Presentación de Irene Sánchez Carrón

Uno. Llama la atención –o por lo menos a mí me lo parece– que para reunir dos libros de poemas de título podríamos decir grandilocuente como son sus dos primeros, Porque no somos dioses y Escenas principales de un actor secundario, Irene Sánchez Carrón escogiese un título tan sucinto como El escondite, el de uno de los poemas de su segundo libro. Por inercia uno tiende a pensar que cuando un autor elige un poema para dar nombre a toda una colección –más aún en este caso, en que acaba siéndolo de dos– algo debe contener que cifre y resuma el conjunto, algo que apunte a la intención no ya de un solo poema o, como en este caso, de un solo libro, sino un poco más allá, que se acerque a esas declaraciones de principios en las que suele consistir una poética o que incluso, con un poco de suerte, merodee su exacto centro.

El poema “El escondite” –que prefiero no leer por si nos lo regala luego la autora– habla del juego, del miedo, de ocultarse, de la espera, del temor a que no nos encuentren, pero también, leyendo entre versos, de la soledad, de la propia idea de refugio, de los rincones que cada cual busca para esconderse del mundo. Inspirado por este poema, y con alguna fe en lo que pudiera tener de revelador, en un momento dado me dediqué a repasar los libros de Irene y descubrí que las ideas que encierra –el miedo, el refugio, el ocultarse– no son raras ni accidentales en su poesía.

De hecho, las encontramos ya en las “Razones” que inauguran su primer libro, cuando afirma que “porque estamos solos empezamos un verso” (lo que constituye ya, por cierto, toda una poética) o que “porque tenemos miedo miramos otras muertes / y en nuestra oscuridad encendemos un sol”; o cuando, en el “Jardín cerrado” de su segundo libro dice que “un hombre puede sufrir todo, pero nunca que alguien entre / y desordene su soledad, / su espacio cerrado”; o en esa “Escena de caza” de Atracciones de feria en la que, ante el peligro y la intemperie, “buscas la voz perdida / y excavas en el suelo tu refugio”; pero también en esos versos de Ningún mensaje nuevo que sitúan a la voz poética “en un portal / viendo llover”, acaso el mismo portal en el que se resguarda la gente en el poema “No hablemos de poesía”; o, para terminar el repaso, en la propia cita de Olvido García Valdés que abre el último libro de Irene, Micrografías (“como si no hubiese lugar / donde guarecerse”) o en ese verso final del poema “Siempre te hice trampas”, en que el amado alcanza, por fin, el escondite y la amada le pide “No respires, que nadie nos descubra”.

Señaladas estas huellas, me pregunto si esa discreta reincidencia del refugio, del escondite, de la necesidad de ocultarse y construir un espacio propio, que se halla dispersa en los cinco libros mayores que integran hasta ahora la trayectoria literaria de Irene, podría servir para construir una suerte de poética del escondite, si desde el escondite, incluso aunque después de todo sea una imagen secundaria en sus poemas, se podría explicar toda su escritura. Probablemente no, pero también estoy convencido de que cualquier aproximación, incluso parcial, siempre que sea honrada y fruto de una lectura atenta, puede arrojar algún tipo de luz sobre una obra literaria, puede revelarnos algún tipo de verdad. Pues bien, desde esta premisa, con la absoluta seguridad de no estar diciendo, desde luego, toda la verdad, e incluso con el temor de estar dando, quizá, palos de ciego, me van a permitir que, en estas palabras preliminares, les hable de algunos de los escondites que podemos encontrar en la obra de Irene Sánchez Carrón.

