Jordi Doce

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Jordi Doce (Gijón, 1967) es autor, entre otros, de los libros de poemas Diálogo de la sombra (1997), Lección de permanencia (2000), Otras lunas (2002), Gran angular (2005) y No estábamos allí (mejor libro de poesía del año según El Cultural y Premio Nacional «Meléndez Valdés» al mejor libro de poemas publicado en 2016). Recientemente ha publicado En la rueda de las apariciones, una antología de poemas escritos entre 1990 y 2019.

En prosa ha publicado los libros de notas y aforismos Hormigas blancas (2005) y Perros en la playa (2011), los ensayos Imán y desafío (IV Premio de Ensayo Casa de América, 2005), La ciudad consciente (2010), Las formas disconformes. Lecturas de poesía hispánica (2013), Zona de divagar (2014) y La puerta verde. Lecturas de poesía angloamericana contemporánea (2019), el libro de artículos Curvas de nivel (2017) y otro de entrevistas literarias, Don de lenguas (2015).

Ha preparado ediciones de la poesía de William Blake, T.S. Eliot, W.H. Auden, Charles Tomlinson, Ted Hughes, Geoffrey Hill, Charles Simic, Paul Auster y Anne Carson, entre otros, y de la prosa de Thomas de Quincey y John Ruskin. Recientemente ha reunido una selección de sus traducciones de poesía inglesa en Libro de los otros (2018).

Fue lector de español en la Universidad de Oxford (1997-2000), y actualmente reside y trabaja en Madrid como editor, traductor y profesor de escritura creativa.

 


Jordi Doce estará con nosotros en la Sala Verdugo el martes 17 de marzo a las 20:00 horas, y al día siguiente, como de costumbre, celebrará un encuentro con alumnos de bachillerato de toda la ciudad en el IES Valle del Jerte.

Lídia Jorge

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No me cabe duda de que esta noche, en el Aula “José Antonio Gabriel y Galán”, nos acompaña una gran dama de la Literatura. Soy poco amigo de utilizar expresiones tan enfáticas y tajantes como esta, primero por pudor, porque pienso que no soy nadie para efectuar afirmaciones de ese calibre –pues requieren de un criterio y un conocimiento de la realidad literaria de los que carezco–, pero también porque sospecho que ese tipo de títulos tienden a sonar desgastados, a oler a alcanfor y a no significar, al cabo, gran cosa, con lo que, si te descuidas, no es difícil que acaben resultando contraproducentes. Si lo hago a pesar de todo es, en primer lugar, porque la trayectoria literaria de Lídia Jorge avala de sobra esa grandeza, pero también para subrayar la contradictoria circunstancia de que una autora con una obra tan amplia y de tanta calidad, que en Portugal parece haber ganado ya todos los premios posibles y con un reconocimiento más que notable a nivel internacional, haya tenido en nuestro país una recepción tan insuficiente, incluso en esta época en la que, felizmente, parece haberse superado el largo, absurdo y ominoso tiempo de las costas voltadas, del vivir nuestros países de espaldas el uno al otro.

Tras una recepción más o menos temprana de una de sus primeras novelas, Noticia de la ciudad silvestre, publicada en España en 1990, hubo que esperar hasta 2001 para que aparecieran títulos como La costa de los murmullos, El fugitivo que dibujaba pájaros o El jardín sin límites, un resurgir que, sin embargo, no fue definitivo, pues a partir de ese año Lídia Jorge volvió a caer en un prolongado olvido editorial mientras acumulaba, en otros países europeos y aun fuera de nuestro continente, premios prestigiosos como el Jean Monet de Literatura Europea, el Albatros de la Fundación Günter Grass, el Michel Brisset, el Premio Especial Giuseppe Acerbi de escritura femenina o el Premio de la Latinidad de la Unión Latina de Literaturas Romances y era nombrada Dama de la Orden de las Artes y las Letras de Francia. De este insólito un olvido ha venido a rescatarla, esperamos que para los restos, la joven editorial madrileña La Umbría y la Solana, volcada con entusiasmo en la difusión de las letras portuguesas, que en muy poco tiempo ha publicado el libro de relatos Los tiempos del esplendor y la novela Estuario, finalista el año pasado del prestigioso premio Médicis y traducida a nuestra lengua por la profesora universitaria placentina María Jesús Fernández, traducción que constituye, dicho sea de paso, un hito más en la encomiable labor que desde nuestra región, en los más diversos ámbitos y por las más diversas personas, se viene haciendo por dar a conocer la cultura portuguesa en el resto del país.

