Notas para una presentación de Kirmen Uribe

#1. Dice Kirmen Uribe en Bilbao-New York-Bilbao que los peces y los árboles se parecen, pues los dos tienen anillos, y que el anillo de los peces se aprecia en las escamas y lo crea el invierno, una época del año en la que el pez come menos, crece menos y el hambre deja una marca oscura en su piel. Bien pensado, las lenguas también tienen anillos, expresiones, palabras o giros que nos revelan su edad, que nos cuentan su historia. Si uno se fija en términos, estructuras o frases hechas, podrá descubrir raíces, filias, fobias, conquistas, guerras, invasiones, siglos de esplendor y servidumbre, acontecimientos que fueron dejando su marca, oscura o clara, en el decir de sus hablantes. Bien pensado, los idiomas tienen también anillos, como los árboles y los peces.

#2. Hace poco leí que el euskera, el idioma en el que escribe Kirmen Uribe, está directamente emparentado con la lengua de las primeras culturas agrícolas que alcanzaron Europa hace unos cuantos miles de años. No sé lo que esa teoría tendrá de cierto, pero provoca admiración y vértigo a partes iguales, pues nos asoma al misterio de la Ursprache, de la lengua originaria de los hombres –si es que tal cosa existió más allá de las hipótesis– y, con ello, a nuestra más recóndita identidad, la de seres capaces de contar el mundo y de contarse a sí mismos, de ver y construir la realidad a través de las palabras. No sé lo que esa teoría tendrá de cierto, pero uno tiene la impresión de que en el árbol de las lenguas, y aunque todas alberguen en el fondo la médula de esas lenguas primigenias, el euskera está en el tronco mientras el resto nos andamos por las ramas, y eso lo convierte en un tesoro, en algo cercano a lo esencial que debemos mimar, proteger y valorar, en algo de lo que deberíamos sentirnos orgullosos.

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#3. Dicho eso, como podrán ustedes comprobar, ni Kirmen Uribe es un agricultor del Neolítico ni la lengua en la que habla y escribe es, desde luego, una lengua primitiva. El euskera es –casi huelga decirlo– una lengua moderna, capaz de hablar del mundo en el que vivimos, y eso gracias al conjunto de sus hablantes que, al utilizarlo, lo van poniendo al día, pero también gracias a sus poetas, a sus narradores, a sus ensayistas, porque si el hablante de a pie moderniza el idioma, lo va adaptando a sus necesidades, a las necesidades cambiantes del día a día, y crea las palabras o las expresiones que echa en falta para hacerlo, el escritor, al trabajar con él, lo lleva hasta el extremo, lleva hasta el límite sus posibilidades de expresión, lo doma hasta hacerle decir lo abstracto o lo inefable, lo moldea buscando en él el ritmo o la armonía, y de ese modo lo pule, lo afina, lo robustece. El escritor es pues, de algún modo, el preparador físico de la lengua, el que la pone en forma para que pueda darlo todo en la pista.

#4. En el trabajo del escritor hay siempre un diálogo entre tradición y modernidad. Su labor se mueve entre el respeto hacia lo recibido y la tentación de hacerlo saltar por los aires. Es heredero de una lengua que es patrimonio de todos, fruto de muchos siglos y muchas generaciones de hablantes, pero su vocación es dirigirse al lector contemporáneo con un lenguaje propio, no encorsetado, no limitado y desgastado por el uso y los abusos. En cualquiera de los casos, sea cual sea su decisión, la continuidad o la ruptura, el trabajo del escritor conlleva siempre una cierta reflexión sobre la lengua, y eso lo hace también, quizás, más sensible a la pérdida que el paso del tiempo y los cambios sociales provocan en ella, algo que parece acusar especialmente el euskera, un idioma para el que, quizá por su antigüedad, por un pasado unido durante más tiempo a la tierra, a la naturaleza, las transformaciones parecen haberse producido demasiado deprisa, demasiado bruscamente, y por eso en la obra de otro gran escritor vasco, Bernardo Atxaga, está tan presente el canto por las palabras perdidas. Por eso comienza su novela El hijo del acordeonista preguntándose en un poema adónde habrán ido a parar las cien formas distintas que alguna vez hubo de decir mariposa.

