Sergio del Molino

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Sergio del Molino (Madrid, 1979) es escritor y periodista. Premio Ojo Crítico y Tigre Juan, entre otros, por La hora violeta, es autor también de las novelas Lo que a nadie le importa (2014) y No habrá más enemigo (2012). Su ensayo La España vacía (2016), ganó el premio de los Libreros de Madrid al Mejor Ensayo, Premio Cálamo al Libro del Año y uno de los diez mejores libros de 2016 en España según Babelia. Su última novela es La mirada de los peces (2017). Mantiene varias colaboraciones en diversos medios de comunicación, como El País, Onda Cero, Mercurio o Eñe.

 

Sala Verdugo, martes 15 de enero, 20:00 horas

IES Gabriel y Galán, miércoles 16 de enero, 12:30 horas

 

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Veinticinco años después

El sábado 10 de noviembre, a las 20:00 horas, en la Sala Verdugo, homenaje a José Antonio Gabriel y Galán, el escritor placentino que dio nombre a nuestra Aula de Literatura. Con intervenciones de Fernando Pizarro García-Polo, Alcalde de Plasencia, Francisco Gabriel y Galán, hermano de José Antonio, y los escritores Luis Bagué Quílez y Álex Chico. Estáis todos invitados.

Cartel GyG

 

Programación 2018/2019

Os dejamos el resto de la programación del curso 2018/2019 del Aula de Literatura “José Antonio Gabriel y Galán”, de Plasencia:
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Martes 15 de enero – Sergio del Molino
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Miércoles 20 de febrero – Paula Bonet
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Martes 26 de marzo – Irene Sánchez Carrón
Todas las lecturas tendrán lugar en la Sala Verdugo a las 20.00 horas.

Ben Clark. Presentación

Ben Clark, el escritor con el que inauguramos esta noche el nuevo curso del Aula de Literatura «José Antonio Gabriel y Galán», pertenece a una generación que no conoció a Franco, ni la Transición, ni el 23F, ni a Naranjito, que nació cuando nuestro país estaba a punto de convertirse en europeo y de lanzarse optimista hacia la gloria de las olimpiadas y la Expo’92, y que comenzó a tomar, quizá, conciencia de la realidad en los años del «España va bien», el preludio de la era en la que José María Aznar estuvo a punto de convertirnos en toda una potencia planetaria. La quinta de Ben Clark llegó a este mundo cuando, al parecer, habíamos alcanzado el final de los tiempos, cuando todos nuestros problemas estaban solucionados, y eso hacía que –según algunos– nadasen en la abundancia, que viviesen sin preocupaciones, sin carencias, sin sufrimiento, unas circunstancias más que discutibles y, en cualquier caso, no elegidas por ellos, pero que, a pesar de todo, les echaban en cara una y otra vez en tono de reproche.

Esto explica en buena medida el título y el tono del primer libro de poemas del autor, Los hijos de los hijos de la ira –ganador del premio Hiperión, el primero de una larga lista de galardones prestigiosos-, en el que, haciéndose portavoz de su generación, afirma, refiriéndose sin duda a esos reproches, a esas rencorosas ganas de amargarles la existencia, que «debíamos vivir y dar las gracias» o que «para poder vivir, nos exigieron / abandonar las ganas de estar vivos», un tema que se repite en unos versos plagados de nosotros que a ratos me recuerdan, por el tono, a medio camino entre la ironía y la protesta, al de nuestros víctor, Víctor Peña y Víctor Martín Iglesias, compañeros de generación de Ben Clark e integrantes de lo que Álvaro Valverde dio en llamar hace unos años la plaga lírica placentina.

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Esta voz que podríamos llamar generacional se mantiene en varios de sus libros posteriores. Así, podemos escucharla en el «Omenage a la geografía» de Memoría, en los poemas «24 Hour Party People» o «Piso de estudiantes» del libro Mantener la cadena de frío –escrito a medias con Andrés Catalán–, o en «El embajador» de La Fiera, y alcanza incluso su penúltima entrega, Los últimos perros de Shackleton, que incluye dos poemas, «Desde la isla sin trenes» e «Isla elefante», que, partiendo de la realidad biográfica, singular, del poeta –ambos comienzan con los mismos dos versos, «Nací al nivel del mar y fui educado / en una escuela pública», que ya son toda una declaración de principios–, enseguida se decantan por lo plural, lo colectivo, y aunque el primero de ellos pueda parecer más limitado y anecdótico, circunscrito a la realidad de los nacidos en Ibiza, una isla sin trenes, en el segundo, más rotundo en este aspecto, afirma, refiriéndose a su educación, a su infancia, que «allí se procuraba que entendiéramos / que cualquier dirección para nosotros / sería cuesta arriba», y concluye que su historia, la de su generación, es «el testimonio oscuro de jóvenes que nunca / llegaron a albergar una esperanza».