Al medio, entre unas y otras apariciones editoriales, y pese al Gran Premio Luso-Español de Cultura obtenido en 2015, han quedado en el tintero novelas como O Dia dos Prodígios, –su estreno literario en 1980–, O Vale da Paixão, O Vento Assobiando nas Gruas, Combateremos a Sombra o Os Memoráveis, además de varios volúmenes de cuentos que merecerían, también, ser conocidos por el lector en nuestra lengua, y hasta aquí esta introducción, que entre títulos, hitos y premios literarios quisiera reivindicar una mayor atención editorial en España a esta autora, sino a la excelente Literatura que viene haciéndose en el país vecino.

Centrándonos ya en la obra de Lídia Jorge, uno de los aspectos que más llama en ella mi atención son sus personajes principales, que tienden a tener vocación de fantasmas, en el sentido de que son potentes, redondos, complejos, aparentemente densos y compactos, pero que a menudo, cuando uno intenta palparlos, aprehenderlos, parecen esfumarse, hurtar su núcleo, su médula, su verdad última, un carácter escurridizo que los hace, paradójicamente, más reales, casi de carne y hueso, pues producen la misma sensación que tenemos cuando, en la vida así llamada real, tratamos de penetrar, de profundizar en el ser de otro, o incluso en nuestro propio ser: la de sumergirnos en una complejidad que nos abruma, que parece escurrírsenos por momentos entre los dedos hasta dejarnos, incluso, con la sensación de no ser, de no existir, una sensación parecida a la que sufrimos cuando pronunciamos una y otra vez un nombre en voz alta delante del espejo, recreándonos en su sonido, en su musicalidad, y, tras un rato repitiéndolo como un mantra, comienza a desdibujarse, a perder sentido hasta dejarnos con la vertiginosa impresión de que no nombra nada, de que no significa nada, de que no es más que una palabra muerta, estúpida y vacía.

Además de esos personajes, por complejos y evanescentes, tan reales, otro aspecto que me gustaría destacar de la obra de Lídia Jorge es la sutileza con la que va introduciendo, de fondo, elementos que otorgan profundidad y complejidad a la trama principal, a veces desde la simple descripción de unos espacios o con el ruido de fondo que introduce y acompaña a ciertas escenas. Estoy pensando en los lugares en los que transcurre, por ejemplo, la novela O Vento Assobiando nas Gruas (El viento silbando entre las grúas), de 2002, en la que Lídia Jorge nos hace deambular entre una casona familiar ya casi deshabitada, el edificio de una vieja fábrica de conservas, el Bairro dos Espelhos, un humilde arrabal en el que se hacinan decenas de familias africanas, espaciosos apartamentos en los que se reúnen políticos y hombres de negocios y solares en construcción salpicados de grúas, espacios todos ellos que le sirven para hablar, por detrás de la terrible e hipócrita trama familiar que transcurre en primer plano, sobre la inmigración, sobre la desigualdad o sobre la especulación urbanística, enriqueciendo aún más el relato; y estoy pensando también en un cuento en apariencia tan sencillo como El amor en Lobito Bay, publicado en Los tiempos del esplendor, la historia, ambientada en la Angola inmediatamente posterior a la larga guerra colonial, de un adolescente empeñado en correr más que el resto y de una familia confabulada para proteger su inocencia, pienso en la sutileza con la que irrumpe en sus escenas y va haciéndose cada vez más palpable y peligroso el enfrentamiento entre facciones, en un clima de violencia creciente que acaba por obligar a los europeos al regreso y que pone fin, de una vez por todas, a la presencia lusa en África, a ese esplendor de Portugal tan presente todavía, me temo, en el imaginario colectivo de nuestro país vecino.

