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Esta semana nos visita Sara Mesa, escritora con la que cerramos otro curso más del Aula de Literatura “José Antonio Gabriel y Galán”. Mañana, martes 6 de marzo, a las ocho de la tarde, celebraremos en la Sala Verdugo la habitual lectura-conferencia abierta a todo el público. El miércoles 7, alrededor de las doce y media, tendrá lugar un encuentro con alumnos de bachillerato de toda la ciudad en el IES Sierra de Santa Bárbara.

Estáis todos invitados, a una u otra convocatoria.

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Conocimiento y corrupción

EL PAÍS, 28 de abril de 2015

Ana Rodríguez Fischer

 

Con Cicatriz, Sara Mesa (Madrid, 1976) afianza y, si cabe, aumenta el reconocimiento obtenido con su anterior novela, Cuatro por cuatro (finalista del Premio Herralde 2012). Si en ésta el Wybrany College (un internado mixto que aplica la segregación) era el escenario que servía a la autora para forjar una lúcida indagación sobre la condición humana a partir de las normas de conducta que rigen las relaciones entre adultos y adolescentes, y también entre los poderosos y los sometidos, en Cicatriz, Sara Mesa reduce drásticamente el mundo narrativo y ancla su perturbadora historia en dos personajes tan impares como complementarios.

Adelantemos ya lo arriesgado de una elección tan despojada y ajena a lo que se considera medular en una novela. Aquí apenas hay exteriores, ni demasiada acción: todo sucede en el ámbito interior de los personajes, en la repercusión que en sus vidas tiene una relación virtual que desata emociones y sentimientos desconocidos en Sonia, una joven “normal” que busca su camino en la vida, tras entrar en contacto con Knut a través de un foro literario de Internet. Sólo un encuentro real entre ambos jóvenes en Cárdenas (la ciudad que ahora reaparece), encuentro que se anticipa en un relato donde la cronología se desordena y combina en función de los intereses narrativos. Antes y después de ese encuentro, la expresión y representación de cada uno de los personajes a partir de los correos (más propios de una relación epistolar convencional) que se intercambian (…).

 

Celia

8b5d6e1bb938a8dd0651e6e9737fdc916bae387eLa línea del paisaje se curva, amarillea, baja hasta disolverse en la distancia, y ahí estamos al fin, detenidas y resoplando bajo el cielo inmóvil. Es febrero y todavía hace frío. El aire corta la respiración, ataca los pulmones de la Poquita, que está enferma desde hace semanas.

Nunca habíamos llegado tan lejos. Tenemos los zapatos chorreando de pisotear la hierba fangosa, por evitar los caminos.

Esperamos que la Poquita nos alcance y hacemos asamblea:

–¿Desayunamos ya? –pregunta Valen.

Le tiemblan las mejillas regordetas. Valen siempre tiene hambre. Pero las demás protestamos. No es hora de comer. Si hemos parado aquí es para decidir hacia dónde continuar a partir de ahora. No hay tiempo que perder; desayunaremos más adelante, mientras caminamos. O no desayunaremos en absoluto.

Las dos opciones son: remontar la colina hasta la carretera o bajar la cuesta de la derecha tratando de encontrar el río. Decir río es quizá exagerar. La memoria nos devuelve una estría pintada de marrón que es, como mucho, arroyo. La memoria tampoco nos define su lugar exacto. Hace años que nadie pasa por aquí.

–Yo iría a la carretera. Luego hacemos autostop y hasta donde nos dejen.

Osada cuando habla y cobarde cuando actúa, Marina no nos convence. Me elevo:

–¿Autostop? ¿Estás loca? Nos llevarían de vuelta al instante.

–El río es más seguro –dice Cristi.

–¡Pero si no sabemos dónde está! –dice Marina.

Cristi se encoge de hombros. Valen insiste, llevándose la mano a la mochila:

–Podemos comer algo mientras pensamos.

–¿Qué dices tú, Poquita? –le pregunto.

Levanta la cabeza. Sus ojos legañosos bizquean. Tiene los cristales de las gafas empañados. Tose de nuevo; tose y bizquea sin parar. Moquea. Está llena de humedades la Poquita. Yo ni siquiera espero a que responda. Hablo por ella:

–A la Poquita le da igual lo que hagamos, siempre que hagamos algo pronto. Estar aquí paradas con este frío va a terminar de matarla.