 

Dos. El primero de ellos sería, desde luego, la propia Literatura, desde sus dos extremos, el de la lectura y el de la escritura. A este respecto, pocos elementos hay más reveladores que el título de uno de los poemas de Atracciones de feria, que nos muestra a la voz poética “Encadenada a un libro”, una condena que se remonta a la niñez, como podemos comprobar en otro poema de Ningún mensaje nuevo que comienza diciendo “me recuerdo sentada / en la calle sin aceras de mi infancia / con un libro en las manos” mientras esperaba, como revela unos versos después, “que todo sucediera”, imagen ésta en la que el libro aparece como una suerte de recinto protector, pero también de atalaya desde la que observar lo que nos rodea, una imagen que se repetirá en otros poemas, por ejemplo de temática amorosa, en los que la voz poética se oculta y mira al mismo tiempo resguardada tras las páginas de un libro.

Más tarde, pasada la infancia, llegará el momento de la escritura, que se convertirá también en refugio, en un lugar discreto desde el que mirar y tratar de comprender las cosas, aunque no siempre con los resultados deseados, como sucede en el poema “En un portal viendo llover y haciendo un crucigrama”, en el que los últimos versos, referidos al crucigrama del título, bien se pueden entender como alusión velada al propio quehacer literario: “estás en un portal viendo llover / (…) / mientras rellenas / los espacios en blanco de tu vida / con palabras confusas, / ahora que nada es nunca jamás ni para siempre, / ordenas y desordenas palabras sin sentido, / palabras sin poder sobre la muerte”.

Conviene decir, a este respecto, en esta alusión a la lectura y la escritura como refugio, que el escondite de Irene en este caso no es, en absoluto, una torre de marfil, y que, aunque no sean raras en su poesía las miradas hacia la propia Literatura –y ahí están los poemas inspirados en Adán y Eva, en Ulises y Penélope, la muerte de Ofelia, don Giovanni, Robinson, la Bella Durmiente, Bécquer, Wells o Faulkner–, su poesía es, sobre todo, una ventana abierta al mundo, un lugar desde el que observar desde temas mayores, lugares comunes como la muerte o el paso del tiempo, hasta los más pequeños detalles de la vida cotidiana, pasando con alguna frecuencia también por la realidad que más nos hiere, como en “La chica de al lado”, que trata sobre la explotación laboral, “Verde leche”, sobre el hambre, o “La noticia del día”, sobre los emigrantes muertos en el mar.

 

Tres. En segundo lugar, otro de los grandes refugios en la obra de Irene Sánchez Carrón es el amor, uno de sus temas fundamentales. Un buen ejemplo de la cualidad de abrigo, de refugio, que tiene el amor en su poesía es el breve poema “Ha nevado”, de su último libro, cuando dice “los dedos de la nieve / sostienen con ternura / el yerto corazón de esta ciudad. // Hace frío y quisiera / acariciar tus manos”.

Los poemas de amor de Irene se desenvuelven en una intimidad que abriga, que protege, pero también que crea, que da vida. En sus versos el otro se convierte en la razón de ser del uno, en la medida en que su mirada, su caricia y sus palabras lo completan, aunque también, en ocasiones, hacen brotar el mundo, todo ello a veces con resonancias genesíacas, las del barro en el que, según la Biblia, fuimos creados, como en el poema titulado, precisamente, “Génesis”, cuando dice “arquéanse tus cejas sobre unos ojos limpios / contemplando el origen de mi cuerpo de barro / que un hálito de vida ha puesto en movimiento”, o en el poema “Hombre”, cuando la autora dice “hombre hecho de barro, / (…) / que sea yo tu dios en esta hora.”

En estos íntimos trabajos amorosos, el tacto del otro nos crea, nos da vida, nos completa –y podemos mencionar el poema “Acuarela”, cuando dice “invento el lugar / exacto de tu boca / con mis dedos”–, pero también es un tacto, y un amor, que nos descubre y que casi crea el mundo, como sucede en el poema “Palabras de Adán a Eva” cuando dice que “(…) al asomarme a tu cuerpo / volvieron a levantarse / las montañas, a correr / los ríos, a germinar / las semillas en la tierra”.

