Desde que llegaste, tus fuerzas de ocupación han invadido la casa. Abandonaron la lejana isla de Gorm para sitiar tu cuarto de juegos y mi vida. No es extraño, yo también preferiría este mundo a un lugar volcánico inhabitable. Aquí deben de ser más felices, aunque como son inexpresivos, no lo muestran; solo esgrimen sus muecas espantosas. Rojos como el fuego y retorcidos como la lava, no presentan ningún rasgo de hermosura. Son un tanto extraños, casi tanto como su nombre: Falena, Cortacuellos, Magnium o Devoramentes el místico, delirios del márquetin perfecto que los ha creado. En mi época los invasores se llamaban clics de Playmobil y mucho antes, eran héroes anónimos divididos en indios y vaqueros. Y no poblaban islas, sino barcos pirata, castillos medievales o fuertes Comansi.
Los tuyos son Gormitti, y viven con nosotros hace un año. Encontrárselos de noche no es agradable y no me gusta que trepen a tu cama. A veces, sus aristas me sorprenden cuando camino descalza por la casa y maldigo el plástico duro del que están hechos. Incluso hay días en que no sé cómo, se cuelan en el bolso y mis dedos rozan sus bordes imprevistos cuando trato de buscar las llaves. O bajan a mi coche, o aparecen de pronto en mis zapatos. Vivos porque tú les das vida, sonrío cada vez que los encuentro y acaricio su hocico o sus tentáculos. Habitan lugares recónditos, como el hueco del sofá o la última estantería.
Juegas con ellos, pero olvidas devolverlos a su isla cada noche. Y cada mañana, al recogerlos, me causa una ternura infinita que vinieras a poner todo en su sitio y al mismo tiempo a dejar todo en desorden.

 

Pilar GALÁN

Paraíso posible

The Bright Side Of Life

 

9788492847525Por raro o paradójico que pueda parecer, en los velatorios pueden llegar a tener lugar momentos realmente divertidos. Se trata de situaciones largas, duras, difíciles a menudo de asimilar, en las que se acaba haciendo necesario algo de esparcimiento, un descanso en el que poder sacudirse, siquiera por unos instantes, el peso insoportable del dolor. La cosa suele comenzar cuando alguien, de repente, después de un chaparrón de llanto, cuenta con ternura alguna anécdota del fallecido o evoca en un corrillo, con una media sonrisa, cualquiera de sus más tontas manías. A partir de ese momento los presentes, necesitados de una vía de escape, de un pequeño desvío, no tardan en pasar de la ternura al humor destacando recuerdos y batallitas cada vez más divertidos que enseguida acaban por llevar directamente al chiste y a las risas más o menos disimuladas, hasta que uno de ellos no puede contener la carcajada, que irrumpe descarada en medio de los murmullos apenados y alguien se ve obligado a recordar, severo, las circunstancias en que se encuentran y todos regresan a la tristeza, a la circunspección, al mirar al suelo, al no somos nadie. Son momentos entrañables, rotundamente humanos, en los que se hace uso -y abuso- de la palabra y, si se tercia, de la risa como instrumentos para aferrarnos a la vida, algo que hace también, a menudo, la buena Literatura.

Sé que no es justo comparar La vida es lo que llueve, el último libro de relatos de Pilar Galán -letra C de la colección Lunas de Oriente de la editorial de la luna libros, para más señas- con un velorio, porque eso lo haría parecer un libro fúnebre, cuando nada más lejos de la realidad, pero sí que tiene algo de la dulce tristeza de esos interludios de los que hablaba, sí que comparte con ellos el empeño en mirar, desde el dolor, hacia el lado más amable de la vida, y cuento todo esto porque La vida es lo que llueve es un libro marcado, desde la misma dedicatoria, por la pérdida, por la ausencia, que se hace evidente en relatos tan hermosos e intensos como “Donde habite el olvido”, “Piel de zapa”, “Cien palabras”, “Manga ranglan”, “Ordo rectus”, “Tu rumbo a torcer alcanza”, “Las lágrimas de las cosas”, “Nadar sabe mi llama el agua fría”, “Duelo” o “Sara Montiel no es mi padre”, relatos cargados de emoción en los que se puede adivinar el dolor pero en los que tampoco suelen faltar, agazapados, el humor y la fina ironía tan habituales en la autora. Entremezclados con esos relatos de tono más triste podemos encontrar otros intensamente vitales, como “La bicicleta estática”, que nos hablan con ternura del amor de largo recorrido, fantásticos como “Islas para naufragar”, ingeniosos y enormemente divertidos, como “Twitter Tous” o “Etiquetas”, textos, como “Selectividad, junio” o “Huraño enriquecido”, fruto de la larga y paciente labor docente de Pilar, u otros, por último -que son, quizá, los que más me han sorprendido-, en los que el humor se vuelve áspero, truculento, casi gore, dejándonos al terminar con la boca abierta y con la necesidad de leer el cuento de nuevo para comprobar si de verdad cuenta lo que nos parece que ha contado, y me refiero a piezas como “Palos de ciego”, “Hipólita”, “Infinitas nanas”, “Tardes de noviembre”, “Escabeche” o “Lección de anatomía forense”.