–Creo que comer le sentaría bien –dice Valen.

–Calla, gorda grasienta –dice Cristi.

Se pelean. Primero con insultos, luego se echan sobre la tierra mojada a revolcarse, teatralmente, como sin ganas. Marina las jalea; no se sabe bien de qué parte se pone. La Poquita y yo esperamos; ella sin pensar en nada y yo tratando de pensar en todo.

De nada vale. Los veo llegar en el todoterreno, por el estrecho camino polvoriento. Vienen hacia nosotras y nosotras estamos ahí, detenidas, tan detenidas como el tiempo. Mi vanidad se siente espoleada: pensar en una bronca de la Culo o en un castigo del Director hace que me sienta mejor.

Una perdiz piñonea a los lejos. Valen y Cristi se levantan, se sacuden la ropa, me miran a los ojos. Ninguna dice nada, pero sé que me culpan.

 

Sara MESA, Cuatro por cuatro

1. La llegada

A unos veinte kilómetros del centro de Vado, una vez enfilada la flamante autopista de Cárdenas, todavía podían verse los últimos barrios periféricos: casitas adosadas, urbanizaciones a medio construir, solares roturados y, más allá, los bloques terrosos de Bocamanga y de Pozolán. Mirado desde el coche, el paisaje carecía por completo de vida. Sólo de vez en cuando, entre las nubes deshilachadas, se distinguía una pareja de milanos volando con desgana a media altura. Un par de coches y un camión de pollos sin pollos cruzaron por uno de los carriles opuestos. Pudo oírse un graznido, pero no se supo de quién.

Las afueras de Vado, anunció el taxista mirando hacia delante, ni más ni menos como las de todas las demás ciudades del mundo. Hoy nadie lo diría, continuó, pero aquéllos habían sido barrios normales, incluso más limpios y modernos de lo habitual, con gente más feliz y tranquila que en el resto de los sitios. Vado siempre había sido un buen lugar para vivir, añadió entrecerrando los ojos; eso era indiscutible.

Un conjunto de chalés de color rojo pasó como una ráfaga a través de las ventanillas. A pesar de la velocidad, Tejada se dio cuenta de que todos estaban deshabitados. La voz del taxista retumbaba en el interior del coche. Desde el asiento trasero, Tejada sólo veía su nuca humedecida por el calor. Quizá esperaba alguna respuesta, pero Tejada permaneció con la mirada clavada en el salpicadero, sin romper su mutismo. El peso de aquel cielo blanquecino, como recién lavado en agua sucia, los inmovilizaba sobre la grisura del alquitrán. El taxista cerró los puños y aceleró. El silencio entre ambos comenzó a hacerse incómodo.

Sara Mesa.inddAvanzaron varios kilómetros más por la carretera vacía, flanqueada por una zona de naves industriales y almacenes de venta al por mayor. Los bordes de la autopista estaban desbordados por rastrojos. Las adelfas de la mediana habían crecido tanto que invadían parte de los carriles. Todo continuaba insólitamente despoblado. Tejada apretó los labios y no preguntó nada.

Para llegar a la residencia, anunció el taxista, había que coger el siguiente desvío y después cruzar Nuevo Vado, una descomunal área de servicio diseñada como réplica comercial de las calles del centro del auténtico Vado. La imitación copiaba el trazado y la arquitectura original, incluidos los edificios más antiguos –el ayuntamiento, la biblioteca central, el museo de historia natural, la iglesia de San Lázaro–, al modo postizo de la Venecia de Las Vegas. Tan sólo un año antes, tiendas, restaurantes, parques de atracciones y hasta un casino –ahora ya cerrado– habían sido el entretenimiento de familias que hacían cola en el coche hasta encontrar una plaza de aparcamiento. Dos líneas gratuitas de autobuses y un tren de cercanías llegaban también hasta allí, atestados de adolescentes, amas de casa y jubilados ociosos. Pero eso era antes, suspiró el taxista mirando a Tejada por el retrovisor. Ahora únicamente se veían algunos coches dispersos y dos o tres camiones que traían –o quizá se llevaban– mercancía sin vender.