Decía Lídia Jorge en una entrevista de hace muchos años al periódico O Jornal que le gustaba “plantear grandes colectivos y situar figuras en esas colectividades, perseguir los problemas sociales a través de los individuales”. En este sentido, el de hablar de lo colectivo a través de los individuos, puede que sea la sabia combinación de esos personajes potentes y complejos de los que hablaba antes con la sutil descripción de espacios y escenarios de fondo, que aportan el escenario histórico y social de sus cuentos y novelas, la que acaba convirtiéndolos en grandes metáforas del pasado y el presente. Así, como señala el texto de solapa de la edición de sus últimos libros en portugués, la novela Os Memoráveis, que narra la preparación de un reportaje periodístico a partir de una fotografía antigua que muestra a un nutrido grupo de protagonistas del 25 de Abril, ha sido considerada como una poderosa metáfora de la deriva portuguesa de las últimas décadas, en la medida en que plantea qué ha sido de la Revolución, qué ha sido de Portugal desde la bautizada por algunos como la última revolución romántica; en ese mismo sentido, las bragas arrojadas al aire de la pequeña Suzete, la protagonista del relato “Testigo”, que pueden encontrar en el cuadernillo, acaba siendo, también, símbolo de otros desgarros, de la emigración, de la pérdida de las raíces, del fin de la infancia y la inocencia; y su última novela, Estuario, no es sino la desembocadura del mundo que conocemos a través del relato de la quiebra de una empresa familiar, la naviera de los Galeano, y simboliza además, a través de la encrucijada en que se encuentra su protagonista, Edmundo Galeano, que regresa a Lisboa tullido, sin buena parte de la mano derecha, tras una experiencia traumática en un campo de refugiados, la mirada hacia el futuro, hacia lo que le espera, en adelante, a la humanidad.

Una labor, la de “perseguir los problemas sociales a través de los individuales”, que Lídia Jorge lleva a cabo por medio de una escritura que, como ella misma afirmaba en la entrevista a la que hacía antes referencia, puede ser poética, pero no lírica, con una prosa rica, suculenta, basada en párrafos de largo aliento, bien trenzados, entre los que desliza de cuando en cuando frases breves, sueltas y tajantes que marcan cambios de ritmo o de escena que van atrapando al lector, envolviéndolo, encantándolo con el estilo majestuoso de esta dama de las letras que aleja y acerca a su antojo el objetivo sobre la realidad, que nos hace vivir lo grande y lo pequeño, lo visible y lo oculto, lo que nos repugna y nos apasiona, como sólo es capaz de hacerlo la gran Literatura.

 


Nota: Los datos sobre la fecha de publicación de los libros de Lídia Jorge en España están extraídos de la base de datos de la Agencia ISBN. Aun así, parece que puede haber inexactitudes y que existen libros editados en fechas anteriores a las indicadas. Mantengo, en cualquier caso, el texto tal y como fue leído en la presentación de la autora en el Aula de Literatura “José Antonio Gabriel y Galán” en la medida en que se mantiene lo esencial, una recepción a menudo tardía y en todo momento irregular de su obra, pero dejo esta nota para advertir del posible error de algunas de las fechas indicadas. La foto, por cierto, se la he mangado de facebook a mi amigo Emilio Mateos.

 

 

Juan Ramón SANTOS

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Esta semana nos visita la escritora portuguesa Lídia Jorge.

Mañana martes, a las 20:00 horas, tendrá lugar la habitual lectura-conferencia en la Sala Verdugo, abierta a todo el público, y al día siguiente, alrededor de las 12:30 horas, celebrará un encuentro con alumnos de bachillerato de los seis institutos de Plasencia en el IES Gabriel y Galán.