En otros casos no es el tacto, sino la palabra, la que, en la intimidad de la pareja, cumple esta función creadora, y a este respecto, y para completar este breve repaso, mencionaría los versos de “Crónica” que dicen “abres con tus palabras / el cofre donde duermen / el aire, los perfumes, / el agua, las orillas, / los cambios que acontecen en el cielo” o estos otros de “Palabras en tu boca” en los que la voz poética pide “déjame que te ponga palabras en la boca: / que tú me digas agua / y fluya nueva el agua / que tú me digas mar / y el mar bañe mi puerta, / que tú me digas tiempo / y caminen alegres los relojes, / que apuntes hacia el cielo / e ilumines mi noche / cuando en tu lengua brille / el sabor de la luna”.

 

Cuatro. Si la Literatura y el amor son dos grandes refugios en la obra de Irene, lugares en los que protegerse y contemplar el mundo, el tercero, el último del que quiero hablar esta noche, quizá resulte menor o más discreto, desde la perspectiva amplia de su obra, pero no desde la nuestra y tampoco –estoy convencido– desde la de ella, que, en un poema amoroso preñado de gracia y de ironía como es “Ya sé que no te gustan los poemas de amor”, le dice al amado: “A mí me tira el monte, / bien lo sabes”.

Me refiero, desde luego, al Valle del Jerte.

La emoción que produce en la poeta ese lugar, el lugar donde nació, queda cifrada en la cita de Miguel Torga que elige para su poema “Sierra”. “¡Sierra! y algo dentro de mí se calma”, exclama el portugués como introducción a un poema en el que Irene dice “me detengo / y se llena / de flores de cerezo / la memoria. // Sigo andando / y resbala / de los ojos al alma / su perfume”, y su condición de refugio, de lugar al que volver en busca de resguardo, queda clara, por ejemplo en “Lo que sé de los árboles”, que comienza evocando los árboles y las rodillas arañadas de la infancia y termina diciendo que “se trata más bien / de encontrar ese hueco / donde el cuerpo encajaba / y quedarse abrazados / a la firme verdad de la madera”.

Porque el Valle, en la obra de Irene Sánchez Carrón, es, en buena medida, el lugar de la infancia, el lugar donde la poeta esperaba a su padre “mientras atardecía el valle / y la línea de sombra / ascendía despacio / por la otra ladera”, –como cuenta en “Mariposas en el estómago” – o donde veía peinarse a las mujeres mayores con el antiguo y bello ritual que describe en “De senectute”, pero también el de la pérdida de la inocencia, que nos hace vivir en el no menos bello “Final de la infancia”, de Micrografías.

Además, como lugar de la infancia y la juventud, el Valle es también, inevitablemente, lugar de la ausencia, que la poeta evoca en poemas como “Ser, estar”, “Ley de vida” o “Cosecha”, dedicado a su hermano, al que pertenecen, como ejemplo, estos versos en los que muestra al Valle en todo su esplendor: “porque se hizo imposible / sujetar en las cumbres tanta nieve / que se precipitaba / en purísimo manto / de flores de cerezo /sobre el valle dormido”.

Por último, el Valle, lugar de refugio, a menudo también se funde con el amor, como escenario de poemas amorosos como “Ahora entiendo lo que intentaba decirme” o “Mientras estudio las funciones del lenguaje en los monos”, pero también como referente de encendidas metáforas, como éstas del poema, ya mencionado, “Encadenada a un libro”: “tu boca, / rojo incendio de cerezas. / Tus ojos, / el esplendor de los otoños en la tierra”.

 

Cinco. Para terminar, supongo que en esta lectura en clave de escondite de la poesía de Irene Sánchez Carrón habrá influido mi lectura reciente de El cuarto del Siroco, de Álvaro Valverde, y de Habitable, la última antología de Pureza Canelo, que en algún momento, a lo largo de su larga y esforzada trayectoria literaria, aspiró a “un poema decidido a ser estancia contra la desolación”. Lo reconozco. Lo he dicho muchas veces: los libros se ordenan de forma misteriosa alumbrándose los unos a los otros, sugiriéndonos lecturas inesperadas, reveladoras. De la mía, sólo me queda decirles que la poesía de Irene puede ser, para ustedes, un magnífico refugio, sobre todo ahora que, como nos advierte en el poema “Parte meteorológico”, “se acercan todo tipo de inclemencias”. Ese poema termina diciendo “se acercan fuertes vientos y tristeza. / Parece aconsejable cerrar todo / y disponerse a pasar el largo invierno”. Pues bien, ándense con ojo, porque el invierno quizá no haya terminado. Por eso, busquen refugio. Refúgiense, por ejemplo, en la poesía de Irene Sánchez Carrón.

