1. Hay ocasiones en las que me gusta equivocarme, y me refiero a esas en las que, a la hora de la verdad, la realidad acaba por rebatir mis prejuicios y tiene, además, la generosidad de regalarme un placer inmerecido, ocasiones en las que reconocer que uno se ha equivocado se convierte en un acto gozoso. Por eso no tengo empacho alguno en comenzar esta presentación reconociendo un completo error, y me refiero a la enorme desgana con la que acudí a la lectura de El vano ayer, la celebrada y por tres veces premiada novela de Isaac Rosa sobre la represión policial franquista. Durante meses encontré en las librerías su portada y, en los periódicos, reseñas favorables, halagüeñas, que la hacían apetecible y prometedora, a pesar de lo cual me resistí aún durante algún tiempo a leerla. Por usar palabras que el propio Isaac nos ofrece en esa novela, diré en mi favor que «el lector inquieto se desentiende con fastidio ante la enésima variación –pequeña variación, además– de un tema viejo». Me explico: uno no ha leído ni de lejos todo lo publicado sobre nuestro pasado inmediato, ése que conforma la compleja secuencia república-guerra civil-franquismo-transición, pero es tamaña la oferta, tal la cantidad de libros que de forma continua saltan a los escaparates aproximándose a ese tema, que uno tiene una cierta sensación de hastío, de escepticismo frente a lo que esas nuevas obras puedan aportar de nuevo, sensaciones reforzadas por la impresión de que muchas de ellas, al fin y al cabo, giran en torno a un número limitado de tópicos que no me molestaré en enumerar pues ya lo hace, con precisión e inteligente ironía, el propio Isaac en las páginas 15 y 16, o en la 59, de su novela –no es que quiera escamotearles información remitiéndoles, de forma genérica, a las páginas de un libro que quizá algunos no hayan leído. De lo que trato, precisamente porque quizá algunos aún no lo hayan leído, es de invitarles sutilmente a su lectura–.

2. Pero hemos comenzado casi por el final, porque la trayectoria de Isaac Rosa –escritor joven, sevillano de origen, extremeño de adopción, por señalar por medio de frases hechas algunos datos biográficos– se inicia antes de El vano ayer. Con anterioridad, había publicado ya, entre otros, la obra de teatro Adiós, muchachos, el relato El ruido del mundo, su primera novela, La malamemoria y, en colaboración con otros dos autores, el libro Kosovo. La coartada humanitaria. Algunos de esos títulos ponen ya de relieve que Isaac es un escritor que apela a la memoria, en primer lugar como auténtico ejercicio, casi como esfuerzo, ya que, como advierte en el prólogo de su primera novela, acaso la norma sea el olvido y el recuerdo la excepción, pero, al tiempo, como un ejercicio crítico, inconformista y consecuente, que ponga en duda verdades incuestionadas, tópicos y clichés, pero, ojo, no sólo esos que tratan de justificar, de alguna manera, el ayer represivo, dictatorial de este país, sino también los que, desde la misma izquierda, parecen quitarle hierro al asunto y que a veces pueden hacer creer –como advierte la cita de Nicolás Sartorius y Javier Alfaya con que se abre El vano ayer«que militar en el antifranquismo fue hasta divertido», tópicos todos que, a fin de cuentas, han dado en generar una memoria más bien complaciente de esos años, la que se refleja, por ejemplo –según palabras del propio Isaac–, en «alguna serie de televisión que ha culminado la corrupción de la memoria histórica mediante su definitiva sustitución por una repugnante nostalgia».

3. Indisociable de este ejercicio crítico, coherente y esforzado de la memoria es el compromiso del escritor, un compromiso social y, por ello, necesariamente político stricto sensu, sin connotaciones ideológicas o dogmáticas, y que parte de la base de que –y cito de nuevo textualmente, esta vez del discurso de agradecimiento por la entrega del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos–, «el escritor en todo momento está comprometido con la representación crítica del mundo», de modo que escribir implica siempre una toma de partido, ya que incluso la aceptación complaciente de la realidad supone abogar por el discurso dominante. Se trata, pues, de que el escritor y la novela reflejen la sociedad y la realidad de su tiempo, incluidos los aspectos más oscuros, no de conformarse con una narrativa ligera y dulcificada que obvie los problemas del presente o se limite a suspenderlos, estereotipados y vacíos de contenido real, como telón de fondo de la trama. Es desde esta plena asunción del compromiso del escritor desde la que Isaac homenajea al Cortázar político, al Cortázar tan denostado, por ejemplo, de El libro de Manuel, bautizando al protagonista de El vano ayer con el nombre de Julio Denis, seudónimo con el que el autor argentino publicó su primer libro de poemas.

4. Memoria y compromiso son elementos que ponen de manifiesto la actitud crítica rigurosa de Isaac, que se ve reforzada, sobre todo en El vano ayer, por una hábil técnica narrativa que es, a mi parecer, una de las mayores virtudes del libro, y cuyo más logrado fruto es un discurso abierto y, por ello, enormemente crítico, que deja al lector un amplio margen de interpretación. La novela se construye apelando a un azar aparente –en una obra que nada tiene de azaroso– tanto en la elección en sí del argumento como en la de los personajes. Tras desplegar un jugoso abanico de posibles tramas novelescas, protagonizadas todas ellas por personajes secundarios, rescatados de los márgenes de la historia o la literatura, Isaac se decanta por la peripecia del profesor Julio Denis, expulsado del país por motivos no del todo claros durante la agitación universitaria de los sesenta, dejándonos la sensación de que, de haber optado por cualquier otra historia, el resultado hubiera sido similar, y lo hace a lo largo de unas páginas fascinantes en las que se revela capaz de escribir cualquier novela sobre el franquismo o, en definitiva, cualquier novela. Isaac actúa ante nuestros ojos como uno de esos prestidigitadores que juegan haciéndonos creer que van a descubrirnos el secreto de alguno de sus trucos y que lo van desgranando paso a paso mientras, con mirada atenta, analizamos metódicamente el proceso hasta que, sin previo aviso, descubrimos entre sorprendidos y avergonzados que delante de nuestras narices en algún momento ha brotado la magia. De ese mismo modo, Isaac pone al comienzo de la novela todas las cartas sobre la mesa, nos hace pasar a su cocina –la cocina del autor–, y lo acompañamos inocentes en su proceso creador hasta que, después de un puñado de páginas, caemos en la cuenta de que estamos del todo atrapados en la narración, que sigue fluyendo de manera incierta, abriendo multitud de posibilidades de interpretación que nadie que no sea el lector llega a cerrar. Ya en La malamemoria, Isaac nos incitaba a participar convirtiéndonos, por medio de una rotunda segunda persona del singular, en actores de la misma, en exploradores de una malamemoria que al final se revelaba como una memoria y una realidad terribles, nefandas, pavorosas.

En El vano ayer da un paso más y nos implica directamente no sólo en la elaboración del argumento, sino en su absoluta interpretación, mientras se especula, con magistral ironía, sobre los posibles motivos, las verosímiles circunstancias de la expatriación de Julio Denis y del destino incierto del estudiante André Sánchez, hasta llegar a un punto en que nos encontramos con que el drama y los personajes se han disuelto para siempre en las brumas del olvido, haciendo con ello una demostración irrefutable del efecto devastador de la desmemoria que nos lleva al fin a preguntarnos si Machado e Isaac no tendrán razón, si no será cierto que ese vano ayer ha engendrado un mañana –nuestro hoy– vacío y pasajero.
Juan Ramón Santos

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