Para terminar, les confesaré que no acabo de entender del todo el título del libro, aunque tampoco creo que sea necesario, porque me gusta. Me parece hermoso, sugerente, un poco melancólico, intensamente lírico. Parece querernos decir que la vida es un constante fenómeno meteorológico, que tan pronto puede ser orvallo, como aguacero, como chubasco o como una cruel tormenta de granizo, y que es lo que toca, con lo que, si eso es así, si la vida llueve y moja y no quieren acabar calados de lluvia y de llanto a la intemperie, les aconsejo que busquen refugio en los magníficos, confortables relatos de Pilar Galán, y les invito, de paso, a que vengan con nosotros a escucharla el miércoles, día 19 de abril, a las 20:30 horas, en la Sala Verdugo, en la última sesión de este curso del Aula de Literatura “José Antonio Gabriel y Galán”. Seguro que no resultarán decepcionados.

Juan Ramón SANTOS

“Con V de libro” – PlanVE

Ojos verdes

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Para Carmina, mi madre

Ninguna de las tres hermanas aprendimos a coser en aquellas siestas interminables del verano, cuando te empeñabas en mantenernos en silencio para que no despertásemos a papá aunque nosotras, tontas, como siempre, estallábamos en risas rodeadas de retales, patrones y trozos de lanas.

Tejíamos bufandas interminables que perdían puntos enseguida, mientras tú, con una facilidad pasmosa, rematabas, subías un bajo o tejías los gorros y bufandas que llevaron nuestros niños. Hasta hace poco enhebrabas la aguja sin ponerte gafas, a la primera. Ninguno heredamos tus oficios de madre, pero nunca te enfadaste por ello.

Decías que teníamos otras habilidades, sobre todo me lo decías a mí, que resulté ser la más torpe. Los demás hacían croquetas, practicaban recetas de cocina, planchaban con la meticulosidad que tú hubieras aprobado. Yo, no. Sabes hacer otras cosas, me decías. Y guardabas orgullosa los recortes en que aparecían mis cuentos, mis columnas, una a una, en una carpeta de goma de tus tiempos de maestra.

Guardabas todo lo que tenía que ver con mis hermanos, presumías de nosotros, nunca nos echaste en cara que no te ayudáramos lo suficiente. Porque cosías, cocinabas, pero también trabajabas fuera, enseñando a niños que hoy te recuerdan con cariño, sembrando la vocación no solo en nosotros sino en muchos de nuestros amigos. Nos enseñaste a ver el mundo con la mirada feliz de tus ojos verdes, siempre alegres.

No perdías la sonrisa, te sorprendía todo, todo lo nuestro lo celebrabas con la alegría de aquella niña que abandonó Madrid en el último tren los primeros días de la guerra.

Te encantaba leer, contar historias, reunirnos a todos y sentirnos felices a tu lado. Nos enseñaste tantas y tantas cosas que es difícil escribirlas.

De los cinco, yo fui la más inútil. Sabes hacer otras cosas, decías. Pero ahora que ya no estás, extiendo las palabras, y no existen patrones ni ojales ni manga ranglan ni soy capaz de enhebrar una columna que te haga justicia.

Tu máquina de coser ahora es un objeto inútil, como los recortes que guardabas, como yo, que ni siquiera sé cómo agradecerte que nos enseñaras a ver lo bueno de la vida a través de tus ojos, de tus caricias, de esa risa feliz y contagiosa que no volveré a escuchar nunca, pero que nos acompañará siempre.

 

Pilar GALÁN

(Publicado en El Periódico Extremadura el 2/3/2017)

Pilar Galán

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Se licenció en Filología clásica por la UEX, donde también trabajó como becaria de investigación. Actualmente da clases en un instituto.

Ha ganado más de veinte premios de narrativa y el premio de periodismo Francisco Valdés.

