Presentación de María Ángeles Pérez López

Conocí a María Ángeles Pérez López hará ya cerca de diecisiete años, cuando tuvo la amabilidad de publicar un libro en Alcancía, la colección de poesía y prosa que, auspiciados por José García Alonso, pudimos en marcha entonces entre varios participantes del taller literario que impartía Gonzalo Hidalgo Bayal en la Universidad Popular de Plasencia. María Ángeles nos regaló para ese libro una breve antología de poemas, dos de ellos inéditos y el resto procedentes de sus libros La sola materia, Carnalidad del frío y La ausente, protagonizados por mujeres arrebatadas, que se debatían, como señalaba en la nota final del libro, entre “el furor y el éxtasis como condiciones violentísimas de quien pelea por la alegría y se rompe en ese esfuerzo”. Aquella deslumbrante antología se publicó bajo el título de Libro del arrebato, y, para su portada, María Jesús Manzanares, otra de las impulsoras del proyecto, concibió una imagen potente y turbadora, dibujó un cuerpo avejentado y tembloroso de mujer con las piernas abiertas sobre lo que parecía un abismo –o tal vez sus entrañas, o quizá el universo entero–, y que sostenía en sus brazos extendidos una mancha de un azul intenso que destacaba entre todas las portadas de la colección y que acaso venía a representar el mundo que aparece en uno de los poemas centrales de la antología, el que comienza diciendo, precisamente, “sé que el mundo es pesado y lo sostengo”.

Pensando en el llamativo color de aquella portada, se me ocurre que la obra de María Ángeles tal vez discurra entre ese intenso azul y el rojo que asoma, no menos fogoso, en guardas y fondos y letras de portada de libros como Tratado sobre la geografía del desastre, Mordedura de tiempo, Fiebre y compasión de los metales o Incendio mineral. Lo digo porque en su poesía, a menudo tan intensamente corporal, tan fisiológica incluso, hay un frecuente y fructífero contraste entre el calor y el frío, entre lo azul y lo rojo, entre lo vivo y lo inerte. A este respecto, señalaba yo hace unos días, en un reseña en la web de PlanVE sobre su último libro, que tres de los títulos que he nombrado –Carnalidad del frío, Fiebre y compasión de los metales e Incendio mineral– encierran o parecen encerrar en sí una contradicción, un oxímoron, al asociar calor al frío, o a lo que se nos antoja frío, como si quisieran medir la temperatura de lo inerte, vocación de medir que parece ligada a un ávido deseo de conocer y describir el mundo a niveles casi imperceptibles, con una meticulosidad casi científica, como si la poesía, con su potente arsenal de metáforas e imágenes, se hiciese ciencia para indagar en su más íntima sustancia y para, de ese modo, aprovechando la inquebrantable simbiosis entre lo que somos y lo que nos rodea, penetrar en nuestra más profunda condición. Quizá sea en ese sentido en el que la poeta Julieta Valero, refiriéndose a María Ángeles, habla de una poética de la conjugación, de “una necesidad –y cito textualmente– hermosísima y muy fértil de conjugarse en los demás, sean personas, objetos, lugares, sucesos, esplendor o violencias del Mundo”, de una “necesidad de la voz de hacerse transitiva con todos los habitantes y materiales del mundo”, tal vez para poder, así, leerlo, lo que constituye, para la poeta que nos visita esta tarde, una de nuestras principales y más urgentes tareas.

Poesía, pues, que se hace ciencia o, si le damos la vuelta a la idea, una suerte de mística o ascetismo material, poesía azul y, al mismo tiempo, encarnada, y poesía atenta al calor que palpita en el corazón del frío, puntos de encuentro estos a los que podemos añadir los que enumera el poeta y periodista Carlos Aganzo cuando, refiriéndose en un artículo a nuestra autora, destaca la “naturalidad con la que se armonizan en sus poemas el cuerpo y el espíritu, la sensualidad y el desgarro, la destrucción y el amor, la memoria y el relámpago del presente”, relación a la que habría que añadir, diría yo, la naturalidad con la que armoniza también en ellos modernidad y tradición, en la medida en que la poesía de María Ángeles Pérez López, incluso cuando se vuelve más experimental, es capaz de sonar actual y clásica a la vez.

Buena muestra de ello sería el empleo de un endecasílabo que el poeta Francisco Javier Irazoki, en una reseña sobre Fiebre y compasión de los metales, ha calificado atinadamente de sereno, puede que por la naturalidad con la que se amolda a la respiración, propiciando una lectura sosegada del poema, pero otro buen ejemplo de ese diálogo con la tradición sería el modo en que la autora emplea el haiku –o el haikú, con tilde, como ella prefiere nombrarlo– en su libro Diecisiete alfiles, unos haikús que tilda de “desobedientes” porque –como dice literalmente– “no hacen (demasiado) caso a las bellas propuestas de la forma japonesa, porque se saben parte de otros tiempos y otros lugares, de otras realidades y tradiciones distintas”, y que, sin embargo, Julieta Valero cree, con buen criterio, que son fruto de “una heterodoxia admirativa y profundamente conocedora de la tradición poética japonesa y su huella en la hispánica”.