Os esperamos a todos en uno u otro encuentro.

La utopía de la imperfección

Diario EL PAÍS

25-11-2017

Carmen Morán Breña

Fotografía de Álvaro García

 

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En las madrugadas, Lídia Jorge se despierta fanfarrona y mira lo que ha escrito con ojos de madre: este hijo mío ha quedado muy pero que muy bien, se dice. A medida que avanza el día, los desvelos optimistas se van apagando y dejan paso a un juicio que martillea: hay que reescribir. De esta forma, sosegada y crítica, llegan ahora nueve cuentos de la escritora portuguesa (Boliqueime, 1946). Traducidos al español por Martín López Vega para la editorial La umbría y la solana, están agrupados bajo el título Los tiempos del esplendor. Late en ellos una de las obsesiones de la autora, la mirada blanca de la infancia, “cuando uno es sencillo, simple y descubre por primera vez el mundo y sus violencias, cuando la mirada inicial percibe que el amor es imperfecto”, dice. “Nacemos para el amor perfecto y no lo alcanzamos”.

Lídia Jorge llena de esperanza sus relatos, cruentos a veces, estremecedores, porque deja encendida una luz, la que un día puede alumbrar al ser humano, sacarle de las tinieblas. En medio de las distopías que alimentan ahora numerosas novelas, la portuguesa, reconocida con los grandes premios de su país y las más altas distinciones francesas, prefiere seguir pensando en la utopía. “En la imperfección humana hay un final de salvación”, afirma. De este modo, sus asesinos pueden esconder la clave del progreso, por ejemplo, o una niña impertinente librar de fantasmas las mentes de sus compañeros.

La cercanía nutre los relatos de Lídia Jorge; nacen de recuerdos, de experiencias, de anécdotas compartidas, la realidad está presente en todos ellos; no son autobiográficos pero sí tienen una base cierta. Y una chispa inquietante que mantiene al lector siempre al acecho: hay algo en el pasado de los personajes que apenas se vislumbra y los finales no cierran el misterio. “¿Qué sería la vida si no fuese por el estremecimiento del suspense?”, se pregunta justamente en su Nuevo mundo.

[Puedes leer el artículo completo en el diario El País.]

Nuestras vidas son los ríos

Todo en Estuario, la última novela de Lídia Jorge, publicada hace varios meses por la editorial La Solana y la Umbría en traducción de la placentina María Jesús Fernández, tiene un cierto aire de desembocadura: la empresa de la familia Galeano, una naviera al borde de la quiebra tras una ambiciosa inversión; la vida de sus miembros más veteranos; la experiencia vital del resto, que parecen abocados, por diversas razones, a regresar y compartir techo en la casa familiar; y la aventura literaria de Edmundo, el más joven de todos ellos, empeñado en escribir un libro en el que confluyan todas sus lecturas y en el que dé cuenta del pasado, del presente y, sobre todo, del futuro que espera a la humanidad, tras una experiencia traumática en un campo de refugiados que lo devuelve a Lisboa sin buena parte de la mano derecha y con la necesidad de aprender de nuevo a escribir en el sentido más mecánico del término.

La edición portuguesa, de la editorial Dom Quixote, resume en su contraportada la novela diciendo que “Estuario es un libro sobre la vulnerabilidad de un hombre, de una familia, de una sociedad y del propio equilibrio de la Tierra, retratados a través de la mirada de un joven soñador que se interroga sobre la fragilidad de la condición humana”. En este sentido, aunque el cuerpo me pide el juego de palabras, no diré que Estuario sea una novela río, pues se me antoja que para serlo harían falta más personajes y una trama aún más compleja, pero sí puede decirse que en ella confluyen historias de diversos personajes y que se funden en su relato, al menos, una trama familiar, una trama social y una trama literaria: la peripecia de un hombre que trata de encontrar sentido al mundo a través de la escritura, el relato del final del tiempo de la abundancia y el retrato de una familia sin recaer ni lo ameno y pintoresco, de cartón piedra, de ciertas sagas familiares, ni en hacer un retrato despiadado de las relaciones que tienen lugar en su seno como origen y reserva natural de todas las miserias, sino manteniendo, por el contrario, una tensión dramática en que los celos, las envidias y las rencillas encuentran equilibrio en una cierta solidaridad fruto del paso del tiempo, del conocerse, del reconocerse todos supervivientes de una misma ruina.