 

Juan Ramón SANTOS

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Esta semana nos visita la poeta Irene Sánchez Carrón, y con su participación en el Aula de Literatura “José Antonio Gabriel y Galán” cerramos el curso 2018/2019.

La lectura-conferencia abierta al público tendrá lugar, como de costumbre, en la Sala Verdugo, el martes 26 de marzo a las 20:00 horas.

Al día siguiente, el miércoles 27, a las 12:30 horas, celebrará un encuentro con alumnos de bachillerato de los seis institutos de la ciudad en el IES Valle del Jerte.

 

Desde la ventana de un café

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La muchacha que espera para cruzar la calle

se cubre de la lluvia con un fular de seda.

Los jóvenes detestan los paraguas,

se dejan olvidados los abrigos,

no escuchan los pronósticos del tiempo.

 

El hombre que le ofrece cortésmente refugio

bajo un paraguas negro

es más alto que ella

y se parece un poco a los pulcros actores

de los años cincuenta.

 

A través del cristal miro cómo se miran,

cómo sonríe ella bajo el paraguas negro

mientras nerviosamente

se sacude las gotas del pelo y de la cara.

 

El hombre le sonríe con ternura.

 

Gracias. Es usted muy amable,

dirá probablemente ella.

No hay de qué,

dirá el hombre con voz grave y atenta.

Este tiempo es tan impredecible,

tan pronto llueve,

tan pronto luce el sol.

 

Sonríen y se miran,

se alisa el pelo ella,

baja el paraguas él

y lo inclina hacia un lado.

 

Cuando cambia el semáforo

miro cómo atraviesan la avenida,

cómo el brazo de ella roza ligeramente

la gabardina gris del hombre del paraguas,

cómo ellos, los dos desconocidos,

acompasan el ritmo de sus pasos

sobre el asfalto húmedo

mientras la lluvia cae a cámara muy lenta

y el café de mi taza se va quedando frío.

 

Al llegar a la acera se paran un instante.

 

Intento descifrar sus últimas palabras.

 

Grabo en mi corazón sus últimas miradas.

 

Ella entra al café

y él se pierde a lo lejos,

mientras yo, conmovida,

regreso a mi periódico.

 

Irene SÁNCHEZ CARRÓN, Micrografías

 

Amor de biblioteca

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¿De qué me sirve, pregunto,
la tinta, el papel y el verso?
Federico García Lorca

 

Tú,

libro abierto en las manos,

de pie,

en el pasillo de la biblioteca,

tan lejos de relojes y de inviernos,

reinas

en patrias de papel y tinta negra.

 

Yo,

a prudente distancia,

te persigo.

Voy cogiendo los libros que tú dejas

y rastreo tus huellas

por ciudades perdidas en la faz de los mapas

y te encuentro

en medio de contiendas,

con los vencidos,

entre los vencedores,

a campo abierto

y en torres de marfil

donde a veces te encierras y devoras

versos de amor. Amor,

así pasas las horas

robadas a mis sueños.

 

A veces, frente a ti,

separados por una estantería,

siento cómo respiras

y, a través de volúmenes sombríos,

juego a rozar tu mano

cuando busca voraz

entre todos los libros

el libro deseado.

Siento cómo tus dedos

húmedos de tus labios

desnudan hoja a hoja

otro cuerpo que arde entre tus brazos.

 

Mientras así te alejas,

yo,

negro borrón de celos,

verso de amor tachado,

triste botín de guerra,

ávida de tus ojos y tus manos,

en el silencio de la biblioteca,

te escribo otro poema.

