Jordi Doce: aplazamiento

A la vista del calendario de “desescalada”, aplazamos definitivamente la visita del poeta Jordi Doce al otoño, cuando podamos distrutarlo sin limitaciones ni reparos en la Sala Verdugo, cuando los chicos de los institutos puedan disfrutar de sus palabras.

Esperamos, en breve, poderos dar las fechas definitivas de la visita de Jordi Doce al Aula de Literatura “José Antonio Gabriel y Galán” de Plasencia.

Mientras tanto, os dejamos con una nueva entrada de sus “Notas para una cuarentena”, que podéis disfrutar íntegramente en El Cuaderno – Cuaderno de Cultura Digital.

 

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Sábado, 25 de abril. Hoy es día de aniversario. Y lo he celebrado, una vez más, haciendo sonar Grândola vila morena en la versión de José Afonso, que es la que se escuchaba en casa. Con su percusión de pasos terrestres y su urgencia coral. O povo é quem mais ordena… Como si la tierra misma de la hermandad fuera desplegándose con solo enunciarla.

Vuelve el aire mortecino de los fines de semana. El aire desnutrido de las calles sin nadie, de las ventanas inmóviles. Pero fuera el sol bulle y empuja tempranamente y las hormigas se afanan, veloces, sobre los márgenes de tierra de los caminos. Diez de la mañana. El mundo gira y nosotros con él, sin excepción, aunque a veces nos hagamos los distraídos.

Volviendo del quiosco, mientras bordeo con Layla las inmediaciones del Templo de Debod, oigo un jaleo de voces y risas juveniles. Son voces chillonas, impropias del momento, pero sobre todo son varias, tres o cuatro; algo que una vez fue normal y ahora, seis semanas más tarde, me sobresalta. Me cuesta localizar a sus dueños: dos parejas de muchachos, escondidos entre un grupo de grandes arbustos y el ramal izquierdo de la escalera que lleva al Templo. No es fácil verlos. Saben cuál es el lugar idóneo para pasar desapercibidos y por dónde puede venir el peligro. Otra cosa son sus voces, pero a estas edades eso es más difícil de controlar. Uno de ellos, un joven barbado con aires de cantante indie, se asoma a la escalera para hacer de vigía: desde ahí controla la llegada de los coches desde Pintor Rosales y puede avisar si pasa una patrulla. Se ve que conocen el terreno. Una de las chicas, la que más habla, es rubia y gesticula con entusiasmo. Otro mastica un bocadillo y mira sin prisa a su alrededor. No me han visto, parece, y eso que llevo un rato observándolos. Me hace gracia este picnic furtivo, aunque sospecho que acabará mal. No son tiempos para desayunos al aire libre, y además la policía aprovecha los fines de semana para redoblar su vigilancia. Raro sería que algún vecino no diera parte. Pero, comparada con la tensión hastiada que llevo percibiendo toda la semana, la visión de estos chicos tomando el sol sobre la hierba me ha parecido benéfica. Será imprudente, no lo niego, pero alivia saber que la chavalería cumple con su papel. A estas alturas, la excepción hace algo más que confirmar la regla: la vuelve soportable.

Me hago cargo de que estas páginas son puro escapismo. Pero un escapismo hacia dentro, por los espacios de una intimidad elocuente y —ojalá— compartida. Dan una visión sesgada que habría que completar con otras muchas, empezando por la de quienes están fuera, batiéndose el cobre, trabajando en condiciones precarias o con los medios justos. Pienso en el poeta Basilio Sánchez, por ejemplo, que es también jefe de la UCI de los hospitales de Cáceres. Acabo de leer en una entrevista que entre sus obligaciones no estrictamente clínicas está la de informar a las familias sobre el estado de los pacientes. En su caso, la palabra que sabe y la que acompaña —la que alumbra— van de la mano. Sería mucho pedir que, además, llevara un cuaderno de notas, pero yo quisiera leer esas páginas conjeturales, conocer de primera mano sus impresiones, estar ahí, en la inmediatez del día a día, como la «mosca en la pared» de los documentales. Escribe hoy Alberto Manguel que «de aquí a un mes o un año, descubriremos en el fango, entre los cadáveres de restaurantes, teatros y librerías, miles y miles de Diarios del Año de la Peste en busca de lectores imaginarios, impacientes por entender qué ha sucedido». Touché. Con el agravante de que esos diarios, tal vez, no sean los necesarios para (empezar a) comprender. Somos tan solo espectadores tras la barrera y nuestras crónicas, parciales o incompletas, huelen a penumbra de almacén. Nuestra fecha de caducidad está cerca.