María Ángeles, además, no duda en hacer patente esa tradición, su propia tradición, la que está detrás de su obra, dejando constancia de ella en muchos de sus poemas. Y lo hace de una manera discreta y hermosa, indicando que han sido escritos con otros poetas, utilizando esa preposición, con, como modo de rendir homenaje a sus escritores de cabecera, de hacerlos presentes y reconocer su influencia hasta el extremo de convertirlos prácticamente en coautores de sus versos. Así, si hojean ustedes el cuadernillo del aula, se encontrarán con poemas escritos con Antonio Colinas, con Álvaro Mutis, con César Vallejo o con Tomás Sánchez Santiago, pero en las páginas de sus libros podemos encontrar también otros creados al alimón con María Ángeles Maeso, con Aníbal Núñez, con Emilio Montejo, con Claudio Rodríguez o con Antonio Machado, con-jugando así –si traemos de nuevo a colación esa poética de la conjugación que mencionábamos antes– la tradición con la modernidad que ella representa.

La máxima expresión, quizá, de este otro modo de conjugar estaría en su libro Interferencias, de 2019, en el que, utilizando una técnica cercana al collage, interviene en los primeros versos de la Divina Comedia o enpoemas como “Considerando en frío, imparcialmente”, de César Vallejo, o el “Viaje a Ítaca” de Konstantino Kavafis, insertando en ellos fragmentos de noticias encontradas en páginas de internet o en diarios como El Mundo o La Vanguardia con las que construye poemas nuevos a los que titula “La selva oscura”, “Nueva fórmula famélica de masa®” o “Ítaca, S.L.” y en los que habla sobre el paro en los mayores de cuarenta y cinco años, sobre los recortes en sanidad, educación, cultura e investigación o sobre el empeño voraz del capitalismo de privatizarlo todo, ofreciéndonos una lectura en clave de actualidad de todos esos clásicos con la que pone de relieve su capacidad –una capacidad, por otra parte, que en buena medida los hace clásicos– para no dejar de hablar nunca en tiempo presente. El resultado es, pues, un libro rompedor, cercano a la poesía visual, que la autora considera “una caja de herramientas ante la que me pregunto cómo desunir las tablas que juran y perjuran que sostienen el edificio del presente” o, como también señala, “un libro en la insumisión ante lo real. En la (re)construcción de lo real”.

Traigo a colación estas dos últimas citas, con su referencia a lo real y a lo presente, porque, resolviendo con audacia otra ardua encrucijada, la poesía de María Ángeles Pérez López, tan comprometida con la propia poesía, logra ser también, cuando se lo propone, comprometida en el sentido en que solemos entenderlo, el de denunciar injusticias. Así, unas veces, como en Interferencias, de forma manifiesta y otras, entre versos, haciéndose eco del dolor de las mujeres o los inmigrantes, en los poemas de María Ángeles suenan a menudo, en palabras de Juan Carlos Mestre, “voces de consolación y voces creadoras de voluntad de resistencia, de turbadora delicadeza ante la indiferente monotonía del dolor civil”.

Y este logro, el de salir airosa de la difícil disyuntiva entre compromiso social y poético, es consecuencia, sin duda, de un compromiso anterior y aún mayor con la palabra, la materia prima con la que trabaja el escritor, un elemento, dice María Ángeles Pérez, “a medio camino entre lo líquido y lo sólido”, un “fluido translúcido que arrastra a su paso cuanto puede” y que otros, antes que ella, “lamieron y han masticado hasta la extenuación”, unas veces de manera creativa y luminosa, pero otras, en boca de funcionarios, políticos, periodistas o de la gente común, que tanto nos dejamos llevar por la inercia gris que las destruye, para vaciarlas de significado a fuerza de golpearlas, como describe en uno de sus poemas, en un yunque hasta que, “así ahormadas, sin vuelo ni estampida, / caminan dócilmente hasta la boca / atadas por las riendas del desgaste”. Sin embargo, como dicen los versos finales de ese mismo poema, “las palabras también piden ser viento / que arrase los paisaje de la usura, / también piden ser fuego y tolvanera, / respingo que celebra en su osadía / la roja ceremonia de vivir”. Por eso, porque las palabras necesitan ser viento, y volver a emprender el vuelo, la labor del poeta, de nuestra poeta, es pulir “el sonido azul de las campanas” para devolverles el don de encabritar las crines del caballo, de hacer que, efervescentes, estremezcan nuestros oídos, y que sintamos de nuevo la ilusión de ser capaces de nombrar el mundo, ese mundo intenso, azul, que sostiene la mujer de la portada del Libro del arrebato, una labor ardua, la de romperse día a día, verso a verso, contra un yunque, por la que lo menos que podemos hacer es estarles agradecidos.