#5. En esta encrucijada entre el acervo y la modernidad, aunque nuestro escritor de esta noche, Kirmen Uribe, se incline hacia lo segundo, opte por avanzar “tratando –como afirma en Bilbao-New York-Bilbao– de atraer al mayor número de lectores. Porque la mejor forma de airear la casa es abrir las ventanas”, no deja por ello de intentar recuperar lo perdido, y, de hecho, en ese mismo lugar afirma acto seguido que no podemos “olvidarnos de sacar tiempo para cuidar las flores”, y su forma de cuidar las flores de la lengua es, por ejemplo, rescatar en sus novelas villancicos, canciones de cuna, retahílas y otros elementos de la tradición oral y popular, y lo hace con la delicadeza de un entomólogo, aunque con la aspiración –intuyo– no de embalsamarlos y dejarlos prendidos con alfileres, sino de que permanezcan vivos, y frescos, en sus páginas.

#6. Además, en ese diálogo con el ayer, los relatos de Kirmen Uribe son claros herederos de la tradición narrativa oral. No sólo porque, como él mismo dice, tengan su origen en historias familiares contadas una y otra vez o en conversaciones con unos y con otros para tratar de indagar en el pasado, sino porque hay en su forma de escribir algo de directo y de cercano, un tono que te hace sentir a su autor próximo, como si, en lugar de en el fondo de las páginas, estuviese a tu lado, hablándote, explicándote, encandilándote con sus palabras como sólo los buenos contadores de historias son capaces de hacer.

#7. Quien es sensible a la pérdida es sensible también al poder devastador del tiempo, porque el tiempo no sólo se lleva las palabras, sino también las historias y el eco de las vidas que se fueron. El tiempo deshilacha la memoria, la deja hecha harapos, y al hacerlo acaban por perderse peripecias fascinantes, biografías que a menudo explican lo que somos. Kirmen Uribe, hijo y nieto de pescadores, echa en sus libros las redes para tratar de rescatar algunas de esas historias, y si en Bilbao-Nueva York-Bilbao, la novela que le dio a conocer y con la que ganó, entre otros, el Premio Nacional de Narrativa o el Nacional de la Crítica, evocaba la pequeña gran épica de los pescadores de Ondarroa, Lo que mueve el mundo recuerda, siguiendo el rastro de los niños vascos exiliados durante la Guerra Civil, la historia de un héroe discreto, el escritor belga Robert Mussche, y La hora de despertarnos juntos, el último de sus libros, cuenta la vida de Karmele Urresti y su familia y, a través de ella, el éxodo y la odisea del pueblo vasco, los avatares de su gobierno en el exilio, el giro desde la búsqueda de apoyos internacionales contra Franco y en favor de la causa vasca hacia la lucha armada, haciéndonos, de ese modo, presente lo pasado.

#8. En sus novelas, al menos hasta la fecha, Kirmen Uribe no se asoma a un pasado remoto, sino a un pasado que está a la vuelta de la esquina, cuyos dedos implorantes aún nos rozan, haciéndonos sentir, como en las novelas de Patrick Modiano, vértigo por el veloz paso del tiempo. Como las de Modiano, las de Kirmen Uribe son historias que nos ponen en evidencia, pues demuestran lo rápido que nos rendimos al demoledor asedio del olvido.

