Presentación de Jordi Doce

«Amanece con nieve: nieve reciente, muy fina, como pelusa o polvos de talco. Ya ayer, al regresar de buena tarde a casa, el azul cobalto de un cielo sin estrellas competía con el aura anaranjada de las farolas precaria y prematuramente encendidas. Era un indicio de nieve, o la nieve misma, suspendida sin cuerpo en el aire, lluvia invisible que sólo la luz revela. Ahora descorro las cortinas y la blancura me duele en los ojos. Despierto con este resplandor acerado de un sol lejano, nítido como una hoja de afeitar, y luego, en silencio, con miedo a despertarla, desciendo a la cocina». Así comienza «Preámbulos del poema», de Diálogo en la sombra, uno de los primeros libros de Jordi Doce, un texto que, por su título, parece tener un cierto aire inaugural. Al leerlo en la antología publicada por la Fundación Juan March con motivo de la participación del poeta en el ciclo «Poética y poesía» se me vino de repente a la cabeza eso tan dicho y repetido de que los esquimales tienen una asombrosa cantidad de palabras para nombrar la nieve. No se me escapaba que, según dicen, al recopilar todos esos términos mezclaron de manera indistinta los de diversas variedades dialectales, ni que, como también dicen, en las lenguas esquimales quizá se pueda, como sucede en alemán, construir nuevas palabras con la simple agregación de otras existentes. En cualquier caso, pensé que, al margen del número real de términos de que puedan disponer, lo que de verdad nos asombra es esa sensibilidad extrema que hace a los esquimales distinguir multitud de matices donde nosotros, occidentales urbanitas alejados del frío y la naturaleza, apenas seríamos de capaces de señalar lo obvio. Siguiendo por esos derroteros, porque el discurrir es caprichoso, se me ocurrió que el poeta, al final, es alguien con sensibilidad de esquimal, pero no sólo para el blanco o la nieve, sino para lo visible y lo invisible que nos rodea, alguien capaz de distinguir tonalidades donde el común de los mortales no ve más que colores planos y que como el esquimal –porque al final todos tenemos la necesidad de nombrar, de decir, de contar–, no se conforma con distinguirlo y se empeña en ponerlo en palabras, pero no con palabras nuevas, inventadas, sino con las que ya existen, que a menudo tiene antes que reciclar, sacudiéndoles el polvo o liberándolas de excrecencias inútiles, para devolvérnoslas limpias y regalarnos con ellas parcelas del mundo que a menudo pasan inadvertidas.

          Todo esto a propósito, claro está, de esa «nieve reciente, muy fina, como pelusa o polvos de talco», de ese «indicio de nieve (…) suspendida sin cuerpo en el aire, lluvia invisible que sólo la luz revela» de los «Preámbulos del poema» de Jordi Doce, un ejemplo más, como otros muchos, de uno de los aspectos que más me fascinan de su escritura, su extraordinaria capacidad para recrear ambientes, para captar matices de frío o de luz, para retratar el instante, a menudo de una forma aparentemente simple, otras con comparaciones inauditas pero de una enorme fuerza evocativa, como la de un poema que luego no he sido capaz de localizar de nuevo en el que comparaba un cielo con el vientre de una res y que te ponía de repente delante de los ojos ciertos cielos cubiertos de nubes bajas, esponjosas, que casi dan ganas de acariciar, y que ya no podré volver a mirar sin que se me venga a la mente, poderosa, la imagen de una vaca camino del matadero.