Cuaderno del encierro (II)

Miércoles, 18 de marzo. Supongo que nuestra generación recordará estas semanas perplejas como los neoyorquinos recordaron durante años el gran apagón de julio de 1977. Solo que esos dos días de violencia y de desórdenes públicos se han convertido, en nuestro caso, en una travesía mucho más segura —al menos en apariencia, o de momento—, pero también más larga y letárgica, como si nos dejáramos llevar por la corriente y el mar estuviera lejos. ¿El mar? Tendremos suerte si al final del trayecto no caemos en una montaña rusa de rápidos y saltos de agua.

El primer día estábamos avisados, pero por alguna razón se nos pasó y no tuvimos tiempo de sumarnos a los aplausos. A decir verdad, tampoco los oímos; pensé con cierta tristeza que este vecindario era un nido de insolidarios (o, como nosotros, de despistados irremediables). La segunda tarde salimos al balcón de la fachada y aplaudimos con ganas, pero el parque vacío nos respondió con indiferencia. Así que desde el lunes hemos optado por asomarnos a la trasera del edificio, donde están nuestros dormitorios, y desde allí sumarnos a la celebración. No puedo llamarlo patio interior: es más bien el hueco de una gran manzana que contiene garajes, almacenes y hasta una vieja corrala, así que los aplausos resuenan con fuerza y se mezclan con gritos, silbidos y algún «viva» o «bravo» proferido con entusiasmo. En algún momento me ha parecido oír incluso unas palmas flamencas, que pueden ser más contagiosas que cualquier virus. Es un decir. Todo es muy emocionante, hasta para los que tenemos poco espíritu gregario. La iniciativa empezó como un homenaje a los trabajadores de la sanidad pública, pero a estas alturas parece claro que el aplauso es una manera de sentirnos acompañados en el desastre. Nos aplaudimos a nosotros mismos y damos fe de nuestro vivir colectivo —de nuestra convivencia— en este patio inmenso. Algo así dice mi amigo Raúl en el mensaje de correo que acabo de leer: «Contemplo los edificios que rodean el parque con casi todas las luces encendidas y las persianas y las cortinas abiertas; como en Ámsterdam, los vecinos quieren mostrar a sus vecinos que existen, que están ahí, acompañándose». La imagen me conmueve porque eso mismo hago yo estos días: trabajar hasta tarde con el estor enrollado y las luces encendidas. Puro instinto, quizá. Como si los ojos de las ventanas pudieran arroparnos y darnos un poco de luz. Qué menos.

Hablaba por teléfono con un amigo, y le comentaba el alivio que suponía poder sacar a la perra todos los días, aunque fuera un rato. No tardó en interrumpirme: «Bueno, y eso que dicen que no se pueden dar paseos, hay que salir solo para que el animal haga sus necesidades, y punto». Mi amigo es un hombre cordial y bondadoso y estoy seguro de que habló con la mejor intención, pero sentí claramente una nota de censura en sus palabras, en su tono de voz. Así también, con ojos de reproche, me miraba esta mañana un jardinero del parque. Mi única respuesta fue acelerar visiblemente el paso, para dejar claro que mi presencia era en realidad una obligación, algo impuesto por las circunstancias. La perra iba a lo suyo, como debe. Me aferré a su mueca confiada, casi alegre, y así me fui sintiendo menos culpable. Tampoco hay que exagerar, me digo. Pero preveo que estos raptos involuntarios de puritanismo se irán haciendo cada vez más frecuentes y que la mala conciencia será nuestra forma de hacernos perdonar cada escapada.

[Puedes seguir leyendo las siguientes entregas de este cuaderno de la cuarentena de Jordi Doce en la revista digital El Cuaderno.]

