Cuaderno del encierro

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Domingo, 15 de marzo. Esta mañana, al salir al parque, algunas impresiones:

El canto de los pájaros, vivísimo, omnipresente. Esto ha seguido luego en la calle Cadarso, la más arbolada de este lado del barrio.

El parque vuelve a ser de los cuervos y las palomas —y de las cotorras, claro—. No dejan de brincar sobre la tierra, picoteando el suelo y espantándose mutuamente con soltura. La perra, feliz, no ha tardado en seguirles el juego.

Un hombre discute a voces con la pareja de la policía nacional que patrulla el anillo superior del parque, en torno al Templo de Debod. Su perro no deja de ladrar y revolverse, pero lo lleva atado en corto, con firmeza, y se mantiene a una distancia prudencial de los agentes. No logro entender el motivo de su queja. Un segundo hombre que hace cinco minutos tomaba el sol en un banco enfila el camino de salida, pero, al ver el cariz de la escena —demasiados gritos, demasiados ladridos—, decide volver sobre sus pasos.

Como nadie lo pisa, el césped se ha vuelto más tupido y oscuro. Un verde como de felpa, impecable.

El guante azul de látex con que el quiosquero me ha devuelto el cambio. Ayer no lo llevaba puesto.

En dos o tres casos he saludado a perfectos desconocidos con un sonoro «Buenos días». Somos tan pocos que no darnos el saludo parece un desaire innecesario. Cortesías de pueblo que me devuelven el humor.

 

[Puedes seguir el “Cuaderno del encierro” de Jordi DOCE en la revista digital “El cuaderno”.]

Aplazamiento

Ante las medidas adoptadas por la Junta de Extremadura en relación con el coronavirus, y dada la situación generalizada de preocupación, la lectura del escritor Jordi Doce, prevista para los días 17 y 18 de marzo, con la que teníamos previsto cerrar el curso 2019/2020 del Aula de Literatura “José Antonio Gabriel y Galán”, se aplaza a los días 19 y 20 de mayo.
Así, la lectura abierta al público en general tendría lugar el martes 19 de mayo a las 20:00 horas en la Sala Verdugo, y el encuentro con los alumnos se celebraría al día siguiente, el miércoles 20 de mayo, alrededor de las 12:30, en el IES Valle del Jerte.

“No estábamos allí” en PlanVE

Uno tiene la sensación, al leer No estábamos allí, el libro de poemas con el que Jordi Doce ganó la primera edición del Premio Nacional de Poesía “Menéndez Valdés”, de Ribera del Fresno, de que el libro constantemente se le escapa, de que no es fácil aprehenderlo con palabras, acotar una temática, definir un estilo o una intención, pues siempre hay en él poemas que ponen lo dicho en entredicho, y porque a menudo genera impresiones que de entrada parecen sólidas, irrefutables, pero que, en una segunda lectura, se desvanecen, fantasmales, dejándole perplejo, sin saber, de nuevo, qué decir. Al anunciar la concesión de aquel premio, Álvaro Valverde, como portavoz del jurado, dijo que se trataba de “un libro innovador lleno de paradojas, incertidumbres, preguntas, de experimentación y riesgo, y por tanto de extrañezas y misterio bajo una luz nórdica”, unas palabras que acaso vengan, en buena medida, a confirmar esa extraña, fugitiva sensación que el libro deja en el lector.

Y, a pesar de todo, puede que mucho de lo que el libro es se contenga ya en la portada, en el mismo título, No estábamos allí, arranque del poema “Suceso”, un lema que se repite, aunque no de forma literal, en otros versos. En el título confluyen, de atrás hacia adelante, una idea vaga de lugar, la noción de estar, siempre inestable, un tiempo verbal provisional, un sujeto paradójico –pues, pese a estar en plural, al final es un solo yo el que habla como representante de un nosotros sin contornos–, y la no menos paradójica negación inicial, porque el no estar no impide, al final, decir, que acaba siendo una forma de afirmación y de presencia. Un título, pues, acertado, lleno de esas paradojas e incertidumbres que nombraba Álvaro Valverde, y que enuncia uno de los temas principales en torno a los que gira el libro, ya de por sí difícil de enunciar, el mundo sin nosotros, sin nuestra mirada, como algo que nos preexiste, que nuestra mirada transforma, pero que también permanece y late sin nosotros, de una manera que, si miramos con atención, nos acaba resultando extraña, incluso incómoda.