Dicho esto, podría parecer, me temo, que Jordi Doce es una suerte de poeta figurativo, alguien que recorriera el mundo con sus aparejos, al modo de los pintores viajeros, dispuesto a retratar paisajes o interiores con palabras. Sin embargo, aunque tiene esa facilidad asombrosa –insisto– para recrear lugares, escenarios, de una forma tremendamente vívida, no es eso, me temo, lo más destacado de su poesía, y, en su caso, decir poesía me parece cerrar mucho el foco, pues su quehacer abarca también el diario, el dietario, el aforismo o la traducción y todo responde a un mismo impulso creativo, a un mismo modo de concebir la escritura. En la obra de Jordi Doce, la descripción del mar desde un cerro, del paseo cubierto de hojas de un parque, de una calle mojada tras la lluvia o de un escritorio abandonado después de trabajar, cuando la luz declina, no es más que el punto de partida para piezas –por no decir sólo poemas– que son, fundamentalmente, meditativas, pero no en el sentido, como afirma en uno de los textos de su libro Perros en la playa, de una «pieza de repertorio, una versificación más o menos diestra de lugares comunes (la nostalgia elegíaca por un pasado perdido, el asombro extático ante la plenitud del presente, la tópica incertidumbre sobre el rumbo a seguir, etcétera), sino [de] desarrollo argumental de una hipótesis de pensamiento, [de] la creación de una cadena de causalidades que opere en los planos tanto lógico como metafórico sin dejar de leerse con los oídos, de entrar por ellos lo mismo que una melodía». Como sus notas revelan a menudo, escribir, para él, es una forma de pensar, lo que supone no sólo ordenar las ideas, sino descubrirlas tratando de seguir la lógica, a veces inesperada, que establecen las palabras, dejando, como dice en otro lugar «que (…) se agreguen unas a otras, que crezcan y se reproduzcan bajo la mirada interesada (…) algo atónita y febril de su autor», dejándose llevar por lo que él denomina «zarcillos del ritmo», y es que, si las palabras son la materia prima del poeta –sus personajes, llega a decir en alguna ocasión–, el ritmo es, citándolo de nuevo literalmente, «una expectativa, un nudo preñado de latencias que quiere ser escuchado, que necesita del poeta para encontrar su forma final o más satisfactoria», un concepto de ritmo que me recuerda al de pulsión que empleaba el poeta placentino Serafín Portillo en su ensayo De camino al silencio, pues ambos tienen la misma función generatriz, el mismo origen musical, y transmiten la misma idea de algo indefinido que desde dentro se abre paso pugnando por fraguar en una forma que al final es poesía, pero antes pensamiento, en el sentido de descubrimiento, de ahí que Jordi Doce afirme, puede que en más de una ocasión, que «nunca sé del todo lo que quería decir hasta lo que he dicho».

Al medio, entre la naturaleza, la ciudad o el cuarto de trabajo y el poema, el aforismo o el apunte de diario como fruto de un dejar hablar a las palabras, juega un papel fundamental el paseo, una experiencia recurrente en la vida y la obra de Jordi Doce a la que dedicó incluso un poema en su libro Lección de permanencia, un paseo en ocasiones de la mano de su hija y a menudo por el parque, esa especie de término medio, de lugar de encuentro o media aritmética entre el campo y la ciudad que permite, quizá, un caminar más distraído, en que los pasos invitan al devaneo, al juego de ensayos y tanteos que precede a la escritura y que le lleva a decir, en una de las notas brevísimas que pueblan Perros en la playa, que «el ritmo natural del pensamiento es el paseo».

Y por último, como actitud o como punto de vista desde el que arrojar, a veces en esos paseos, la mirada –paso previo a la palabra, el pensamiento y el poema–, el autor hace uso de la extrañeza, que en el poema «Distrito federal», de su último libro de poemas No estábamos allí, describe como «(…) una forma de atención, / una distancia desnudada», una extrañeza que nos permite, jugando esta vez con el primer verso de uno de los «Monósticos» que incluye en ese mismo libro, ver el mundo como si no estuviéramos en él; que nos permite captar la esencia de un espacio y un instante; distanciarnos de las ideas comunes, o de nuestro propio pensamiento, y, como dice en algún lugar el autor, «estudiarlo, matizarlo o incluso refutarlo»; y descubrir que el río no es siempre el mismo río, ni el blanco el mismo blanco, ni la nieve la misma nieve, que a ratos nos convierte en esquimales, a veces casi en extraterrestres, regalándonos fugazmente, como en los poemas y prosas de Jordi Doce, la oportunidad de ver otros mundos en el mundo.