Al llegar a este punto, mientras preparaba esta presentación, me quedé de repente bloqueado, pues me entró la duda de si al presentar a Ben Clark como la voz de una generación, la que quedaba más o menos al medio de la de los llamados millenials y la mía, no estaría haciéndole de menos, si no estaría dando a entender que lo que le caracterizaría, como poeta, vendría a ser la ausencia de una personalidad propia, la de encarnar sin disonancias la voz de todo un grupo, la de ser una especie de Zelig de los nacidos en torno al año 85, cuando nada más lejos de mi intención y de la realidad, pero enseguida me di cuenta de que se trataba, más bien, de lo contrario, de que lo que define a alguien, como Ben Clark, capaz de convertirse en altavoz de toda una generación es, precisamente, el estar dotado de una fuerte voz propia, de una primera persona del singular lo suficientemente potente como para que muchos se sientan identificados con sus palabras, como para convertir su voz en la de todos esos muchos.

¿Y cuáles serían las características de esa potente voz propia, de la imponente singularidad de Ben Clark? Yo diría que claridad, vehemencia, distancia crítica, ironía, dominio de los metros clásicos –que es capaz de trenzar con agilidad y frescura, haciéndolos sonar indiscutiblemente modernos– y una enorme capacidad para construir metáforas, no tanto metáforas a pie de verso como grandes metáforas, libros enteros que se convierten en metáfora, como Los últimos perros de Shackleton respecto a las vicisitudes del amor o La policía celeste, su última entrega, que, además de sobre el amor, trata también sobre la pérdida, aunque me temo que me estoy acelerando y adelantando acontecimientos, con lo que será mejor volver atrás, a las marcas generacionales, y destacar, en sus poemas, ese cierto tono de reivindicación y de denuncia del que antes hablaba y que no se limita al trato injusto recibido de sus mayores ni a su primer libro, Los hijos de los hijos de la ira, sino que protagoniza otro de sus primeros libros, el titulado Basura, en versos como «yo no sabía entonces -no explicaron- / que pronto embargarían cada cuenta, / que sólo los residuos eran nuestros», del poema «Quiero que me devuelvan mi basura», en los que se vislumbran de fondo la crisis económica y la creciente desigualdad social, y que persiste incluso en poemas de libros más recientes, como «Soylent Green is people!», de Mantener la cadena de frío, o «Revolución», que, después de sucesivas reescrituras, acabó apareciendo en Los últimos perros de Shackleton.

Pero, más allá de denuncias o de generaciones, quizá el gran tema en la poesía de Ben Clark sea el amor, yo diría que con mayúsculas, incluyendo, además del amor de pareja (al que dedica poemas tan extraordinarios como «Mantener la cadena de frío», «Quizá» o «Los últimos perros de Shackleton»), la amistad (y mencionaría «Traduciendo “The Sun Used to Shine”»), la fraternidad (por ejemplo en «La fiesta»), el amor de los padres (asunto de fondo de «Mi hijo, el poeta») e, incluso, el amor hacia los hijos, en un escritor que ha renunciado expresamente a tenerlos pero que, en su afán de exploración, no duda en dedicarle un poema a «La hija que no ha nacido». Esta «búsqueda constante de amor» es, como ha afirmado, la que más le interesa, «indagar –según sus propias palabras– en lo que nos hace bondadosos, en el sentido más amplio, y en aquello que nos hace tener empatía hacia los demás». Por eso, porque le interesa, no se cansa de abordarlo, pero quizá también porque, como afirma en el poema «La fascinación de lo difícil», de Los últimos perros de Shackleton, «de amor he escrito mucho y de amor sé / poco, por no decirte casi nada», y porque puede que lo que de verdad le importe en todo este asunto –el de la poesía, el de la vida, si es que una cosa y otra pueden separarse– sea la búsqueda en sí, la búsqueda sin más, una búsqueda que parte de la propia escritura del poema y que le puede llevar a dar vueltas en torno al amor, pero también a indagar, como en La Fiera, sobre el lugar que ocupan los impulsos más primitivos, libérrimos y salvajes en una sociedad encorsetada como la nuestra, o a reflexionar sobre la propia condición humana en versos como éstos del poema «50», de Memoría, en los que afirma que «el hombre ya no ocupa ningún centro. / El hombre no es el centro de su vida. / Ni tampoco es el centro de su muerte», lo que da buena muestra de esa sabiduría y esa objetividad que destacó el jurado al conceder a La policía celeste el prestigioso premio Loewe, señalándolo como «libro de madurez de una persona que todavía es joven» y calificándolo de sencillo y muy transparente, una sencillez, una transparencia que caracterizan a un escritor, como Ben Clark, cuya intención ha sido siempre, según ha manifestado, «alejarse del hermetismo sin renunciar al misterio», capaz de cargar de sentido, y de significados, a las palabras más cotidianas, capaz de hacer que todos nos reconozcamos en un poema según él tan trivial como «El horno», capaz, en definitiva, de romper las barreras de las generaciones y de convertirse, sin artificios, sin imposturas, sin trampa ni cartón, en un poeta de todos, en todo un poeta.