#9. Y si a Modiano se parece en la forma de sumergirse en el olvido inmediato, a Sebald, otro buceador de la memoria, se parece en ciertos mecanismos narrativos, en su afición por dejar constancia en sus libros de los materiales sobre los que se sustenta el recuerdo, y así nos encontramos en ellos cartas, e-mails, fragmentos de diarios, noticias, informes, actas, diligencias, pero también material no textual, como la lámina del mural “En la romería” del pintor Aurelio Arteta Errasti que encontramos al principio de Bilbao-New York-Bilbao o la fotografía de Robert Mussche y Vic Opdebeeck con su hija Carmen que cierra Lo que mueve el mundo, además de otras fotografías o cuadros, como el lienzo “Noche de artistas en Ibaigane”, de Antonio Gezala, en La hora de despertarnos juntos, que no reproduce pero que describe con un mimo y un detalle capaces de desplegarlos con toda viveza ante nuestros ojos, permitiendo que nos asomemos, por medio de esos elementos, de un modo distinto a sus historias.

#10. Para finalizar, si el pasado es uno de los temas fundamentales de su narrativa –y en buena medida también de su poesía, no en vano el primer poema su libro quizá más célebre, Mientras tanto cógeme la mano, comienza diciendo “En otro tiempo había un río aquí” –, el empleo de los materiales a los que acabamos de hacer referencia, su discurso a menudo fragmentario – “en lo fragmentario / reside la esencia de la realidad”, afirma en un poema sobre Carlo Emilio Gadda– y el uso de un lenguaje ágil y directo hacen de Kirmen Uribe un autor plenamente actual, un autor que, en palabras del crítico José María Pozuelo Yvancos, “tiene la rara cualidad de servir la tradición sin que suene a folk, y de ser moderna sin renunciar a los que lo fueron antes” y que, a través de la claridad, de un modo de abordar la poesía alejado de lo sublime y de las vanguardias, ha sido capaz de provocar, en palabras de otro crítico, Jon Kortázar, una revolución tranquila en la poesía vasca, un autor, a fin de cuentas, que con su prosa y su poesía, con su forma de escribir clara y cercana, ha de dejar, sin duda, tras de sí un anillo hermoso y diáfano en el ya longevo tronco de la lengua y la literatura vascas.

Juan Ramón SANTOS

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Esta semana nos visita el escritor Kirmen Uribe.

El miércoles 17, a las 20:00 horas, celebrará la habitual lectura-conferencia abierta a todo el público en la Sala Verdugo y el jueves 18, sobre las 12:30 horas, visitará el IES Parque de Monfragüe en un encuentro con alumnos de bachillerato.

Estáis todos invitados a esta nueva sesión, en una u otra convocatoria.

El idioma de la Virgen María de la playa

En 25 años hay 150.000 personas más que hablan euskera; ya está en los medios de comunicación, en la literatura y la academia de la lengua ha cumplido 90 años. Hemos avanzado mucho, pero nos queda un trecho

En primavera del 2007 me encontraba en Nueva York en la casa de una amiga, Carmenchu Pascual, que tuvo que salir de San Sebastián junto a su madre en la posguerra y se instaló en la Gran Manzana; y que, después de pasar por varios oficios (fue incluso piloto de un avión correo en Puerto Rico), trabaja como traductora de español en las cortes federales, en el barrio de Brooklyn. Carmen posee una amplia biblioteca de tema vasco.

ob_8b9dcd_palometaFisgando entre los libros encontré un ensayo de Julio Caro Baroja y enseguida comencé a ojearlo. Entre las leyendas que Caro Baroja recogía en el libro, una me llamó mucho la atención. Era la historia de la Virgen y el pez zapatero. La leyenda popular contaba cómo un día el zapatero, también llamado palometa o joputa, se encontró con una mujer que paseaba por la orilla de la playa. La mujer era bellísima y el zapatero, enamorado de la joven, le preguntó quién era. Con tan mala suerte que formuló la pregunta en castellano. La mujer enfureció y le dijo al pez que era la mismísima Virgen María, y que a ella había que dirigírsele en euskera y no en castellano. Como castigo a tal metedura de pata, la Virgen maldijo al pez: a partir de entonces el zapatero sería el más feo de los peces. Y es así como el zapatero tiene esa expresión de muy pocos amigos, con una dentadura prominente, y unos ojos de no haber pegado ojo en mucho tiempo. Pobre zapatero, pienso yo. ¿Cómo hubiera adivinado que la Virgen hablaba ni más ni menos que en euskera?