Juan Ramón Santos

Jordi Doce

El martes 20 de abril, por fin, Jordi Doce visita el Aula de Literatura “José Antonio Gabriel y Galán”. Ese día, a las 20 horas, tendrá lugar la habitual lectura-conferencia en la Sala Verdugo (el aforo actual, cumpliendo las medidas de prevención de la COVID-19, es de 50 localidades), y al día siguiente, alrededor de las 12:30 horas, protagonizará un encuentro con alumnos de Bachillerato. El encuentro será presencial para los alumnos del IES Valle del Jerte y virtual para el resto de centros gracias a la colaboración del Centro de Profesores y Recursos de Plasencia.

Os esperamos a todos en una u otra convocatoria.

Jordi Doce: aplazamiento

A la vista del calendario de “desescalada”, aplazamos definitivamente la visita del poeta Jordi Doce al otoño, cuando podamos distrutarlo sin limitaciones ni reparos en la Sala Verdugo, cuando los chicos de los institutos puedan disfrutar de sus palabras.

Esperamos, en breve, poderos dar las fechas definitivas de la visita de Jordi Doce al Aula de Literatura “José Antonio Gabriel y Galán” de Plasencia.

Mientras tanto, os dejamos con una nueva entrada de sus “Notas para una cuarentena”, que podéis disfrutar íntegramente en El Cuaderno – Cuaderno de Cultura Digital.

 

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Sábado, 25 de abril. Hoy es día de aniversario. Y lo he celebrado, una vez más, haciendo sonar Grândola vila morena en la versión de José Afonso, que es la que se escuchaba en casa. Con su percusión de pasos terrestres y su urgencia coral. O povo é quem mais ordena… Como si la tierra misma de la hermandad fuera desplegándose con solo enunciarla.

Vuelve el aire mortecino de los fines de semana. El aire desnutrido de las calles sin nadie, de las ventanas inmóviles. Pero fuera el sol bulle y empuja tempranamente y las hormigas se afanan, veloces, sobre los márgenes de tierra de los caminos. Diez de la mañana. El mundo gira y nosotros con él, sin excepción, aunque a veces nos hagamos los distraídos.

Volviendo del quiosco, mientras bordeo con Layla las inmediaciones del Templo de Debod, oigo un jaleo de voces y risas juveniles. Son voces chillonas, impropias del momento, pero sobre todo son varias, tres o cuatro; algo que una vez fue normal y ahora, seis semanas más tarde, me sobresalta. Me cuesta localizar a sus dueños: dos parejas de muchachos, escondidos entre un grupo de grandes arbustos y el ramal izquierdo de la escalera que lleva al Templo. No es fácil verlos. Saben cuál es el lugar idóneo para pasar desapercibidos y por dónde puede venir el peligro. Otra cosa son sus voces, pero a estas edades eso es más difícil de controlar. Uno de ellos, un joven barbado con aires de cantante indie, se asoma a la escalera para hacer de vigía: desde ahí controla la llegada de los coches desde Pintor Rosales y puede avisar si pasa una patrulla. Se ve que conocen el terreno. Una de las chicas, la que más habla, es rubia y gesticula con entusiasmo. Otro mastica un bocadillo y mira sin prisa a su alrededor. No me han visto, parece, y eso que llevo un rato observándolos. Me hace gracia este picnic furtivo, aunque sospecho que acabará mal. No son tiempos para desayunos al aire libre, y además la policía aprovecha los fines de semana para redoblar su vigilancia. Raro sería que algún vecino no diera parte. Pero, comparada con la tensión hastiada que llevo percibiendo toda la semana, la visión de estos chicos tomando el sol sobre la hierba me ha parecido benéfica. Será imprudente, no lo niego, pero alivia saber que la chavalería cumple con su papel. A estas alturas, la excepción hace algo más que confirmar la regla: la vuelve soportable.