 

[Puedes leer el resto de la reseña en la web de PlanVE.]

Estuario

Portada-EstuarioEdmundo Galeano escribía sobre un papel corriente, sin embargo quien no supiese que había perdido parte de la mano derecha pensaría que estaba sirviéndose de una pluma para dibujar miniaturas sobre una hoja de seda. La mano, reducida al índice, pulgar y parte del metacarpo, avanzaba lentamente, distribuyendo las palabras por la superficie blanca con simetría particular, y las letras juveniles, que antes eran agudas e irregulares, habían comenzado a ser moduladas como si la aplicación del autor fuese la de un escriba. Y eso estaba bien. Edmundo era hijo del armador Manuel Galeano y ya le había dicho varias veces a su padre que la mortalidad lo había visitado en los campos de Dadaab en su justa medida. Le había quitado lo suficiente para saberse perecedero y no le había robado tanto que no fuese recuperable.
Delante del padre él había pronunciado recuperable, pero debería haber dicho sustituible. Pues a lo largo de los doce meses en que había estado rehabilitando la mano parcialmente mutilada, se había operado una especie de compensación que él mismo iba comprobando con sorpresa. A medida que reaprendía a manejar el bolígrafo como si fuese un niño trazando letras por primera vez, el ritmo lento le iba impregnando todo el cuerpo, llevándolo a dar pasos extraordinariamente grandes, mientras que el campo de visión iba aumentando. Ahora lo que veía no era solo lo que antes veía, era también lo que estaba oculto por su opacidad y lo que aún no existía, pero deseaba ver. Como si, a partir de la fractura que había tenido en la mano, se hubiese establecido un comercio de ajuste entre el cuerpo y la psique, una transferencia entre lo orgánico y el alma y él mismo fuese el sujeto del proceso de recuperación y su vigilante. Y eso tampoco estaba mal. La pérdida de tres dedos y de un trozo de la palma de la mano derecha lo había colocado en el centro de un universo hasta entonces desconocido. ¿Valía la pena el canje? Nadie al margen de él tenía acceso al dilema, si bien él mismo, a veces, al poseer ahora lo que antes no tenía, creía que sí, que valía la pena.

Valía la pena.

Pensando en esta transformación, aquella mañana de junio, Edmundo Galeano ya había dado infinidad de pasos a la orilla del río, pasos lentos, rítmicos, andando de aquí
para allá, entre el asfalto y la espuma sucia, como si el mecanismo de un antiguo reloj holandés hubiese comenzado a regularle la circulación de la sangre y él mismo estuviese
transformado en una elocuente esfera de reloj, que en vez de números cardinales  contuviese palabras. Las palabras eran los números y las agujas de su mecanismo. El pie derecho avanzaba y su esfera, involuntariamente, marcaba las horas –Solo, en el muelle desierto. El pie izquierdo avanzaba y la esfera decía alto – en esta mañana de verano. Adelantaba de nuevo el pie derecho, y con él todo el cuerpo de Edmundo Galeano declamaba como si fuese al mismo tiempo el que proclamase y el escenario –Miro hacia la entrada del puerto, miro hacia lo Indefinido. Caminaba con un poco más de velocidad y la marcha se transformaba en el eco de otras palabras –Miro y me alegra ver, pequeño, negro y claro, un paquebote entrando. Y así había recorrido varias veces, a grandes pasos, la mochila al hombro y la capucha en la cabeza, el mismo trecho de muelle, unas veces en el sentido de la desembocadura, otras en dirección contraria, para regresar al mismo lugar, después de haber pasado dos horas copiando palabras, unas detrás de otras, sobre las hojas de un cuaderno corriente, con la delicadeza de quien inscribe
un mensaje para la eternidad sobre un fragilísimo papel de seda.