Juan Ramón Santos

91

La poeta María Ángeles Pérez López visita el Aula de Literatura «José Antonio Gabriel y Galán», de Plasencia.

La lectura abierta al público de la ciudad tendrá lugar, como de costumbre, mañana martes, día 22 de marzo, a las 20:00 horas, en la Sala Verdugo.

Al día siguiente, alrededor de las 12:30, la autora visitará el IES Virgen del Puerto, donde celebrará un encuentro con alumnos del centro al que podrán asistir, por vía telemática, alumnos del resto de institutos de la ciudad.

Haikús de Epicuro

Frente a los páramos

desnudan los jardines

sus pies de sándalo.

Papiro vivo

que escribe la derrota

de los castigos.

Dones cercanos:

hambre y sed acalladas.

Fuera, los álamos.

Palabras de aire.

Cicatriz que se cierra

tras los herrajes.

Heraldo blanco

que anuncia la alborada.

Sin puertas, campo.

Ni estatuas ciegas

ni ofrendas de la sangre.

Solo la hiedra.

Libar la vida.

Que en su jugo se empapen

omega y sigma.

De Diecisiete alfiles

María Ángeles Pérez López

Entrevista a María Ángeles Pérez López

No cabe duda de que tus poemarios son fruto de la lectura del mundo, de la observación del ser humano;¿dónde colocas tú ese observatorio para conocer tan bien al otro?

Gracias por esas palabras. Lo primero, porque leer el mundo es nada menos que la gran tarea que nos es dada. Yo pienso que es vivir, tomar conciencia de este tiempo, tomar conciencia de la hora, de lo que pasó antes, de estar vivos, de este minuto, de este relámpago. Y mi deseo es ampliar la visión, los espacios de visión lo más que pudiera. Entonces leer a otros autores, inquirir dónde colocaron ellos su ángulo, cuál fue «un ángulo me basta» que escribe Juan Antonio González Iglesias, dónde fue que pude colocar mi ángulo Primero preguntándome, siendo consciente de que cualquier lugar está marcado de algún modo. No hay una mirada que no esté teñida de la persona que mira, no hay relación con lo real y lo irreal que no esté teñida de la persona, que no tenga que ver con lo que cada uno de nosotros deja ahí. Por eso en el primer poema de ‘Incendio mineral’ aparece la idea de que el lenguaje, de que los pronombres son vísceras y plasma en la transfusión que cede cada uno de nosotros, lo que cada uno de nosotros cedemos de nosotros para esa transfusión común. Hay sangre vísceras, piel, por eso nos interpelamos…

¿Se escribe para vivir más, para vivir distinto, para desvelar lo oculto de lo real?

Creo que para todo ello. Y para vivir, así, sin ningún adverbio; es decir, para tomar más conciencia o para afinar esa conciencia con respecto a la vida y con respecto a la muerte, con respecto al amor, al tiempo.

[De la entrevista a María Ángeles Pérez López a cargo de Tomás Néstor Martínez en Tamtampress.]  

[Habla el mar]

Habla

el mar

una

lengua

ya extinguida.

Una

lengua

salvaje,

sin retorno,

que se impone

ante el mundo

y

lo inunda

de nubes,

caballos,

tupidos bosques de manglar

y peces

que desovan

en tu boca.

Con

su

vaivén

perpetuo

nos

salpica

y

reímos

felices

y

aturdidos.

De Mapas de la imaginación del pájaro

María Ángeles Pérez López

[Menta, espesura]

Con un rotulador de punta verde

que derrama su menta y su espesura

bajo la estricta ley de los fluidos

(la presión hidrostática, el coraje),

la mujer pinta un prado y saltamontes

sobre su calva blanca y aterida.

Escribe insectos grandes, cariñosos

y hormigas diminutas que se duermen

en hojas encendidas de verdor

como si fueran formas de metal

que brillan en silencio en la madera.

Sobre su cráneo blanco y aterido

escribe la canción de las termitas

cuando mascan el tiempo y los tablones,

una constelación de escarabajos

que inventaron el cuerpo mineral,

orugas luminosas y valientes

que rompen la crisálida y no lloran,

esta suerte de nuevo nacimiento

en las briznas minúsculas de hierba

que arrasan la ceniza y su matriz.

En su cabeza blanca y aterida

que perdió los cabellos, los aplomos,

las hojas más oscuras de los pastos,

la mujer atenúa los venenos

y pinta una pradera accidentada

en la que hay hormigueros, piedrecitas

y un cubo de cemento y de ladrillo

que produce energía nuclear.

Contra ella se han escrito los insectos.

La tinta florecida en color verde

empobrece el uranio y su dolor.

De Atavío y puñal

María Ángeles Pérez López