Me hago cargo de que estas páginas son puro escapismo. Pero un escapismo hacia dentro, por los espacios de una intimidad elocuente y —ojalá— compartida. Dan una visión sesgada que habría que completar con otras muchas, empezando por la de quienes están fuera, batiéndose el cobre, trabajando en condiciones precarias o con los medios justos. Pienso en el poeta Basilio Sánchez, por ejemplo, que es también jefe de la UCI de los hospitales de Cáceres. Acabo de leer en una entrevista que entre sus obligaciones no estrictamente clínicas está la de informar a las familias sobre el estado de los pacientes. En su caso, la palabra que sabe y la que acompaña —la que alumbra— van de la mano. Sería mucho pedir que, además, llevara un cuaderno de notas, pero yo quisiera leer esas páginas conjeturales, conocer de primera mano sus impresiones, estar ahí, en la inmediatez del día a día, como la «mosca en la pared» de los documentales. Escribe hoy Alberto Manguel que «de aquí a un mes o un año, descubriremos en el fango, entre los cadáveres de restaurantes, teatros y librerías, miles y miles de Diarios del Año de la Peste en busca de lectores imaginarios, impacientes por entender qué ha sucedido». Touché. Con el agravante de que esos diarios, tal vez, no sean los necesarios para (empezar a) comprender. Somos tan solo espectadores tras la barrera y nuestras crónicas, parciales o incompletas, huelen a penumbra de almacén. Nuestra fecha de caducidad está cerca.

Cuaderno del encierro (II)

Miércoles, 18 de marzo. Supongo que nuestra generación recordará estas semanas perplejas como los neoyorquinos recordaron durante años el gran apagón de julio de 1977. Solo que esos dos días de violencia y de desórdenes públicos se han convertido, en nuestro caso, en una travesía mucho más segura —al menos en apariencia, o de momento—, pero también más larga y letárgica, como si nos dejáramos llevar por la corriente y el mar estuviera lejos. ¿El mar? Tendremos suerte si al final del trayecto no caemos en una montaña rusa de rápidos y saltos de agua.

El primer día estábamos avisados, pero por alguna razón se nos pasó y no tuvimos tiempo de sumarnos a los aplausos. A decir verdad, tampoco los oímos; pensé con cierta tristeza que este vecindario era un nido de insolidarios (o, como nosotros, de despistados irremediables). La segunda tarde salimos al balcón de la fachada y aplaudimos con ganas, pero el parque vacío nos respondió con indiferencia. Así que desde el lunes hemos optado por asomarnos a la trasera del edificio, donde están nuestros dormitorios, y desde allí sumarnos a la celebración. No puedo llamarlo patio interior: es más bien el hueco de una gran manzana que contiene garajes, almacenes y hasta una vieja corrala, así que los aplausos resuenan con fuerza y se mezclan con gritos, silbidos y algún «viva» o «bravo» proferido con entusiasmo. En algún momento me ha parecido oír incluso unas palmas flamencas, que pueden ser más contagiosas que cualquier virus. Es un decir. Todo es muy emocionante, hasta para los que tenemos poco espíritu gregario. La iniciativa empezó como un homenaje a los trabajadores de la sanidad pública, pero a estas alturas parece claro que el aplauso es una manera de sentirnos acompañados en el desastre. Nos aplaudimos a nosotros mismos y damos fe de nuestro vivir colectivo —de nuestra convivencia— en este patio inmenso. Algo así dice mi amigo Raúl en el mensaje de correo que acabo de leer: «Contemplo los edificios que rodean el parque con casi todas las luces encendidas y las persianas y las cortinas abiertas; como en Ámsterdam, los vecinos quieren mostrar a sus vecinos que existen, que están ahí, acompañándose». La imagen me conmueve porque eso mismo hago yo estos días: trabajar hasta tarde con el estor enrollado y las luces encendidas. Puro instinto, quizá. Como si los ojos de las ventanas pudieran arroparnos y darnos un poco de luz. Qué menos.