 

 

Irene SÁNCHEZ CARRÓN, Ningún mensaje nuevo

 

Silueta detrás de una ventana

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Que no sepa la rosa que la miras

ni sepa nunca el agua de tu sed.

 

Que las nubes

no se sientan flotar

en el azul profundo de tus sueños.

 

Que nunca sepa el mar

que palpita tu ser al ritmo de las olas.

 

La montaña,

que no te oiga suspirar sobre su pecho.

 

El bosque,

que ignore que podría extraviarte.

 

Que no sepa la tierra cómo mirar

sus frutas más sabrosas

y festejen tus ojos su belleza

sin que ella lo sepa.

 

Atracciones de feria, Irene SÁNCHEZ CARRÓN

 

La vida a través del microscopio

irene-sanchez-carrc3b3nAtender al momento, al tiempo que pasa, a la fugacidad de un instante y descubrir y poner de relieve lo que tiene de eterno y universal ha sido siempre una de las tareas fundamentales de la poesía. A ese propósito parece responder el título del libro con el que Irene Sánchez Carrón ganó el XVI Premio Emilio Alarcos, Micrografías, un término que, según el Diccionario de la RAE, quiere decir “descripción de objetos vistos con el microscopio” y que resulta acertado para resumir unos versos que tienen mucho de intento de retratar lo breve, lo pequeño, lo cotidiano, en ocasiones, de forma también efímera, instantánea, como en el poema “El beso”, que dice

Llegaste

con el agua en los labios

cuando ya me marchaba

muerta de sed,

un poema que constituye, además, un excelente ejemplo del tema del amor, uno de los más frecuentes en este libro y en toda la poesía de la autora, “una voz marcadamente femenina y clara que, entre un mundo rural y urbano, revisa tópicos y mitos de la tradición literaria, a la vez que recorre espacios y presenta situaciones que muchos lectores compartirán”, según dice el texto de la contraportada, que hace referencia a otros dos lugares comunes, frecuentes, en su poesía. Por un lado, el diálogo con la Literatura, unas veces sutil, a través de una cita, de un metro, de una rima o de un cierto aire clásico en la manera de abordar algún asunto, pero que otras es explícito, como cuando aparecen evas, penélopes o bellas durmientes –recuerdo también un Robinson en un libro anterior– que Irene pone al día en lúcidas e ingeniosas vueltas de tuerca a los mitos. Por otro lado, como decía la contraportada, situaciones y espacios, la ventana de un café, la de un autobús, el campo de batalla del final de una fiesta, pero también experiencias que todos hemos vivido, como la rotura de la luna del coche o que se nos caiga al suelo la agenda en medio de la calle, a las que la escritora consigue cargar poderosamente de sentido. Por último –glosando un poco más la cita de la contraportada–, una voz “entre un mundo rural y urbano”, porque poemas como “Cercanías”, “La soledad de los escaparates” o “Paseo al amanecer” suceden, desde luego en la ciudad, en cualquier ciudad, pero otros, como “Final de infancia”, “Mientras cogías moras” o “Cazando mariposas”, transcurren en el campo, en ocaciones en paisajes muy cercanos y muy queridos por nosotros, como los del Valle del Jerte, valle natal de Irene Sánchez Carrón, escenarios a los que habría que añadir, por último, los del hogar, el más cotidiano de los espacios, donde tienen lugar poemas tan íntimos y también, a menudo, tan sensuales como “Caligrafía” o “Final de la jornada”, muestras todos ellos de una voz –efectivamente– clara y femenina, pero también podríamos decir sigilosa, sumamente atenta a los detalles, empeñada en subrayar el significado de lo aparentemente insignificante, una voz extremeña y cercana que ustedes deberían conocer y que tendrán la estupenda oportunidad de escuchar si nos acompañan, el martes 26 de marzo, a las 20:00 horas, en la Sala Verdugo, en la sesión de despedida del curso 2018/2019 del Aula de Literatura “José Antonio Gabriel y Galán”. No se olviden de venir. Ni de leer a Irene.