Giraron hacia una vía de servicio flanqueada de álamos. El taxi disminuyó la velocidad, como resistiéndose, hasta que en la distancia comenzaron a perfilarse las construcciones de la residencia. Tejada se bajó y vio los tres grandes edificios formando una C, las placas solares reverberando bajo la luz declinante de la tarde, las parcelas secas, una piscina semiolímpica sin agua. La sombra cubría la mitad del edificio principal, resaltando sus aleros y sus fuertes pilares. Bien, se dijo Tejada, aquí estoy. Pagó al taxista y se encaminó hacia la verja, arrastrando tras él sus dos viejas maletas.

El viejo estaba sentado en una mecedora de ratán con sucios colchoncillos en el asiento y el respaldo. Sostenía con firmeza su bastón y se balanceaba con la mirada perdida en el horizonte, los ojos acuosos. Tras él, una de las cámaras de videovigilancia colgaba despedazada. Los jardines estaban tomados por la maleza; varios gatos salvajes dormitaban bajo los arbustos. La cabeza pelada le escocía por el sol.

–Salud, Viejo –dijo la Clueca al pasar en su silla de ruedas, y le guiñó un ojo obscenamente.

La silla de ruedas dejó tras de sí una nube de polvo. Maldiciente y rencorosa, la Clueca se agarraba a ella con furia y giraba sus ruedas entre bufidos. A veces, confundía las cosas y se insinuaba con impudicia a cualquiera, contoneando el torso hacia delante. Intentaba seducir a sus compañeros, a las enfermeras, a cualquiera que se cruzara ante su silla. Con las faldas arremolinadas, reía para sí misma con lascivia.

El Viejo, meneando a un lado y otro la cabeza, la miró alejarse por el senderillo de grava.

–Ustedes siguen riendo, bailando, bebiendo y fornicando, pero el Ojo sabio ya anuncia lo que se nos avecina. ¿Para qué tanta cabina de hidromasaje, tanta sala de terapia, tanta cortinaigifuga? Los buitres van a venir lo mismo, nos sacarán los ojos, arderá todo este edificio y nos retorceremos entre las llamas. Y sólo quedarán los cuervos y los murciégalos.

Las frases del Viejo eran hinchadas, solemnes. Estaba ahora chillando.

–¡Eh, Clueca, eh! Pensaste cuando joven que seguirías así eternamente, pensaste que siempre tendrías los hombres a tus pies y que tus hijos bendecirían la mesa que ponían para ti. Creíste que el mundo entero estaba a tu servicio, que eras la emperatriz eterna, con tus joyas de oro y de plata. Ah, Clueca, ¡qué poco te queda ahora para sufrir los padicimientos más terribles, las plagas de langostas, las moscas en los ojos, las hormigas entrando en las orejas! Mírate ahora, mírate y verás lo que el tiempo ha hecho de ti: ¡ahí estás, condenada por siempre a tu silla de hierro, pegada sin remedio a tu culo apestoso! ¡Eh, Clueca! ¿Ni siquiera eres capaz de contestarme?

Una enfermera morena, de mirada huidiza, se acercó muy despacio hasta el Viejo. Lo tomó de las axilas y lo levantó casi sin esfuerzo, como un trapo. El Viejo se resistió, maldijo, sacudió el bastón y permaneció con las rodillas flexionadas, negándose a caminar.

–¡Me quitarán el sitio si me voy! –gritó–. ¡No pienso moverme!

–¡Oh, vamos! –contestó ella cansadamente–, le daré un colacao si se porta bien.

Al Viejo le brillaron los ojos. Aflojando el cuerpo, se dejó llevar a trompicones hasta el edificio lateral. Allí dobló la esquina y desapareció. Empezaba a caer la tarde y el patio se llenaba poco a poco de ancianos. La mecedora de ratán fue pronto ocupada por una vieja que se meció plácidamente hasta quedar dormida.