Esa idea de estar y no estar, de el mundo sin nosotros, además de en el título y en el ya mencionado “Suceso”, está presente en versos como “cuando el mundo se convirtió en el mundo”, del poema “Entonces”, en el fragmento “este mínimo delta de formas dispersas que nos permite, una vez más, recordar cómo es el mundo cuando no estábamos en él”, perteneciente a “5 movimientos”, o en el primer verso de uno de los “Monósticos”, “sabía ver el mundo como si no estuviera en él”, que es lo que parece ser maravillosamente capaz de hacer Jordi Doce, y lo que está presente de forma clara y constante en el libro es la sensación de extrañeza que el lugar nos produce, como cuando, en el poema “Aquí”, el poeta dice “no sabes dónde estás, / por qué ruta llegaste”, o cuando afirma, en “El monumento”, que “el teatro del cielo me confunde”, y es esa extrañeza que Jordi Doce logra mantener en pie a lo largo de todo el libro la que colma esos lugares de misterio, gracias, además, a la extraordinaria capacidad que tiene para esbozar ambientes por medio de unas pocas, certeras palabras, capacidad que me fascina y que puede que esté en el origen de muchos de sus poemas, como parece revelar en su nota final al libro, cuando afirma que suele “escribir de una vez cuando la ocasión se presenta: unas pocas palabras que llegan sin permiso y convocan una escena, una atmósfera, algo como un zarcillo de ritmo que exige cuidados para crecer”.

Para no saber qué decir, ya he dicho mucho, pero intuyo que es más, mucho más, lo que encierra y lo que se podría decir acerca de No estábamos allí, y de la obra de Jordi Doce, una obra esencialmente poética, desde una idea amplia de poesía que aglutina traducción, ensayo, diarios o aforismos, y de la que hablaremos, espero, largo y tendido, en compañía del poeta, el martes 17 de marzo, a las 20 horas, en la Sala Verdugo, en la sesión en la que despediremos el curso 2019/2020 del Aula de Literatura “José Antonio Gabriel y Galán” y a la que, por supuesto, están todos ustedes invitados.

 

[Juan Ramón Santos en la web de PlanVE.]

Otros inviernos

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Huraña luz de enero, aún recuerdo
tu resplandor sin nadie,
el frío del azul en la garganta,
el aliento helador con que el silencio
salía a recibirnos,
la equívoca extensión del alba
camino de la escuela y el desmonte,
entre zanjas y charcos al azar
que contenían otro cielo
hecho de fugas, ráfagas, reflejos,
como un río se esconde bajo tierra
y la cruza o devora,
aguas de claridad tumultuosa,
secretas desazones que atraviesan los años
y bañan, emergidas, otro enero, otro invierno,
mientras vago sin rumbo
por las calles de Sheffield, y descubro,
o creo descubrir,
bajo la tela cárdena del día,
la misma luz, la misma sombra huraña,
como una geometría
de aristas y vacíos que ordenara
el ladrillo locuaz de las fachadas,
el hormigón cubierto de verdín de los muros,
el asfalto de los aparcamientos
donde pasea el niño que fui, que soy aún,
rumbo a no sé qué escuela
de la que nadie nunca me avisara.

Jordi DOCE, Lección de permanencia

Sobre la amistad

portada-perrosCon los amigos cercanos tendemos a actuar con torpeza o a ser injustos precisamente porque los llevamos en nuestro interior, son parte de nuestra intimidad y nuestro equilibro emocional, charlamos con ellos en silencio como un elemento más de esa conversación ininterrumpida que es el flujo de la conciencia, el relato que nos hacemos de la vida en el momento de vivirla. Están a todas horas con nosotros, de tal manera que la persona física, el amigo con nombre y apellidos que desplaza su sombra por calles y paredes, queda relegado en ocasiones a un lado de la escena: tardamos en llamarle o no le llamamos; le dejamos historias por contar o le contamos con perfecta inocencia historias que podrían dolerle porque en ellas no tiene sitio o sólo uno sin importancia. No acaba de entender que para nosotros él está contenido en la historia, es decir, que es su interlocutor primero, y que el hecho de contarla de viva voz no es sino la repetición, puertas afuera, de un relato que ya tuvo lugar en nuestro interior.