Hablaba por teléfono con un amigo, y le comentaba el alivio que suponía poder sacar a la perra todos los días, aunque fuera un rato. No tardó en interrumpirme: «Bueno, y eso que dicen que no se pueden dar paseos, hay que salir solo para que el animal haga sus necesidades, y punto». Mi amigo es un hombre cordial y bondadoso y estoy seguro de que habló con la mejor intención, pero sentí claramente una nota de censura en sus palabras, en su tono de voz. Así también, con ojos de reproche, me miraba esta mañana un jardinero del parque. Mi única respuesta fue acelerar visiblemente el paso, para dejar claro que mi presencia era en realidad una obligación, algo impuesto por las circunstancias. La perra iba a lo suyo, como debe. Me aferré a su mueca confiada, casi alegre, y así me fui sintiendo menos culpable. Tampoco hay que exagerar, me digo. Pero preveo que estos raptos involuntarios de puritanismo se irán haciendo cada vez más frecuentes y que la mala conciencia será nuestra forma de hacernos perdonar cada escapada.

[Puedes seguir leyendo las siguientes entregas de este cuaderno de la cuarentena de Jordi Doce en la revista digital El Cuaderno.]

Cuaderno del encierro

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Domingo, 15 de marzo. Esta mañana, al salir al parque, algunas impresiones:

El canto de los pájaros, vivísimo, omnipresente. Esto ha seguido luego en la calle Cadarso, la más arbolada de este lado del barrio.

El parque vuelve a ser de los cuervos y las palomas —y de las cotorras, claro—. No dejan de brincar sobre la tierra, picoteando el suelo y espantándose mutuamente con soltura. La perra, feliz, no ha tardado en seguirles el juego.

Un hombre discute a voces con la pareja de la policía nacional que patrulla el anillo superior del parque, en torno al Templo de Debod. Su perro no deja de ladrar y revolverse, pero lo lleva atado en corto, con firmeza, y se mantiene a una distancia prudencial de los agentes. No logro entender el motivo de su queja. Un segundo hombre que hace cinco minutos tomaba el sol en un banco enfila el camino de salida, pero, al ver el cariz de la escena —demasiados gritos, demasiados ladridos—, decide volver sobre sus pasos.

Como nadie lo pisa, el césped se ha vuelto más tupido y oscuro. Un verde como de felpa, impecable.

El guante azul de látex con que el quiosquero me ha devuelto el cambio. Ayer no lo llevaba puesto.

En dos o tres casos he saludado a perfectos desconocidos con un sonoro «Buenos días». Somos tan pocos que no darnos el saludo parece un desaire innecesario. Cortesías de pueblo que me devuelven el humor.

 

[Puedes seguir el “Cuaderno del encierro” de Jordi DOCE en la revista digital “El cuaderno”.]

Aplazamiento

Ante las medidas adoptadas por la Junta de Extremadura en relación con el coronavirus, y dada la situación generalizada de preocupación, la lectura del escritor Jordi Doce, prevista para los días 17 y 18 de marzo, con la que teníamos previsto cerrar el curso 2019/2020 del Aula de Literatura “José Antonio Gabriel y Galán”, se aplaza a los días 19 y 20 de mayo.
Así, la lectura abierta al público en general tendría lugar el martes 19 de mayo a las 20:00 horas en la Sala Verdugo, y el encuentro con los alumnos se celebraría al día siguiente, el miércoles 20 de mayo, alrededor de las 12:30, en el IES Valle del Jerte.