En otros tiempos, New Life había sido la residencia de ancianos más grande y más lujosa de todo Vado. En sus folletos promocionales se destacaba –con colores brillantes y un buen número de mayúsculas– la primicia de las parcelas Bioclimáticas y las zonas de Microclima de Confort, toda esa variedad de fuentes, aspersores y vegetación exótica que Tejada nunca llegó a conocer. En total –dijo el alcalde durante la inauguración– había más de cuatro hectáreas de jardines, decorados con arces japoneses, mirtos, cerezos, bambúes y senderos de guijarros sobre los que maullaban gatazos indolentes. Ahora, sin embargo, justo cuando más azotaba el calor, todos los aspersores estaban secos, o rotos, con un rumor como de agua por dentro que nunca se decidía a brotar del todo. La mayoría de los viejos sólo se atrevía a salir cuando el sol descendía, avanzando con sus muletas y sus andadores, jadeantes, con las venas sobresaliendo de sus cuellos y la nariz dilatada en el esfuerzo. Bajo la luz caída y amarillenta, todas las tardes a la misma hora los jardines de New Life –ahora ásperos y desapacibles– se poblaban de un resentimiento enconado. Los doce jardineros y tres paisajistas que tan sólo un año atrás regaban las plantas y podaban ramitas con delicadeza se habían marchado sin dar explicaciones, y ahora era un enfermero alcohólico, desposeído de su título, quien vagaba por los caminos con unas tijeras en las manos, cortando aquí y allá distraídamente.

Fue este enfermero, Catalino Fernández, el que recibió a Tejada cuando llegó. En realidad, ni siquiera fue un recibimiento. En los recuerdos de Tejada permanecería más adelante algo así como un saludo frío y un par de preguntas que ya entonces le parecieron sin sentido.

–¿Duerme bien por las noches? ¿Cree que la residencia seguirá abierta para Navidad?

Tejada soltó sus maletas en el suelo y resopló mirando alrededor. A lo lejos, una anciana –posiblemente la Clueca– se abanicaba sin parar de reír.

–Mire, hijo, yo acabo de llegar y no sé nada.

Catalino le refirió algo que había escuchado días antes en la televisión. Algo sobre «terremotos internos» alojados en el corazón de los «hombres inquietos». Tejada le olfateó el aliento.

–Uno nunca puede dormir tranquilo, ¿sabe? –susurró el enfermero–. Cuando menos lo esperas, te dan la puñalada trapera. De quien menos la esperas. De tu vecino. De tu compañero de habitación. ¡De tu mujer! Nunca se sabe por dónde vendrá, pero vendrá.

Un soplo de aire caliente arremolinó los cabellos de Tejada, pegajosos del viaje. Carraspeó con impaciencia y se recolocó los pantalones.

–¿Para qué ha venido aquí? –insistió Catalino alzando una de las maletas.

Tejada no contestó. No estaba de humor para dar explicaciones. De momento, quería sólo dejar el equipaje, tomar una ducha y beberse una cerveza sin importarle qué demonios estaba pasando en aquella ciudad asfixiante, cuya población huía en masa como en la leyenda de los lemmings.

 

 

Sara MESA, Un incendio invisible

In media res

Hay en el libro Mala letra, de Sara Mesa, un relato titulado “Picabueyes” –que probablemente no sea el mejor del libro (tampoco soy yo quién para determinarlo)– que no sabemos cómo empieza ni cómo acaba. Sabemos, obviamente, cómo empieza y cómo acaba el texto en sí, pues ahí están sus escasas cinco páginas, impresas en el libro, para leerlas una y otra vez si queremos, pero no sabemos qué ha sucedido antes ni qué va a suceder después, al terminar, tras el punto final. El relato, que comienza in media res, parece terminar también in media res, pero eso no es impedimento –yo diría que todo lo contrario, que esa amputación radical lo hace más potente– para que nos inquiete, para que nos angustie, para que nos golpee. El texto nos presenta, nada más arrancar, a una muchacha que llora, que regresa sin su bicicleta, que se enfrenta a la angustia de tener que explicar a sus tías –no sabemos qué tías, no sabemos por qué está con ellas, no sabemos quién es ni exactamente qué edad tiene– por qué vuelve sin ella, pues eso implica reconocer que les ha desobedecido, y teme despertar, al hacerlo, todo su ensañamiento de mujeres rencorosas. Sabemos que ha tenido que abandonar la bici, destrozada, pero no sabemos su pasado remoto ni, en buena medida, el inmediato. Sara Mesa mala letra Anagrama Con Ve de libro Juan Ramón SantosLlegamos a conocer la secuencia de hechos –que no voy a contar, claro– que provocan el abandono y la aflicción, pero intuimos que hay, incluso, más. Tampoco llegamos a conocer qué sucede, si se desata o no la furia implacable de las tías ni por qué ha de ser tan implacable. Pero es más que suficiente, porque el relato es capaz de transmitir la desoladora angustia del momento y es lo bastante poderoso como para hacernos intuir, aunque no lo sepamos del todo, cuanto falta. Algo parecido sucede en “Papá es de goma”, en el que unos niños parecen vivir solos y ocultar, por alguna oscura razón, la ausencia de sus padres, o en “Palabras-piedra”, que nos deja con las ganas de conocer una frase-piedra que explique todo el rencor que la madre parece volcar sobre su hija, que explique la obsesión que parece tener por que sus fatales vaticinios se cumplan en ella, y algo parecido podríamos decir del resto de los relatos, de la fijación de una de sus personajes por los mustélidos, la mala letra de otra o del alma inescrutable del chaval que protagoniza “Apenas unos milímetros”. Todos esos relatos nos inquietan, nos angustian, nos golpean, y si lo consiguen es gracias a una prosa rotunda, de apariencia sencilla, excelente, que embriaga y encanta, y a su sabia exactitud, a la atinada decisión de qué deben contar y cómo hacerlo. Los de Sara Mesa son relatos excelentes de una excelente escritora, y una excelente cuentista, que no se deberían perder, como no se deberían perder su visita al Aula de Literatura “José Antonio Gabriel y Galán” el martes 6 de marzo, a las ocho de la tarde, en la Sala Verdugo. Allí los esperamos.