 

Lídia Jorge, Estuario

Traducción de María Jesús Fernández

(Puedes leer el primer capítulo completo en la web de editorial La Umbría y la Solana)

El amor en Lobito Bay

LOS_TIEMPOS_CUBLOMO-1Nuestra casa en Lobito Bay estaba cubierta por tejas de barro. Otras viviendas tenían tejados de zinc, lisos y resplandecientes, y otras los tenían de paja, amplios y picudos como si fuesen sombreros de paja. Intercaladas al azar, las diferentes especies de techumbre no implicaban distinción alguna en materia de ordenamiento ante la línea del mar. Atestiguaban tan sólo el origen de sus habitantes, hablaban de su resistencia al calor y a la incidencia del sol sobre la alfombra de arena y la superficie de las aguas, o atestiguaban simplemente hasta qué punto habían sido distintos los recorridos de nuestras familias a lo largo de la Tierra.

Algunos, como nosotros, habíamos llegado de la zona norte del Atlántico y necesitábamos la sombra. Otros habían llegado del Mediterráneo y necesitaban patios. Muchos provenían del Índico y necesitaban esteras. Los naturales de la región no necesitaban casi nada. Tenían el sol, el agua, las frutas y la ofrenda del mundo original. Si acaso llegaba a establecerse alguna diferencia entre los pescadores y sus mujeres, unas de piel más oscura, otras de piel más clara, se desdibujaba por completo en el bando indistinto que formaban sus hijos al final de la tarde. Lo recuerdo como si fuera hoy. En Lobito Bay, cuando el sol comenzaba a declinar y los barcos zarpaban en busca de pesca, nosotros, los hijos de los pescadores, huíamos en dirección al descampado, y allí corríamos juntos como si fuéramos hermanos, hijos ilegítimos de un primitivo y único hombre del mundo.

Dijo el profesor cuando nos sentamos en torno a la mesa.

Sí, como si fuéramos hijos indistintos del primer hombre del mundo, formábamos una bandada de hermanos en plena competición por nada, añadió el profesor. En esa especie de demanda de velocidad, la causa que nos movía era más fuerte que el objetivo. Mejor dicho, entre nosotros la causa se confundía con el objetivo y una y otro se realizaban en conjunto y en un único lance. En conjunto tomábamos posesión, en conjunto nos preparábamos. Como si la carrera fuera un acto oficial y definitivo, en el momento de la salida estábamos tensos, ajustando con desvelo milimétrico los talones desnudos a la línea dibujada en el suelo. Concentrados, serios, contenidos, en cuanto oíamos la señal de salida nos lanzábamos a una carrera loca, viendo cómo las piernas de los mayores desaparecían delante de nosotros. Los más ágiles de entre los más jóvenes les seguían la pista, ganando distancia, mientras que los más jóvenes y menos ágiles nos íbamos quedando atrás, cada vez más atrás, sin que por ello perdiéramos el sentimiento de alegría por estar lanzados a una carrera donde sólo los más altos y delgados podían resultar vencedores. A nosotros, los más jóvenes, nos bastaba con estar incluidos entre los treinta corredores de fondo que recorrían la acera del descampado, que se extendía a lo largo de la orilla, para sentirnos orgullosos de nuestras vidas, dijo él.