Cuaderno del encierro

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Domingo, 15 de marzo. Esta mañana, al salir al parque, algunas impresiones:

El canto de los pájaros, vivísimo, omnipresente. Esto ha seguido luego en la calle Cadarso, la más arbolada de este lado del barrio.

El parque vuelve a ser de los cuervos y las palomas —y de las cotorras, claro—. No dejan de brincar sobre la tierra, picoteando el suelo y espantándose mutuamente con soltura. La perra, feliz, no ha tardado en seguirles el juego.

Un hombre discute a voces con la pareja de la policía nacional que patrulla el anillo superior del parque, en torno al Templo de Debod. Su perro no deja de ladrar y revolverse, pero lo lleva atado en corto, con firmeza, y se mantiene a una distancia prudencial de los agentes. No logro entender el motivo de su queja. Un segundo hombre que hace cinco minutos tomaba el sol en un banco enfila el camino de salida, pero, al ver el cariz de la escena —demasiados gritos, demasiados ladridos—, decide volver sobre sus pasos.

Como nadie lo pisa, el césped se ha vuelto más tupido y oscuro. Un verde como de felpa, impecable.

El guante azul de látex con que el quiosquero me ha devuelto el cambio. Ayer no lo llevaba puesto.

En dos o tres casos he saludado a perfectos desconocidos con un sonoro «Buenos días». Somos tan pocos que no darnos el saludo parece un desaire innecesario. Cortesías de pueblo que me devuelven el humor.

 

[Puedes seguir el “Cuaderno del encierro” de Jordi DOCE en la revista digital “El cuaderno”.]

Aplazamiento

Ante las medidas adoptadas por la Junta de Extremadura en relación con el coronavirus, y dada la situación generalizada de preocupación, la lectura del escritor Jordi Doce, prevista para los días 17 y 18 de marzo, con la que teníamos previsto cerrar el curso 2019/2020 del Aula de Literatura “José Antonio Gabriel y Galán”, se aplaza a los días 19 y 20 de mayo.
Así, la lectura abierta al público en general tendría lugar el martes 19 de mayo a las 20:00 horas en la Sala Verdugo, y el encuentro con los alumnos se celebraría al día siguiente, el miércoles 20 de mayo, alrededor de las 12:30, en el IES Valle del Jerte.

“No estábamos allí” en PlanVE

Uno tiene la sensación, al leer No estábamos allí, el libro de poemas con el que Jordi Doce ganó la primera edición del Premio Nacional de Poesía “Menéndez Valdés”, de Ribera del Fresno, de que el libro constantemente se le escapa, de que no es fácil aprehenderlo con palabras, acotar una temática, definir un estilo o una intención, pues siempre hay en él poemas que ponen lo dicho en entredicho, y porque a menudo genera impresiones que de entrada parecen sólidas, irrefutables, pero que, en una segunda lectura, se desvanecen, fantasmales, dejándole perplejo, sin saber, de nuevo, qué decir. Al anunciar la concesión de aquel premio, Álvaro Valverde, como portavoz del jurado, dijo que se trataba de “un libro innovador lleno de paradojas, incertidumbres, preguntas, de experimentación y riesgo, y por tanto de extrañezas y misterio bajo una luz nórdica”, unas palabras que acaso vengan, en buena medida, a confirmar esa extraña, fugitiva sensación que el libro deja en el lector.

Y, a pesar de todo, puede que mucho de lo que el libro es se contenga ya en la portada, en el mismo título, No estábamos allí, arranque del poema “Suceso”, un lema que se repite, aunque no de forma literal, en otros versos. En el título confluyen, de atrás hacia adelante, una idea vaga de lugar, la noción de estar, siempre inestable, un tiempo verbal provisional, un sujeto paradójico –pues, pese a estar en plural, al final es un solo yo el que habla como representante de un nosotros sin contornos–, y la no menos paradójica negación inicial, porque el no estar no impide, al final, decir, que acaba siendo una forma de afirmación y de presencia. Un título, pues, acertado, lleno de esas paradojas e incertidumbres que nombraba Álvaro Valverde, y que enuncia uno de los temas principales en torno a los que gira el libro, ya de por sí difícil de enunciar, el mundo sin nosotros, sin nuestra mirada, como algo que nos preexiste, que nuestra mirada transforma, pero que también permanece y late sin nosotros, de una manera que, si miramos con atención, nos acaba resultando extraña, incluso incómoda.