“No estábamos allí” en PlanVE

Uno tiene la sensación, al leer No estábamos allí, el libro de poemas con el que Jordi Doce ganó la primera edición del Premio Nacional de Poesía “Menéndez Valdés”, de Ribera del Fresno, de que el libro constantemente se le escapa, de que no es fácil aprehenderlo con palabras, acotar una temática, definir un estilo o una intención, pues siempre hay en él poemas que ponen lo dicho en entredicho, y porque a menudo genera impresiones que de entrada parecen sólidas, irrefutables, pero que, en una segunda lectura, se desvanecen, fantasmales, dejándole perplejo, sin saber, de nuevo, qué decir. Al anunciar la concesión de aquel premio, Álvaro Valverde, como portavoz del jurado, dijo que se trataba de “un libro innovador lleno de paradojas, incertidumbres, preguntas, de experimentación y riesgo, y por tanto de extrañezas y misterio bajo una luz nórdica”, unas palabras que acaso vengan, en buena medida, a confirmar esa extraña, fugitiva sensación que el libro deja en el lector.

Y, a pesar de todo, puede que mucho de lo que el libro es se contenga ya en la portada, en el mismo título, No estábamos allí, arranque del poema “Suceso”, un lema que se repite, aunque no de forma literal, en otros versos. En el título confluyen, de atrás hacia adelante, una idea vaga de lugar, la noción de estar, siempre inestable, un tiempo verbal provisional, un sujeto paradójico –pues, pese a estar en plural, al final es un solo yo el que habla como representante de un nosotros sin contornos–, y la no menos paradójica negación inicial, porque el no estar no impide, al final, decir, que acaba siendo una forma de afirmación y de presencia. Un título, pues, acertado, lleno de esas paradojas e incertidumbres que nombraba Álvaro Valverde, y que enuncia uno de los temas principales en torno a los que gira el libro, ya de por sí difícil de enunciar, el mundo sin nosotros, sin nuestra mirada, como algo que nos preexiste, que nuestra mirada transforma, pero que también permanece y late sin nosotros, de una manera que, si miramos con atención, nos acaba resultando extraña, incluso incómoda.

Esa idea de estar y no estar, de el mundo sin nosotros, además de en el título y en el ya mencionado “Suceso”, está presente en versos como “cuando el mundo se convirtió en el mundo”, del poema “Entonces”, en el fragmento “este mínimo delta de formas dispersas que nos permite, una vez más, recordar cómo es el mundo cuando no estábamos en él”, perteneciente a “5 movimientos”, o en el primer verso de uno de los “Monósticos”, “sabía ver el mundo como si no estuviera en él”, que es lo que parece ser maravillosamente capaz de hacer Jordi Doce, y lo que está presente de forma clara y constante en el libro es la sensación de extrañeza que el lugar nos produce, como cuando, en el poema “Aquí”, el poeta dice “no sabes dónde estás, / por qué ruta llegaste”, o cuando afirma, en “El monumento”, que “el teatro del cielo me confunde”, y es esa extrañeza que Jordi Doce logra mantener en pie a lo largo de todo el libro la que colma esos lugares de misterio, gracias, además, a la extraordinaria capacidad que tiene para esbozar ambientes por medio de unas pocas, certeras palabras, capacidad que me fascina y que puede que esté en el origen de muchos de sus poemas, como parece revelar en su nota final al libro, cuando afirma que suele “escribir de una vez cuando la ocasión se presenta: unas pocas palabras que llegan sin permiso y convocan una escena, una atmósfera, algo como un zarcillo de ritmo que exige cuidados para crecer”.