Por lo demás, éramos completamente ignorantes de todo lo que tuviera que ver con la terminología atlética. No conocíamos la palabra sprint, ni tampoco palabras como match o team formaban parte de nuestro escaso vocabulario, una especie de denominador común, recogido mediante sustracción de las diversas hablas de nuestros padres. Es cierto que por aquel entonces Frank Shorter se había convertido en el rey de las carreras y la palabra jogging se había esparcido por todos los rincones del mundo, pero entre nosotros, sin televisión y sin periódicos, ni siquiera la palabra atleta era un término que se usase. Ya lo he dicho antes, nada de eso nos incumbía, nosotros no confundíamos las palabras con los actos, nosotros lo único que queríamos era correr. Como desde siempre, como desde el principio del mundo, deseábamos tan sólo ser únicos, y deseábamos
pertenecer. Pertenecer a la bandada de muchachos cuyos pies se alzaban en vuelo sobre la arena, queríamos ser parte de aquellos que tenían alas en los pies, alas en los brazos, alas por todo el cuerpo, ser alguien entre ellos, eso era lo que más queríamos. Al final de la carrera uno podía llegar el penúltimo, o incluso el último, que no importaba. Entiéndaseme. Cuando yo era niño en Lobito Bay no se estaba vivo si no se corría. Dijo
el profesor. Correr, tan sólo correr por correr, recorrer la distancia en medio de los otros, ser parte de una prueba de velocidad colectiva, era de lo único que se trataba, independientemente de quién iba detrás o al frente, de quién se caía y terminaba ensangrentado o de quién alcanzaba la meta con los brazos alzados en el aire y se declaraba vencedor. En nuestro mundo ni siquiera había vencedor. Tan sólo había corredores. Corredores de fondo. Ser y pertenecer, ese era el único orden implícito en la competición desordenada que nos reunía. Como si fuéramos una bandada de pájaros rebeldes que en vez de hacer ejercicios de fuga en el cielo prefiriera hacerlos en la tierra.

—¿Por qué no decirlo?, dijo el profesor.

Es cierto que a veces escuchábamos detonaciones que rondaban el espacio abierto de Lobito Bay, y teníamos noticia de que más allá de la vegetación rala existían unos libertadores que un día vendrían a darnos lo que no teníamos. Escuchábamos tiros disparados a veces más lejos y a veces más cerca, pero nada de eso nos incumbía. Que disparasen. Lo que nos inquietaba era el movimiento inexplicable de las bandadas de aves que pasaban frente a nosotros. ¿Por qué daban vueltas en grupo, los pájaros, sin equivocarse nunca? ¿Cuál de ellos lideraba la bandada, y cómo era elegido? ¿Cómo se distinguían? ¿Por qué aquella V abierta si volaban bajo, y aquella V aguda si volaban alto? ¿Por qué aquella pirueta súbita en su ruta, cuando iban en línea recta? ¿Y qué especies eran aquellas que formaban las bandadas, que a lo lejos no se distinguían?
Mientras tanto por el suelo, al alcance de nuestro discernimiento, pajareaban gorriones, cuervos, garzas. Por los pantanos deambulaban otros pájaros, el secretario, las gaviotas y las grandes zancudas, el ibis rojo, el flamenco rosado. Pero el pájaro más amado por los muchachos de la zona fronteriza de la ciudad de Lobito, a la que llamaban Lobito Bay, era otro.

 

Lídia Jorge, Los tiempos del esplendor

 

“La humanidad se salvará de sí misma por sus lecturas”

EL CULTURAL, 21 de enero de 2020

Nuria Azancot

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Acostumbrada a convivir con los fantasmas de sus relatos futuros, Lídia Jorge (Boliqueime, Algarve, 1946) recuerda ahora que Estuario (La Umbría y La Solana) surgió de un recuerdo que la había perseguido durante años, “hasta que encontró su momento”. Todo comenzó un día en el que la escritora estaba sentada en la terraza de un restaurante asomado al estuario del Tajo y descubrió en la mesa de al lado a un niño muy pequeño que tenía la mano derecha completamente vendada y que parecía sufrir mucho, porque alargaba el brazo y hacía movimientos muy expresivos. En su mano izquierda, levantada, sostenía el libro que estaba leyendo. En un momento dado el niño dejó el libro, y con los dos dedos libres de su mano derecha, el índice y el pulgar, comenzó a dibujar letras en un cuaderno que mantenía abierto con mucha dificultad. “Entonces –afirma– tuve la certeza de que estaba presenciando una verdadera pelea, y que, con el simple acto de escribir, el chaval estaba derrotando al dolor de la herida. El tiempo pasó sin que pudiera olvidarlo hasta que en 2014, cuando la sociedad portuguesa atravesaba lo peor de nuestra crisis, pensé que esta imagen que me había acompañado tanto tiempo ilustraba perfectamente el tiempo inestable que vivíamos. Y que también señalaba su solución”.

