(Dejemos a Villena y volvamos con Lorenzo Silva)

«FAURA CONTEMPLÓ LA SUCIA LONA DE LA TIENDA. No quiso consultar el reloj, para no saber cuánto le quedaba de duermevela hasta que sonara la corneta tocando diana. Tampoco quiso mirar a sus compañeros, que roncaban como cerdos a su alrededor. Imaginó la boca abierta y babeante de Navia, que hacía el dormido mas rudo y grotesco de todos, pero no con disgusto, sino con esa especie bestial de ternura que el soldado desarrolla hacia el soldado de al lado. Sí, como decía el moro que le había machacado la cámara a Atkins, los españoles eran tontos. Los españoles y todos los extranjeros, como Klemper o Balaguer o el presunto ex oficial serbio López, que se les habían unido en aquella campaña inútil e interminable. Porque detrás de los montes que ahora miraban sólo había montes, y así sucesivamente durante kilómetros y kilómetros. Montes y montes llenos de alimañas rabiosas, hambrientas, indómitas; y vacíos de cualquier cosa que pudiera servirle a nadie, salvo las minas de hierro con el que hacer más fusiles y cañones para poder continuar la guerra que se alimentaba de este modo a sí misma como un círculo infernal. Pero había algo de lo que el moro no se percataba, y que al pensarlo, allí tumbado en la tienda, le procuró a Faura una tortuosa satisfacción: ni a él, ni a otros muchos, les importaba en absoluto ser tontos. Habían aceptado serlo, es más: habían querido serlo. Y eso los hacía tan peligrosos como aquel moro no podía imaginar, aunque otros paisanos suyos ya lo sabían. Lo sabían, estuvieran donde estuvieran, todos los que habían muerto a manos de Faura y sus compañeros en los últimos dos meses, en particular los que habían caído desgarrados a bayonetazos, mirándoles a los ojos destellantes de furia homicida. Y también alguno que había vivido para contarlo. Faura se acordaba de uno de los pocos prisioneros que habían hecho. Un hombre de unos cincuenta años, que afirmaba venir de lejos, del oeste, de allí donde se había gestado el ataque de julio. Chapurreaba español, y durante el rato que le tocó vigilarle, Faura le dejó pegar la hebra. Sin animarlo y a la vez sin impedirle que hablara. Le daba igual, como da igual que zumbe una chicharra o que cante un pájaro.
      Pero el moro, entre los lamentos y las historias olvidadas, que Faura supuso inventadas, como las que contaban todos los de su ralea, dio en decirle algo que se le iba a quedar grabado, como pasa con esas ideas que uno ha pensado antes, pero no acabó de pensar del todo, y que de repente escucha en labios de otro, impecables y conclusas:
      –Vosotros ser como niños. Y para hombres que querer vivir como hombres, nada más malo que hombres que querer vivir como niños.
      Faura le miró a los ojos, al viejo, envidiándole por un instante los cojones y la limpieza de juicio. Quizá le divirtió hacerle sentir por un momento la incertidumbre, dejarle temer si no estaba pensando en arrearle por su insolencia. Pero al final se rebuscó en el bolsillo de la guerrera, se sacó uno de aquellos pitos que liaba tan primorosamente como nadie en los ratos de descanso, y se lo tendió al viejo, mientras le decía, con su rara e insondable sonrisa:
      –Amen, mojamé

(De Carta blanca)

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