Yo no conocía aquella leyenda, pero sospecho que no debe de ser demasiado antigua. Tampoco creo que haya muchas más leyendas del estilo. Es una leyenda creada en una época de retroceso y defensa de la lengua. De miedo a la pérdida.

La moraleja es clara: los vascos debían de preservar la lengua de la Virgen, una lengua limpia y celestial, y no hacer como el zapatero, que por hablar en castellano se quedó así de feo.

Entre los tabús semánticos, unos de los más curiosos son los nombres de los animales. Muchas veces se utilizan eufemismos para nombrar a animales malignos o asociados a la mala suerte. El caso de la comadreja es el más representativo. Según José María Cuesta, la comadreja es una de las especies innombrables. Es por eso que se les llama con términos de difícil etimología. Y así, se le denomina paniquesa en Aragón, donnola en italiano, belette en francés, doniña en gallego o erbinude en euskera. Tal mal fario le llega desde los textos de la antigüedad. Eliano describe que es un animal despreciable que se sube encima de los cadáveres y engulle sus ojos.

El caso del zapatero, palometa o joputa, puede ser también un caso de tabú semántico. El zapatero, amén de su aspecto, tiene mala fama entre los pescadores por ser un pez poco fiable. Ahora está muy presente, ahora desaparece. Es demasiado inteligente, dicen.

Hablando de tabúes innombrables, dejen que les cuente una anécdota. Yo no tuve nombre durante los primeros meses de mi vida. Nací a finales de 1970 y mi madre fue naturalmente al juzgado a darme de alta. El secretario le preguntó por mi nombre. “Kirmen”, dijo ella. Al secretario no le constaba Kirmen como nombre y no lo aceptó. “¿Señora, por qué no le pone José María, o algo por el estilo, como todo el mundo?”. Mi madre dijo que yo me llamaba Kirmen y no cejó en su empeño hasta que inscribieron mi nombre en el libro de familia. Iba cada semana al juzgado y le daban la negativa. “¿Y si le pone Kirmen María?”, le dijo una vez el secretario, “será más fácil que admitan el nombre si lleva algo en castellano”. Al final, el secretario dio su brazo a torcer y es así como me llamo: Kirmen, sólo Kirmen.

La anécdota ilustra la difícil situación que vivió en un tiempo el euskera. Pasó sus años duros, en los que solamente se hablaba en el ámbito exclusivamente privado. Y sobrevivió gracias a la tenacidad de mucha gente, que no dejó de hablarlo y trató de ampliar su presencia a todos los sectores de la sociedad. Y, por supuesto, de la multitud de gente que ha hecho un gran esfuerzo en aprenderlo.

El 15 de abril del 2007 asistí a un programa de radio en la WBAI, en el 120 de Wall Street. La emisora es una de las más progresistas en el ámbito neoyorquino. Nos invitó la escritora Janet Coleman a su programa cultural. Compartí la hora con la poeta canadiense Yerra Sugarman. Sugarman, especialista en literatura yidish, había llevado al programa poemas de una poetisa de principios del siglo XX. Los poemas eran impresionantes. Hablaban de sexo explícito.

Janet Coleman se asombró de que pudiera haber una escritora yidish que escribiera de esos temas. Y así lo dijo por la Radio. La respuesta de Yerra Sugarman fue la siguiente: “La poetisa habla de su vida. Su vida era así, aunque fuera. en yidish”. Durante la cena hablamos de los clichés que tienen que soportar muchas tradiciones literarias. Yerra contó que cuando venía a Europa mucha gente desconfiaba de sus raíces judías, como si le echaran la culpa a ella de las vulneraciones de derechos humanos que el Gobierno israelí comete con la población palestina. Yerra no lo podía entender. “Pero si yo también estoy en contra de lo que hace el Gobierno israelí”, les decía ella, incrédula.