Esa idea de estar y no estar, de el mundo sin nosotros, además de en el título y en el ya mencionado “Suceso”, está presente en versos como “cuando el mundo se convirtió en el mundo”, del poema “Entonces”, en el fragmento “este mínimo delta de formas dispersas que nos permite, una vez más, recordar cómo es el mundo cuando no estábamos en él”, perteneciente a “5 movimientos”, o en el primer verso de uno de los “Monósticos”, “sabía ver el mundo como si no estuviera en él”, que es lo que parece ser maravillosamente capaz de hacer Jordi Doce, y lo que está presente de forma clara y constante en el libro es la sensación de extrañeza que el lugar nos produce, como cuando, en el poema “Aquí”, el poeta dice “no sabes dónde estás, / por qué ruta llegaste”, o cuando afirma, en “El monumento”, que “el teatro del cielo me confunde”, y es esa extrañeza que Jordi Doce logra mantener en pie a lo largo de todo el libro la que colma esos lugares de misterio, gracias, además, a la extraordinaria capacidad que tiene para esbozar ambientes por medio de unas pocas, certeras palabras, capacidad que me fascina y que puede que esté en el origen de muchos de sus poemas, como parece revelar en su nota final al libro, cuando afirma que suele “escribir de una vez cuando la ocasión se presenta: unas pocas palabras que llegan sin permiso y convocan una escena, una atmósfera, algo como un zarcillo de ritmo que exige cuidados para crecer”.

Para no saber qué decir, ya he dicho mucho, pero intuyo que es más, mucho más, lo que encierra y lo que se podría decir acerca de No estábamos allí, y de la obra de Jordi Doce, una obra esencialmente poética, desde una idea amplia de poesía que aglutina traducción, ensayo, diarios o aforismos, y de la que hablaremos, espero, largo y tendido, en compañía del poeta, el martes 17 de marzo, a las 20 horas, en la Sala Verdugo, en la sesión en la que despediremos el curso 2019/2020 del Aula de Literatura “José Antonio Gabriel y Galán” y a la que, por supuesto, están todos ustedes invitados.

 

[Juan Ramón Santos en la web de PlanVE.]

Otros inviernos

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Huraña luz de enero, aún recuerdo
tu resplandor sin nadie,
el frío del azul en la garganta,
el aliento helador con que el silencio
salía a recibirnos,
la equívoca extensión del alba
camino de la escuela y el desmonte,
entre zanjas y charcos al azar
que contenían otro cielo
hecho de fugas, ráfagas, reflejos,
como un río se esconde bajo tierra
y la cruza o devora,
aguas de claridad tumultuosa,
secretas desazones que atraviesan los años
y bañan, emergidas, otro enero, otro invierno,
mientras vago sin rumbo
por las calles de Sheffield, y descubro,
o creo descubrir,
bajo la tela cárdena del día,
la misma luz, la misma sombra huraña,
como una geometría
de aristas y vacíos que ordenara
el ladrillo locuaz de las fachadas,
el hormigón cubierto de verdín de los muros,
el asfalto de los aparcamientos
donde pasea el niño que fui, que soy aún,
rumbo a no sé qué escuela
de la que nadie nunca me avisara.

Jordi DOCE, Lección de permanencia

Sobre la amistad

portada-perrosCon los amigos cercanos tendemos a actuar con torpeza o a ser injustos precisamente porque los llevamos en nuestro interior, son parte de nuestra intimidad y nuestro equilibro emocional, charlamos con ellos en silencio como un elemento más de esa conversación ininterrumpida que es el flujo de la conciencia, el relato que nos hacemos de la vida en el momento de vivirla. Están a todas horas con nosotros, de tal manera que la persona física, el amigo con nombre y apellidos que desplaza su sombra por calles y paredes, queda relegado en ocasiones a un lado de la escena: tardamos en llamarle o no le llamamos; le dejamos historias por contar o le contamos con perfecta inocencia historias que podrían dolerle porque en ellas no tiene sitio o sólo uno sin importancia. No acaba de entender que para nosotros él está contenido en la historia, es decir, que es su interlocutor primero, y que el hecho de contarla de viva voz no es sino la repetición, puertas afuera, de un relato que ya tuvo lugar en nuestro interior.