Los celos, en este sentido, no pasan de ser un síntoma –el más extremo y hasta el más puro– de incertidumbre sobre el lugar que ocupamos en el pensamiento de los demás. No sabemos qué hacen o dejan de hacer nuestros avatares detrás de bambalinas, al otro lado del telón opaco de una mente, o sólo podemos saberlo por vía indirecta, y más de una vez esa oblicuidad nos engaña o nos perturba con datos falsos, incompletos, sospechas que no terminan de confirmarse, puertas entornadas que apenas nos atrevemos a abrir por completo. ¿De verdad queremos saberlo? Por alguna razón, persistimos en la incertidumbre o tomamos los rodeos más extravagantes para retrasar la verdad, como si los celos fueron un signo certero, la prueba definitiva de la amistad. (A veces, desde luego, tienen la virtud de dar sabor a una relación, igual que una especia algo picante, pero no sé si el riesgo vale la pena.)

La amistad se alimenta de la intensidad con que hayamos asimilado la voy y la presencia del amigo. Pero una excesiva absorción en la imagen que hemos creado en nuestro interior puede ponerla en peligro. Una y otra vez hay que buscar un acuerdo entre las dos versiones, dentro y fuera, la memoria y el presente. Vivir en la tensión entre esas dos figuras que se entrecruzan sin solaparse por entero.

 

Jordi DOCE en Perros en la playa

Norte y sur

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Pelayo Ortega
Tarde de otoño en la playa de San Lorenzo,1989
Carboncillo y pastel / papel, 50 x 65 cm.

 

Hay algo en esta luz, en el sesgo tenue y matizado de la luz del norte, más determinante de lo que solía pensar. A sus pies el mundo está como sumido en sus formas, guarda una grisura discreta, no llama la atención sobre sí mismo: hay que mirar largo tiempo para hacerse con él, volver una y otra vez sobre el paisaje para deslindar y encender sus formas; hay que darle, en fin, mucho de uno para que cobre vida, proyectando nuestra imaginación y nuestro deseo en un esfuerzo por disipar la oscuridad, conjurar el silencio de esa noche unánime y primordial que amenaza con invadirlo cada poco. No es como la luz violenta del sur, que estalla en múltiples y nerviosos paroxismos, que salpica los ojos y los sentidos con una insolencia juvenil que hace a un lado cualquier resistencia: los colores y las formas se nos ofrecen con impudor, compiten por nuestra atención con una ferocidad que puede ofuscar al pensamiento: todo está ahí, al alcance de la mano, basta con tomarlo y blandirlo en el aire, cantar sus alabanzas, henchirse de mediodía. La luz del norte exige otra sintaxis, otro movimiento del pensar. No importa el turno de las estaciones: por debajo de cambios aparentes, aquí las cosas se remansan en su aparente atonía, en sus grises y verdes y ocres que atenúan las fronteras, las diferencias, y la mente las persigue con tiento insistente, con la prudencia ávida del que no desea espantarlas pero siente el imperativo de la búsqueda y la posesión: quiere hacerse un hueco entre ellas, indagar en su distancia y su misterio. El pensamiento también se remansa, discurre en una espiral que extrae cada vez nuevas conclusiones, o la misma infinitamente matizada, afinada. Y se habla con otra voz, menos brillante y decorada, llena de graves sutiles que avanzan por debajo de la melodía principal hasta alcanzar su destino. Todo lo obtenemos con esfuerzo, en una tensión activa que nos obliga a ponernos de parte del mundo, proyectando en él nuestros deseos y fantasmagorías, nuestros giros mentales y nombres privados. Para los ojos del norte, en fin, la plenitud no es un instante sino un proceso, no es la hora rigurosa y solar del mediodía sino el lento entreverarse de la conciencia y el mundo, la hora declinante del atardecer, cuando más importa arrebatar a la noche el secreto de las formas, el misterio de lo visible.

 

Fragmentos de una poética en curso, Jordi DOCE

(Extraído del blog del autor.)

Suceso

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No estábamos allí cuando ocurrió.

Íbamos de camino a otra ciudad,

otra vida,

bajo un cielo cambiante que se movía con nosotros.

Cruzamos campos verdes, amarillos,

pueblos de gente suspicaz y cuervos impasibles,

y ni una vez echamos en falta nuestra casa

o sentimos nostalgia del pasado.

Así era el viaje:

por la noche silencio,

a la mañana niebla.

Una vez encontré un botón de hojalata en el bolsillo

y jugué a sostenerlo bajo el sol,

arrojando destellos a las altas espigas.

Luego fue una moneda usada

y tuvimos el paso franco en todos los controles.

Las llanuras de Europa son testigo.

Ellas saben también que algo ocurrió,

aunque nunca lo viéramos.

Íbamos de camino a otro país,

otra vida,

sin bultos estridentes,

sin espacio para el recuerdo.

Todo cedía a nuestra espalda,

ahora silencio y luego niebla.

 

Jordi DOCE, No estábamos allí