 

Juan Ramón SANTOS en PlanVE

Sísifo

9788496313569

 

La ciudad desolada
hoy no susurra nada en mis oídos.
Despega los labios y permanece muda.
Se agotó la palabra.
Tengo miedo; estoy sola.
Cada calle es idéntica y todas giran
formando un laberinto.
No hay escapatoria
para mí, para nadie.

Un rayo azul, metálico, ha devastado el cielo.
Los pájaros no cantan: chirrían como puertas oxidadas,
como instrumentos desafinados e infernales.

No encuentro el sol.
Una gaviota sucia busca entre la basura
algún despojo útil, residuos de provecho;
así yo miro atrás a ver que me he dejado
si hay algo de valor
y si es preciso quizá recuperarlo.
Pero la basura es basura,
la nada es negra, o blanca, pero es nada.
La ciudad ya no me ofrece cosa alguna
no me dice ni una sola palabra.
Estiro mis brazos y giro
como un molino en una encrucijada.
Podrían atropellarme
pero también el tráfico parece detenido.

Me siento.
Me pregunto: dónde está la belleza, dónde el bien.
Yo sé que existen.
Los he besado con mis propios labios.
He pasado mis dedos azulados
por sus suavísimos contornos.
Yo misma he sostenido sus pilares
y pinté sus colores
y pronuncié sus nombres.
Dónde afluyó entonces todo eso,
dónde ha parado.

La ciudad no responde a mis preguntas.
Me mira con su ojo impasible, despiadado.
Estoy sola entre escombros.
Otra vez estoy sola
y he de empezar de nuevo a levantar mi piedra
con paciencia infinita
como mi condena.

 

Sara MESA, Este jilguero agenda

O. Cicatriz

acicatrizAhí está, dice él. Señala el edificio más alto de la avenida, un bloque de dieciséis plantas viejo y rojizo, con desproporcionados alerones y pequeñas ventanas que espejean bajo el sol.

Se detienen en la acera de enfrente y alzan la cabeza para mirarlo.

Junto a las señales del abandono –cristales rotos, persianas descabalgadas, antiguos anuncios de alquiler–, se distinguen carteles de oficinas aún en funcionamiento: un bufete de abogados, dos auditorías, dos asesorías fiscales, una academia de idiomas.

Como te dije. Está casi vacío, murmura. Ella asiente en silencio. Cruzan la calle.

El interior es oscuro y está recalentado. En el vestíbulo flota una especie de polvo en suspensión que les hace carraspear. El color del enlosado palidece en el centro, donde debido al uso ha perdido el brillo. Tras su mostrador de madera, el portero no les pregunta adónde se dirigen. Los observa inmutable, masculla un saludo y enseguida vuelve a bajar los ojos hacia un folleto de publicidad que escruta con detalle.

La pareja se monta en uno de los ascensores y pulsa el botón de la última planta. Ella mira hacia el suelo y los lados; él, casi inmóvil, la mira de frente.