A partir, pues, de esa imagen concreta, la del niño herido que se defiende escribiendo, Estuario narra la historia de una familia lisboeta, los Galeano, que atraviesa una profunda crisis, moral, económica, social e incluso física, porque Edmundo, uno de los hijos, vuelve de una misión de paz en un país indeterminado de África con la mano derecha mutilada y una nueva visión del mundo y sus problemas ecológicos y sociales.

Pregunta. Aunque al principio a Edmundo no le importan los problemas de su familia, acaba comprendiendo que solo si aprende a salvar a los suyos podrá ayudar a los demás… ¿Cuesta mucho ese aprendizaje? ¿Cuál es el precio que se debe pagar?

Respuesta. En Estuario, Edmundo tiene veintisiete años pero vive en esa especie de adolescencia perpetua tan común en nuestros días, así que su aprendizaje vital es el de un verdadero principiante. En los campos de Dadaad, donde compartió la experiencia del dolor ajeno y la pérdida física, no solo aprendió a conocer el dolor de los demás sino que además comprendió que la experiencia de su mundo cercano y familiar era simplemente un reflejo del mundo distante que había vivido en África. El aprendizaje de Edmundo nace por la incisión de varios surcos que dejaron una marca profunda. Y su necesidad de transmitirla a los demás constituye el cuerpo de este libro.

 

(Puedes leer la entrevista completa en EL CULTURAL)

Lídia Jorge

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Lídia Jorge (Boliqueime, Portugal, 1946) se estrenó como escritora con la publicación, en 1980, de El día de los prodigios, uno de los libros más emblemáticos de la Literatura Portuguesa posterior a la Revolución de los Claveles. Desde entonces ha publicado numerosas novelas, relatos, ensayos y obras de teatro.
En 1988, La costa de los murmullos le abrió las puertas hacia el reconocimiento internacional. Cabe destacar, entre otros, títulos como O Vale da PaixãoO Vento Assobiando nas GruasCombateremos a Sombra Os Memoráveis, obra considerada como una poderosa metáfora de la deriva de Portugal en las últimas décadas.
Su obra ha sido reconocida con los premios portugueses más destacados, así como con galardones europeos como el Premio Jean Monet de Literatura Europea, el Albatroz de la Fundación Günter Grass o el Premio de la Latinidad de la Unión Latina.
Su cuarto libro de relatos, Los tiempos del esplendor, y su última novela, Estuario, han sido recientemente publicados en castellano por la editorial española La Umbría y la Solana.

La autora celebrará el martes 11 de febrero, a las 20:00 horas, en la Sala Verdugo, la habitual lectura-conferencia para el público en general, y visitará al día siguiente, el miércoles 12 de febrero, alrededor de las 12:30 horas, el IES Gabriel y Galán en un encuentro con alumnos de bachillerato de la ciudad.

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Esta semana nos visita Clara Obligado.

Excepcionalmente, su visita no será entre el martes y el miércoles, como tenemos por costumbre, sino entre el miércoles y el jueves: el miércoles, a las 20:00 horas, tendrá lugar la habitual lectura-conferencia en la Sala Verdugo, abierta a todo el público, y al día siguiente, alrededor de las 12:30 horas, celebrará un encuentro con alumnos de bachillerato de los seis institutos de Plasencia en el IES Pérez Comendador.

Os esperamos a todos en uno u otro encuentro.