 

Juan Ramón Santos en PlanVE

Amanecer

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Mientras duermes te miro.

 

Me recuerdas

el frío de las fuentes en los labios,

el prado debajo de la espalda,

la indescifrable danza de las nubes,

el dulce sabor de diminutos dedos en la masa,

la tierra en las uñas,

los pies mojados en los charcos,

los bolsillos repletos.

 

Contigo junto a mí

los días recobran la suave textura de la cera

y repiten mil veces el amanecer.

 

Contigo junto a mí

veo pasar de largo la tristeza.

 

Irene SÁNCHEZ CARRÓN

Escenas principales de un actor secundario)

Razones

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…Bien está en otros

sostenerse. Porque nadie soporta la vida solo.

Friedrich Hölderlin

 

Y porque estamos solos empezamos un verso.

Porque sentimos frío acercamos las manos

al calor de unos seres imposibles y bellos

que nos prestan sus ojos para observar el mundo.

Porque tenemos miedo miramos otras muertes

y en nuestra oscuridad encendemos un sol

de mediodía, inmóvil, que no se irá al ocaso.

Huyendo del dolor fatigamos el cuerpo

por calles de ciudades que nunca son la nuestra

de la mano de gentes que habitan en nosotros.

 

Porque tenemos prisa inventamos finales.

Porque nos falta el tiempo inventamos más tiempo.

Porque somos tan pobres no nos pesa apostar

lo poco que nos queda a este número incierto.

Porque somos humanos miramos a los dioses.

Porque no somos dioses jugamos a crear.

 

De Porque no somos dioses

Irene Sánchez Carrón

 

Irene Sánchez Carrón

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Irene Sánchez Carrón nació en 1967 en Navaconcejo. Doctora en Filología Inglesa por la Universidad de Extremadura y en Filología Hispánica por la Universidad Nacional de Educación a Distancia, es Máster de Español para Extranjeros por la Universidad Antonio de Nebrija. Ha impartido clases de español en Londres y ha sido profesora de Lengua Inglesa en Navalmoral de la Mata y en Badajoz. También ha trabajado como asesora en las Unidades de Programas Educativos de Badajoz y Cáceres. Actualmente imparte clases en el IES «Norba Caesarina de Cáceres».

Fue ganadora del Premio «Valbón» de Valencia de Alcántara (Cáceres) en 1996 y del Premio «Hermanos Argensola» de Barbastro (Huesca) en 1997 con el poemario Porque no somos dioses, publicado en 1998. Con el libro Escenas principales de un actor secundario obtuvo el Premio “Adonais” en 1999, que se publicó en 2000 en la editorial Rialp.

En 2001 colaboró en el libro conjunto Siete poetas, siete poemas y una canción publicado por la editorial De la Luna Libros. En esta misma editorial publicó en 2002 un pequeño libro de canciones titulado Sevillanas. Su obra Atracciones de feria apareció en 2002 en la colección Abezetario, publicada por la Diputación de Cáceres. En septiembre de 2008 obtuvo el premio de poesía «Antonio Machado» de Baeza con Ningún mensaje nuevo, que apareció ese mismo año en la editorial Hiperión.

En 2010 la Editora Regional de Extremadura recogió sus dos primeros poemarios, que estaban agotados, bajo el título El escondite. En 2017 ganó el Premio Emilio Alarcos de Poesía con el libro Micrografías, publicado en 2018 por la editorial Visor.

Desde 2009 es colaboradora habitual del periódico Hoy.

 

(Irene Sánchez Carrón nos visitará los días 26 y 27 de marzo. El primero celebrará, a las ocho de la tarde, en la Sala Verdugo, la habitual lectura-conferencia abierta al público y el segundo, alrededor de las doce y media del mediodía, se encontrará con alumnos de todos los centros de bachillerato de la ciudad en el IES Valle del Jerte.)