Ha publicado los libros de cuentos El tiempo circular en la Editora Regional de Extremadura, Túneles en Alcancía y Manual de ortografía, Diez razones para estar en contra de la Perestroika, Paraíso posible y Tecleo en vano en la editorial de la luna libros, editorial en la que ha publicado además cuatro novelas, Pretérito imperfecto, Ocrán-sanabu, Ni Dios mismo y Grandes superficies. Por último es autora de varias obras de teatro, entre ellas Los pasos de la piedra y Miles gloriosus.

Escribe la columna de opinión “Jueves sociales” en El Periódico de Extremadura, dirige y coordina varios talleres literarios y ha participado en numerosas antologías y revistas.

El invierno

La cabaña estaba en un prado salpicado por grandes manchas marrones que desde la ventana, mientras desayunaban, les causó extrañeza. ¿Era barro, tierra removida? Inés arrugó el entrecejo con orgullo; aquello no era barro ni tierra removida, sino mierda de vaca. Al poco rato, once enormes vacas llegaron a pastar al prado, y ya no se movieron de ahí en todo el fin de semana.

erf37360Había una chimenea de verdad con leña de verdad. Los troncos estaban apilados en el recibidor, e Inés se había pasado toda la cena preguntándose si habría pequeños animalitos escondidos en aquella pila que casi llegaba hasta el techo, animalitos que más tarde irían a asaltarles entre las sábanas. Hubo que cerrar bien la puerta antes de acostarse para no amanecer llenos de picaduras de arañas y entre cacas de ratones. A Clara le pusieron una cama supletoria muy pequeña en el salón, y a punto estuvo de pedirles que la dejaran dormir con ellos en el dormitorio. Para eso había que doblar la cama, lo que era tentar demasiado al humor de su madre, un humor que había sido espléndido cuando, al preguntarle a un amigo psicólogo, éste le dijo: «No estaría mal que llevarais a la niña a pasar el fin de semana a algún sitio que sea de su agrado»; templado veinticuatro horas más tarde, al levantarse Clara cual bella durmiente y toparse con sus padres justo en la puerta de la habitación, decidiendo si despertarla para preguntarle dónde quería que la llevaran (y ella gritó, entusiasmada: «¡A una cabaña en mitad del bosque!»), y negro dos días después, en el desvío de la carretera secundaria donde se bajaron para comprobar que lo que indicaba el cartel era nada menos que un camino de tierra. Ahora estaban en la cabaña, y miraban las vacas, e Inés, con todo el buen humor del que fue capaz, sacó al exterior sillas, una mesa plegable y un par de hamacas para hacer un patio-búnker alrededor de la puerta y poder tomar el sol tranquila, mientras Clara huía al fondo del salón, sentándose en un sillón forrado de raso beige. Observó su cuaderno de dibujo, que estaba apoyado en la pared. «Creo que es mejor que eso lo dejes en casa, cariño», le había dicho Pepe ayer, antes de salir. Clara había contestado que se lo llevaba sólo por si le apetecía pintar la cabaña, y era un deseo tan inocente y saludable que su padre no había querido contradecirla, aunque no se ahorró una mirada asesina al cuaderno; una mirada con la que fue sentenciado para siempre como monstruo. Clara había sacado el monstruo de la maleta nada más llegar y lo había colocado junto a la chimenea. Sentada en el sillón, esperaba el momento de hacerlo desaparecer mientras se esforzaba en no pensar en nada, pues a cada rato la asaltaba el recuerdo de la funesta noche, y la culpa, la culpa a pesar de su cuaderno y la mochila, y sentía que una creciente y terrible angustia se le agazapaba en el pecho, y que no podía llorar.

En su habitación tenía una postal de 1945 en blanco y negro de un paisaje de Alsacia, y secretamente había esperado despertarse en mitad de un fabuloso bosque de coníferas. Lo había esperado incluso cuando ya estaban a punto de llegar, ayer por la noche, una noche tan cerrada que era imposible distinguir las siluetas de los árboles, aunque por la ventanilla abierta se colaba un elocuente y delicioso olor a pino. Clara salió al exterior y deambuló un rato por los alrededores. Como siempre que iba al campo, llevaba su guía de Árboles y arbustos de Europa. Tenía que dejar de pensar en aquello, y se obligó a leer la definición tantas veces leída. «Pino carrasco, de hasta veinte metros de altura y de copa globosa o piramidal con hojas aciculares de color verde claro cuyo fruto son las piñas oblongo-cónicas pediculadas castaño-rojizas.»

 

Elvira NAVARRO

El invierno y la ciudad