Para no saber qué decir, ya he dicho mucho, pero intuyo que es más, mucho más, lo que encierra y lo que se podría decir acerca de No estábamos allí, y de la obra de Jordi Doce, una obra esencialmente poética, desde una idea amplia de poesía que aglutina traducción, ensayo, diarios o aforismos, y de la que hablaremos, espero, largo y tendido, en compañía del poeta, el martes 17 de marzo, a las 20 horas, en la Sala Verdugo, en la sesión en la que despediremos el curso 2019/2020 del Aula de Literatura “José Antonio Gabriel y Galán” y a la que, por supuesto, están todos ustedes invitados.

 

[Juan Ramón Santos en la web de PlanVE.]

Otros inviernos

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Huraña luz de enero, aún recuerdo
tu resplandor sin nadie,
el frío del azul en la garganta,
el aliento helador con que el silencio
salía a recibirnos,
la equívoca extensión del alba
camino de la escuela y el desmonte,
entre zanjas y charcos al azar
que contenían otro cielo
hecho de fugas, ráfagas, reflejos,
como un río se esconde bajo tierra
y la cruza o devora,
aguas de claridad tumultuosa,
secretas desazones que atraviesan los años
y bañan, emergidas, otro enero, otro invierno,
mientras vago sin rumbo
por las calles de Sheffield, y descubro,
o creo descubrir,
bajo la tela cárdena del día,
la misma luz, la misma sombra huraña,
como una geometría
de aristas y vacíos que ordenara
el ladrillo locuaz de las fachadas,
el hormigón cubierto de verdín de los muros,
el asfalto de los aparcamientos
donde pasea el niño que fui, que soy aún,
rumbo a no sé qué escuela
de la que nadie nunca me avisara.

Jordi DOCE, Lección de permanencia

Sobre la amistad

portada-perrosCon los amigos cercanos tendemos a actuar con torpeza o a ser injustos precisamente porque los llevamos en nuestro interior, son parte de nuestra intimidad y nuestro equilibro emocional, charlamos con ellos en silencio como un elemento más de esa conversación ininterrumpida que es el flujo de la conciencia, el relato que nos hacemos de la vida en el momento de vivirla. Están a todas horas con nosotros, de tal manera que la persona física, el amigo con nombre y apellidos que desplaza su sombra por calles y paredes, queda relegado en ocasiones a un lado de la escena: tardamos en llamarle o no le llamamos; le dejamos historias por contar o le contamos con perfecta inocencia historias que podrían dolerle porque en ellas no tiene sitio o sólo uno sin importancia. No acaba de entender que para nosotros él está contenido en la historia, es decir, que es su interlocutor primero, y que el hecho de contarla de viva voz no es sino la repetición, puertas afuera, de un relato que ya tuvo lugar en nuestro interior.

Los celos, en este sentido, no pasan de ser un síntoma –el más extremo y hasta el más puro– de incertidumbre sobre el lugar que ocupamos en el pensamiento de los demás. No sabemos qué hacen o dejan de hacer nuestros avatares detrás de bambalinas, al otro lado del telón opaco de una mente, o sólo podemos saberlo por vía indirecta, y más de una vez esa oblicuidad nos engaña o nos perturba con datos falsos, incompletos, sospechas que no terminan de confirmarse, puertas entornadas que apenas nos atrevemos a abrir por completo. ¿De verdad queremos saberlo? Por alguna razón, persistimos en la incertidumbre o tomamos los rodeos más extravagantes para retrasar la verdad, como si los celos fueron un signo certero, la prueba definitiva de la amistad. (A veces, desde luego, tienen la virtud de dar sabor a una relación, igual que una especia algo picante, pero no sé si el riesgo vale la pena.)

La amistad se alimenta de la intensidad con que hayamos asimilado la voy y la presencia del amigo. Pero una excesiva absorción en la imagen que hemos creado en nuestro interior puede ponerla en peligro. Una y otra vez hay que buscar un acuerdo entre las dos versiones, dentro y fuera, la memoria y el presente. Vivir en la tensión entre esas dos figuras que se entrecruzan sin solaparse por entero.

 

Jordi DOCE en Perros en la playa