La lengua vasca también ha tenido que soportar muchos clichés. Todavía a un autor vasco se le pregunta sobre la vinculación de la cultura vasca con la violencia. Sobre si no es una traba escribir en una lengua tan pequeña.

Claudio Magris se define como un escritor de frontera. De una tradición en la que conviven diferentes lenguas. Yo también me considero un escritor de frontera. Me gusta formar parte de esa diversidad. Magris, en su libro Utopía y desencanto, afirma lo siguiente: “Toda minoría que sale de la marginación -nacional, cultural, religiosa, política, sexual- tiende, por lo menos al principio, al narcisismo exhibicionista y hasta que no se libera de él, aprendiendo a vivir espontáneamente su propia peculiaridad y a no hacerle demasiado caso, revela estar todavía, interiormente, en una condición de inferioridad”.

Me gusta la frase del triestino, “no hacerle demasiado caso a su propia peculiaridad”. Escribir con naturalidad, vivir con naturalidad en euskera. Sin urgencias ni histerias.

Han pasado casi 40 años desde la anécdota de mi madre en el juzgado. El euskera ha pasado del ámbito privado a lo público. Según los últimos datos sociolingüísticos, en 25 años el número de hablantes ha crecido en 150.000. Hay prensa en euskera, medios de comunicación, todo un sistema literario. La academia de la lengua acaba de cumplir 90 años de vida. Es verdad que todavía hay mucho por hacer. Queda un trecho para llegar a un bilingüismo efectivo. Pero se ha avanzado considerablemente.

Yo no considero que escribir en una lengua pequeña sea ningún impedimento. En mis libros hablo de gente que conozco, de gente que veo todos los días por la calle. Sin embargo, he visto que esas historias pueden interesar a un lector global.

“Toda endogamia, -toda pretensión de identidad pura- es asfixiante e incestuosa”, afirma Magris. “Se aprende a amar a Irlanda en Joyce, que la abandonó y la criticó ferozmente, mucho más que en todas esas novelas irlandesas rebosantes de muchachas pelirrojas y de prados verdes. En una astilla puede estar el mundo, pero ésta es algo si no es sólo una astilla sino el mundo”.

Pienso en la Virgen y el pez zapatero. Quiero creer que ahora actuarían de otra manera. Que el zapatero le hubiera hablado en euskera, o que la Virgen le hubiera respondido sin problemas en castellano. Tranquilamente. Y es que eso mismo es lo que ocurre ahora en el País Vasco.

Kirmen URIBE

(Publicado en El País el 9 de noviembre de 2009)

Aparte-apartean / Un poco más allá

APARTE-APARTEAN

Sei urterekin egin zuten lehen itsasoratzea aitak eta osabak,
eta patroitza Bustio baporean ikasi.
Gogorrak ziren garai hartako patroiak,

ekaitz egunetan ukabilak estutu eta zerura begira
“bizarrik badaukazu etorri hona!”
Jainkoari amenazu egiten zieten horietakoak.

Mutil koskorrak zirenean, igandeko mezetara
txandaka joan behar izaten zuten lau anai nagusiek,
traje bakarra baitzen etxean. Bata elizatik etorri,

trajea erantzi, besteari eman
eta horrela joaten ziren mezetara,
nor bere orduan, nor bere zapatez.

Umetan, aita itsasotik iristen zen egunean,
portuko morro luzeenean egoten ginen zain
mendebaldera begira. Hasieran

ezer ikusten ez bazen ere, laster
antzematen zuen gutariko batek hodeiertzean
puntu beltz bat, pixkanaka itsasontzi bilakatzen zena.

Ordu beteren buruan heltzen zen ontzia morrora,
eta bira egiten zuen gure aurrean portura sartzeko.
Aitak agur egiten zigun eskuaz.

Ontzia igaro orduko, ariniketan joaten ginen
atrakatu behar zuten tokira.
Aita ohean azkenetan zegoela ere

gorazarre egiten zion bizitzari,
eguna bizi behar dela esaten zigun,
beti arduratuta ibiliz gero ihes dagiela bizitzak.