Los celos, en este sentido, no pasan de ser un síntoma –el más extremo y hasta el más puro– de incertidumbre sobre el lugar que ocupamos en el pensamiento de los demás. No sabemos qué hacen o dejan de hacer nuestros avatares detrás de bambalinas, al otro lado del telón opaco de una mente, o sólo podemos saberlo por vía indirecta, y más de una vez esa oblicuidad nos engaña o nos perturba con datos falsos, incompletos, sospechas que no terminan de confirmarse, puertas entornadas que apenas nos atrevemos a abrir por completo. ¿De verdad queremos saberlo? Por alguna razón, persistimos en la incertidumbre o tomamos los rodeos más extravagantes para retrasar la verdad, como si los celos fueron un signo certero, la prueba definitiva de la amistad. (A veces, desde luego, tienen la virtud de dar sabor a una relación, igual que una especia algo picante, pero no sé si el riesgo vale la pena.)

La amistad se alimenta de la intensidad con que hayamos asimilado la voy y la presencia del amigo. Pero una excesiva absorción en la imagen que hemos creado en nuestro interior puede ponerla en peligro. Una y otra vez hay que buscar un acuerdo entre las dos versiones, dentro y fuera, la memoria y el presente. Vivir en la tensión entre esas dos figuras que se entrecruzan sin solaparse por entero.

 

Jordi DOCE en Perros en la playa

Norte y sur

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Pelayo Ortega
Tarde de otoño en la playa de San Lorenzo,1989
Carboncillo y pastel / papel, 50 x 65 cm.

 

Hay algo en esta luz, en el sesgo tenue y matizado de la luz del norte, más determinante de lo que solía pensar. A sus pies el mundo está como sumido en sus formas, guarda una grisura discreta, no llama la atención sobre sí mismo: hay que mirar largo tiempo para hacerse con él, volver una y otra vez sobre el paisaje para deslindar y encender sus formas; hay que darle, en fin, mucho de uno para que cobre vida, proyectando nuestra imaginación y nuestro deseo en un esfuerzo por disipar la oscuridad, conjurar el silencio de esa noche unánime y primordial que amenaza con invadirlo cada poco. No es como la luz violenta del sur, que estalla en múltiples y nerviosos paroxismos, que salpica los ojos y los sentidos con una insolencia juvenil que hace a un lado cualquier resistencia: los colores y las formas se nos ofrecen con impudor, compiten por nuestra atención con una ferocidad que puede ofuscar al pensamiento: todo está ahí, al alcance de la mano, basta con tomarlo y blandirlo en el aire, cantar sus alabanzas, henchirse de mediodía. La luz del norte exige otra sintaxis, otro movimiento del pensar. No importa el turno de las estaciones: por debajo de cambios aparentes, aquí las cosas se remansan en su aparente atonía, en sus grises y verdes y ocres que atenúan las fronteras, las diferencias, y la mente las persigue con tiento insistente, con la prudencia ávida del que no desea espantarlas pero siente el imperativo de la búsqueda y la posesión: quiere hacerse un hueco entre ellas, indagar en su distancia y su misterio. El pensamiento también se remansa, discurre en una espiral que extrae cada vez nuevas conclusiones, o la misma infinitamente matizada, afinada. Y se habla con otra voz, menos brillante y decorada, llena de graves sutiles que avanzan por debajo de la melodía principal hasta alcanzar su destino. Todo lo obtenemos con esfuerzo, en una tensión activa que nos obliga a ponernos de parte del mundo, proyectando en él nuestros deseos y fantasmagorías, nuestros giros mentales y nombres privados. Para los ojos del norte, en fin, la plenitud no es un instante sino un proceso, no es la hora rigurosa y solar del mediodía sino el lento entreverarse de la conciencia y el mundo, la hora declinante del atardecer, cuando más importa arrebatar a la noche el secreto de las formas, el misterio de lo visible.

 

Fragmentos de una poética en curso, Jordi DOCE

(Extraído del blog del autor.)