Hace ocho años, en concreto el día 4 de noviembre de 1997, que el escritor jerezano José Manuel Caballero Bonald inauguró el Aula de Literatura “José Antonio Gabriel y Galán”. Asistió al acto la viuda del novelista placentino de la que toma el nombre, Cecilia Alarcón.

El de las Aulas es un interesante proyecto que puso en marcha en 1990 la Asociación de Escritores Extremeños de la mano del poeta Ángel Campos Pámpano. Ya existían las de Badajoz y Cáceres cuando Gonzalo Hidalgo y yo decidimos crear la de Plasencia.

Para ponerla en marcha contamos desde el primer momento, y aun antes, con el apoyo incondicional de Caja de Ahorros de Extremadura. Un apoyo que va más allá del mero aporte económico (con ser esto no poca cosa) y que se personaliza en la figura de Santiago Antón Gallego, un discreto cómplice del Aula además de un animador infatigable.

El funcionamiento es desde el principio similar a las anteriores salvo en un matiz: como el Aula cacereña “José María Valverde” invitamos a escritores en general y no a poetas en particular, como ha venido haciendo desde su fundación el Aula pacense “Enrique Díez-Canedo”.

Por lo demás, el esquema es el mismo (en Extremadura se han implantado siete): por la mañana el autor visita un instituto de educación secundaria en el que se dirige a alumnos de los cinco institutos de la ciudad (que previamente se inscriben de forma voluntaria a la actividad) y por la noche, hace lo propio en sesión abierta al público en general. Durante el último curso, 2004-05, el esquema ha variado y las dos lecturas se hacen en días sucesivos, empezando por la charla nocturna, lo que revierte en una menor presión para el invitado que no se ve obligado a intervenir dos veces en la misma jornada.

Para nosotros, la parte didáctica del asunto es fundamental y ahí radica, a nuestro modo de ver (el de las personas que lo llevamos a cabo), el sello distintivo de este proyecto. Aulas literarias hay muchas a lo largo y ancho del país pero pocas con este componente añadido. Por eso la colaboración de los equipos directivos y de los claustros de profesores de los centros educativos ha sido y es imprescindible y, por descontado, muy de agradecer.

Los encuentros de la noche tienen también su importancia, sin duda. En una ciudad como ésta, que presume de culta en cuanto puede, hemos logrado reunir a un número de personas fieles que martes a martes nos han acompañado y que podemos calcular en torno al centenar. No es poco. Es cierto que con determinados autores las estadísticas se han desbordado, casi siempre por arriba.

Hasta ahora han pasado por el Aula un total de 32 autores; poetas y novelistas consagrados que forman parte del panorama literario nacional. Siempre hemos buscado un equilibrio entre ambos géneros (aunque, si hacemos caso de Gamoneda, la poesía sea más que eso). Así, cada curso han pasado por el Aula dos narradores y dos poetas. Del mismo modo, por más que los censos sigan siendo muy desiguales en la proporción, hemos querido que la presencia de escritoras fuera, en la medida de lo posible, constante. Con todo, sólo 7 de los 32 participantes han sido mujeres.

En el Aula de Literatura “José Antonio Gabriel y Galán” de Plasencia han leído sus textos o impartido conferencias José Manuel Caballero Bonald, Francisco Brines, Luis Mateo Díez, Gustavo Martín Garzo, Clara Janés, Antonio Colinas, José María Merino, Félix Grande, Antonio Martínez Sarrión, Jon Juaristi, Luis Landero, Luis Alberto de Cuenca, Dulce Chacón, José Viñals, Almudena Grandes, Rosa Regás, Manuel Talens, Benjamín Prado, Luis García Montero, Javier Cercas, Miguel Sánchez‑Ostiz, Ana María Matute, Santiago Castelo, Carlos Marzal, Vicente Gallego, Espido Freire, Bernardo Atxaga, Antonio Gamoneda, Pablo Guerrero, Ana Rossetti, Juan Carlos Mestre y Juan Manuel de Prada. No podrá negarse que la nómina sorprende por su calidad. Una lista, por cierto, que reúne a diferentes autores de distintas tendencias lo que no deja de ser sino fiel reflejo de la variedad de registros que admite la literatura. A Gonzalo y a mí nos ha guiado antes el interés de los alumnos y del público que el del propio gusto y de ello da fe esta completa pero variopinta relación. Sería injusto destacar tal o cual intervención en detrimento de otras. Todas tuvieron la calidad exigible y de todos los autores sacaron lecciones memorables los estudiantes, los profesores y el público en general. Unos y otros pudimos advertir que la prosa y la poesía están en la vida, fuera de las páginas de los libros donde parece que todos los autores están enterrados y muertos.

Dicho lo cual, si se me permite la licencia, no será fácil que olvide el aplauso (cerrada ovación, diría un taurino) que los chicos de los IES le dedicaron a una frágil y envejecida Ana María Matute cuando entró en la sala. Ni aquel interminable debate que siguió a la lectura de Juaristi, rescatado para el Aula después de un primer intento fallido, cuando tuvo que esconderse tras la ruptura de la tregua de ETA. Ni el respetuoso silencio que acompañó al canto improvisado de Clara Janés. Como nunca olvidaré la presentación que tuve que hacer de Luis Alberto de Cuenca apenas unas horas antes de la muerte de mi padre, o la voz resonante de Gamoneda leyendo sus poemas trágicos en el Auditorio de Santa Ana.

No todos se han subido a ese singular escenario. Durante años nos reunimos en el Club del Verdugo, según la feliz denominación de Gonzalo Hidalgo, pero esa es otra historia.

Pero éste no es momento de balances. El Aula sigue viva y ojalá que por muchos años. Para que permita a los placentinos, chicos y grandes (siempre que así lo decidan), seguir escuchando a sus escritores. Será una de las mejores maneras de fomentar la lectura y, en fin, de conseguir que esta ciudad además de presumir de culta ejerza de tal; que son cosas, ay, muy distintas.

Álvaro Valverde

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