 

Juan Ramón Santos

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Comenzamos el curso del Aula de Literatura “José Antonio Gabriel y Galán” con el poeta Ben Clark.

Mañana miércoles, a las 20.00 horas, celebraremos la habitual lectura-conferencia en la Sala Verdugo. El jueves, a las 12:30 horas, visitará el IES Virgen del Puerto en un encuentro con alumnos de bachillerato de toda la ciudad.

 

Os esperamos.

Revolución

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Contra todo florecen los almendros.

Protesta radical e inquebrantable.

 

Este siglo veloz sin concesiones

ya no tiene talón

visible; más que un ojo tiene mil

y no hay David que pueda ya vencerlo.

Escasean los héroes

en esta era de plasma

y, con todo, florecen los almendros.

 

Creer en el amor tampoco sirve

–contra el amor las flores han marchado–,

de amor están repletas las cunetas;

entre los vivos solo

persiste el verde amor por el dinero.

Mienten las dependientas el catorce

y por eso florecen los almendros.

 

Por el sapo dorado, el tigre persa,

por el león del cabo y por el dodo,

el pingüino gigante,

el águila de Haast y el tilacín,

la paloma viajera, el pájaro carpintero

imperial, por el ciervo de Schomburgk

llevan su luto blanco los almendros.

 

Porque hoy en día existen los esclavos

–las flores lo repiten: ¡Hay esclavos! –

y lugares oscuros

y cárceles sin nombre

donde la vida es solo un agujero.

Con la voz de los mudos se resisten

a callar los almendros.

 

Hay un dolor oculto en primavera,

nada sabe del hombre, de su historia

de guerras y desastres,

también este dolor es algo hermoso,

hermoso, ambiguo y brevemente eterno;

es la pena inefable

que hace estallar de amor a los almendros.

 

En este florecer tan subversivo

se han ido las pasiones de otros años,

se ha ido la esperanza

con la escarcha de enero y con el agua

que tímido se adentra en un febrero

que es testigo del cambio y del combate:

contra todo florecen los almendros.

 

Ben Clark, Los últimos perros de Shackleton (Sloper)

Die Himmelspolizey

ben-clarkEn su anterior libro, Los últimos perros de Shackleton, el poeta ibicenco Ben Clark utiliba la esforzada aventura del explorador irlandés Sir Ernest Henry Shackleton como metáfora del amor, asunto principal del poemario, una aventura no menos esforzada y que, como la de cruzar la Antártida de punta a punta atravesando al polo, a menudo requiere de riesgos, de apuestas, de sacrificios. Un mecanismo similar, el de emplear un motivo histórico como emblema y metáfora de un libro de poemas, pone en marcha el autor en su última entrega, La policía celeste, que le ha hecho merecedor del prestigioso Premio Loewe. En este caso, el título evoca la primera sociedad astronómica del mundo, la llamada Himmelspolizey, que, como Ben Clark explica en el prefacio, reunió a en el año 1800 a seis astronónomos para tratar de encontrar un “planeta perdido” que, según la ley de Titius-Bode, debía existir entre las órbitas de Marte y Júpiter.