Eta agintzen zuen: Beti iparralderago
joan behar duzue, ez da sarea bota behar
arraina ziur dagoela dakizuen tokian,

aparte-apartean bilatu behar da,
daukazuenarekin konformatu gabe.
“Heriotzak ez du irabaziko”

idatzi zuen Dylan Thomasek,
baina nonoiz irabazten du,
eta halaxe amatatu zen aitaren bizitza ere,

mendebaldera eginez
hodeiertzean galtzen zen itsasontzia bezala,
uberan oroitzapenak marraztuz.

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UN POCO MÁS ALLÁ

Mi padre y mi tío se embarcaron por primera vez con nueve años,
y aprendieron a navegar en el “Bustío”.
Eran duros los patrones de entonces,

de aquellos que en días de tormenta apretaban los puños
y mirando al cielo amenazaban a Dios:
“¡ven aquí si tienes lo que hay que tener!”.

Cuando eran chiquillos, los cuatro hermanos mayores
tenían que ir a misa por turnos,
ya que sólo había un traje en casa. Cuando uno volvía de la iglesia,

se quitaba el traje, se lo daba al siguiente,
y así solían ir a misa,
cada cual a su hora, cada uno con sus propios zapatos.

Cuando era niño, el día en que mi padre llegaba del mar,
solíamos esperarlo en el espigón más alejado del puerto,
mirando hacia el Oeste. Aunque al principio

no se veía nada, pronto
uno de nosotros divisaba en el horizonte
un punto negro, que poco a poco se convertía en barco.

Tardaba una hora en llegar hasta el espigón,
y giraba frente a nosotros antes de entrar a puerto.
Mi padre nos saludaba con la mano.

Nada más pasar el barco, corríamos
hacía el lugar donde atracaba.
Incluso estando en las últimas, mi padre

siempre alababa la vida,
nos decía que hay que vivir el momento,
que si siempre estás preocupado la vida se te escapa.

Y nos decía: tenéis que ir
más al Norte, no hay que echar la red
allí donde sabéis que seguro habrá pescado,

hay que buscar un poco más allá,
sin conformaros con lo que ya tenéis.
“La muerte no vencerá”,

escribió Dylan Thomas,
pero de vez en cuando gana,
y así terminó también la vida de mi padre,

como un barco que se pierde en el horizonte
girando hacia el Oeste,
dibujando recuerdos en su estela.

 

Kirmen URIBE

La decisión del escritor

La labor más dura del escritor es tomar decisiones. Hay que decidir lo que se dice y lo que no, qué palabra llevar al texto y qué palabra excluir del mismo. La poesía es un juego con el silencio. Hay que utilizar las palabras justas, sólo las necesarias, palabras que surgen del lenguaje y se juntan entre ellas, como si se dijeran entre sí “Voi sapete chio v’amo”. Sabed que os amo.

Kirmen URIBE en Mientras tanto cógeme la mano

Otro año

[Hacemos un pequeño paréntesis en los posts sobre Kirmen Uribe para desearos un estupendo 2018 con un poema de Luis Pastor, el tercer autor que visitará el aula este curso. Lo dicho: feliz año a todos.]

 

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Como cada mes de enero
prendo fuego al descontento,
renuevo las energías
y las ganas de vivir,
hago planes de futuro,
desempolvo la tristeza,
los poemas, las canciones
que febrero cantará.
En marzo, las melodías
anidarán primaveras
y abril brotará en mis labios.
Grândola Vila Morena.
Mayo vestido de rosas
florecerá en el deseo,
capullo de mariposa
que en junio rompe a volar.
En julio seré cangrejo,
lagarto al sol de mi roca,
flor de cardo deseando
que agosto llegue a su fin.
Y otra vez vuelta a empezar,
septiembre de las promesas,
de las buenas intenciones
que cotubre no cumplirá.
Noviembre, ya es navidad
por las luces de los árboles,
Diciembre se quemará
con otro año que arde.

 

Luis PASTOR

De un tiempo de cerezas