El ascensor chirría y traquetea como un viejo montacargas. Se concentran en el chisporroteo del fluorescente del techo, que se enciende y apaga intermitentemente. El indicativo luminoso está fundido; no pueden saber por dónde van hasta la brusca sacudida final.

Salen a un distribuidor sin luz.

Huele a humedad; en las esquinas se acumulan los residuos. Un tramo más de escaleras conduce a una azotea a la que no puede accederse en ascensor. La pareja sube con lentitud; él va delante, abriendo camino. Una ventana con los cristales casi opacos por la mugre vierte algo de claridad en el último espacio, un cuadrado de cuatro por cuatro metros por donde no ha pasado nadie en mucho tiempo.

Enfrentan sus miradas, se observan de arriba abajo.

Ella lleva una falda negra de seda, una sencilla camiseta verde y unas sandalias del mismo tono. Él viste un pantalón de lino, polo de manga corta, una americana también de lino, zapatos de piel con la puntera levemente estrecha. Hace mucho calor; los dos están sudando. Sonríen azorados.

Él le entrega una bolsa.

Ella la coge, mete la mano y saca una camiseta estampada en tonos grises y azules. Titubea, dándole vueltas a la prenda entre los dedos. Luego, con rapidez, se quita su camiseta y se pone la que él acaba de darle. Tarda tan sólo unos instantes, lo suficiente como para que él otee su torso desnudo, el sofisticado sujetador de encaje negro.

Mueve un poco la mano hacia su cuerpo, sin llegar a rozarla.

¿Cómo la ves?, pregunta ella.

Bien. Te queda muy bien.

Vuelven a sonreír. Él se aproxima, la besa en la boca. Ella se deja, con los brazos caídos y la espalda ligeramente arqueada hacia atrás. Él la toma por la cintura. Ella continúa sin moverse, sin corresponder.

La suelta.

¿Vas a dejártela puesta? Te va mucho mejor con esa falda que la otra.

En otro momento, responde ella. Prefiero llevar la mía.

Ahora las dos son tuyas.

Ella se muerde los labios; insiste. La estrenaré otro día.

Se cambia de nuevo. Él la observa. Se le agita la respiración. Un estremecimiento le recorre las piernas.

¿Por debajo llevas también algo… mío?

Ella afirma con un movimiento de cabeza y baja unos centímetros la cinturilla de la falda hasta que puede verse el filo de una blonda color perla, por encima del pubis.

Es suficiente, dice él. Gracias, añade.

La chica dobla la camiseta con cuidado, se sube de nuevo la falda hasta su sitio. Guarda otra vez la prenda en la bolsa y se la devuelve. Permanecen callados, sin moverse, unos instantes. El rumor del tráfico les llega tan amortiguado que el silencio entre ellos se adensa, se hace irreparable.

Al salir del edificio, justo antes de cruzar el paso de cebra, él se vuelve hacia ella. Se te nota una marca, le diceLos ojos le brillan al hablar. Ella incluso puede notar el movimiento de las pupilas, que se le agrandan y empequeñecen por momentos. La cicatriz de la cesárea, añade.

Sí, supongo que sí, admite ella.

Ambos se ruborizan. Luego ella susurra: qué observador.

No me importa, tartamudea él. Hace el ademán de tomarla por el brazo, pero luego congela el gesto, como electrizado. En serio, créeme. No me importa en absoluto.

 

Sara MESA, Cicatriz

“Toda escritura es autobiográfica”

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“Yo creo que toda escritura es autobiográfica, pero sí, “Mármol” es el relato más autobiográfico de todo el conjunto, aunque tiene también su necesario grado de ficción. Yo tuve un profesor que me reñía bastante por mi forma de escribir, pero ni los demás profesores ni mis padres lo hicieron nunca, así que eso me alentó a seguir en mi pequeña rebeldía. Mala letra es un título que me sugirió Carlos Zanón refiriéndose más bien a la escritura indócil, aquella que no desea -no puede- someterse a reglas. Me pareció que bien podía relacionarse con esta manera mía de coger -o de agarrar- el lápiz, y recordé aquellos pronósticos desalentadores del profesor: “nunca escribirás como Dios manda”. Bueno, como Dios manda no, porque Dios además no se mete en esas cosas, pero algo he conseguido escribir después, claro…”

 

Sara MESA en la entrevista publicada en “El Cultural” del diario “El Mundo” el 22 de enero de 2016.