Al igual que en Los últimos perros de Shackleton resultaban raros luego, en los poemas, el hielo, la nieve o los perros, poco hay de astronomía, en sentido estricto, en este nuevo libro, apenas un poema protagonizado, en buena medida, por el cometa Halley, alguna referencia a agujeros negros, a la Luna, a Marte, y poco más, pero al mismo tiempo –y hay está lo extraordinario del caso– todo parece orbitar en torno a una intensa búsqueda en el cielo, no la de un nuevo “planeta perdido”, sino la de las huidizas coordenadas del lugar al que vamos cuando ya no estamos aquí, cuando morimos, todo ello motivado, en gran medida, por la pérdida del padre, que protagoniza una parte fundamental de los poemas. La pérdida lleva al poeta a una reflexión sobre el pasado, el de su abuelo Norman, que se quedó calvo en una sola noche al recibir la noticia de la muerte de su hermano Leslie en Berlín (“El mejor de los mundos posibles”), el de su padre construyendo un horno detrás de casa (“El horno”) o su propia infancia de niño rubio, coleccionando “fósiles / o dibujando bestias luminosas / del fondo del océano” (“La habitación”), pero también a hablar sobre el orgullo paterno (“Mi hijo, el poeta”), sobre el miedo (“Arte”), sobre el amor (“Correspondencia”) o sobre la complicidad entre hermanos (“La fiesta”), en un libro magnífico, escrito en metros clásicos, con un lenguaje solo en apariencia sencillo, a menudo desenfadado, siempre intensamente poético, con el que Ben Clark –uno de esos escritores con los que, al leerlos, te entran unas ganas horrorosas de escribir, y los que lean de vez en cuando estas columnas sabrán de qué les hablo– ha logrado disfrutar de un amplio reconocimiento como poeta, y no sólo como poeta de su generación.

Ben Clark ha visitado Plasencia en, al menos, dos ocasiones, en la última edición de Centrifugados y para presentar justamente este libro, La policía celeste, en la librería La Puerta de Tannhäuser y les digo, por experiencia, que es un poeta muy vital, con una presencia imponente, al que siempre es un placer escuchar recitando versos. Por eso yo no perdería la oportunidad de verlo, o de volver a verlo, en el Aula de Literatura “José Antonio Gabriel y Galán”, en la Sala Verdugo, el próximo miércoles 17 de octubre, a las 20:00 horas, en la sesión inaugural del nuevo curso. Allí nos vemos.

 

Juan Ramón Santos en PlanVE.

Si llega el fin del mundo

 

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Si llega el Fin del mundo y tú te has ido

al gym porque hoy es viernes

y has dicho que no importa; que a ti nada

te va a impedir correr siete kilómetros

antes de que reviente el Universo.

Si llega el Fin del mundo y me sorprende

aquí, en el escritorio,

pensando en ti corriendo hacia el final

de los Tiempos,

quiero dejar escrito aquí y ahora

que me parece bien; que no concibo

un final más espléndido y más puro:

los atascos de un viernes por la tarde,

los compromisos rotos de otro sábado;

todas las cosas breves

empujadas de pronto hacia una huida

y mientras tanto tú

corriendo y preguntándote si iré

a buscarte después,

y mientras tanto yo

pensando en recogerte a la salida,

duchada y expectante, para irnos a cenar

como si no importara,

a ese bar de las tapas al que vamos

los viernes, cuando sales del gimnasio.

 

Ben Clark, La Fiera (Sloper)

Podría sucederle

Un corazón es para gastarlo.
Stephen Dunn

Podría sucederle a todo el mundo.

Comer una ensalada equivocando

la dosis de confianza en la otra dosis

(insecticida, desinfectante o al contrario

la del agua corriente que se los lleva), que

te traicione un diminuto hueso

de pollo al masticar, el jamón, su gelatina

difícil de arrancar de la garganta

que se cierra, el inocente pez,

su inofensiva espina, la seta mal seleccionada,

la mayonesa que te sirve Saturnino un día

tranquilo de verano, la lata deformada

de judías, un pez globo cortado

defectuosamente, un poco

de vidrio (tanta urgencia) de ese plato

que se rompió y guardaste, el repentino

descubrimiento de una alergia nueva,

o al fin la lenta,

sencilla acumulación de los metales

del atún, los aditivos, el E-250,

el aire reciclado, las continuas

dosis de muerte que algún día

nos pararán el corazón.

 

aquetación 1

 

De Mantener la cadena del frío, de Andrés Catalán y Ben Clark