Al principio, nadie hubiera dicho que fuera a suceder nada. Llevaba un par de horas frente a la casa de esa pelleja repelente y ya se me estaban cociendo las ideas. A las seis en punto, se abre la puerta automática del garaje y emerge el descapotable de Sonsoles con ella al volante. Igual que hace un par de días, mirando desde arriba a todo y a todos, parapetada tras las enormes gafas oscuras que le hacen parecer un cruce de comadreja y astronauta. Arranco con cierta resignación y me coloco a su estela. El coche de mi prima, que he tomado prestado mientras le hacen la cirugía plástica al mío, es algo corto de caballos y tengo que apurar las marchas. Sonsoles conduce como un taxista, o sea, viviendo a medias de la suerte y de la prudencia de otros conductores y exhibiendo a ráfagas una destreza que ya podría metérsela bien doblada donde más guardada se le quedase. Para no perderla me veo obligado a hacerle algunas canalladas a gente inocente, y eso me cabrea y me excita las ganas de tumbarla bajo una lámpara de rayos UVA y dejarla allí asándose a fuego lento durante diez o doce días.
      Afortunadamente, el trayecto es corto. Justo a la vuelta de una curva, obturando hábilmente el tráfico de cuatro calles, Sonsoles abandona su coche en doble fila y se acerca a pie a la salida de un colegio para señoritas. ¿Madre soltera? Inconcebible, disponiendo a un tiempo del aborto y del sacramento de la penitencia. Me sitúo donde pueda ver la puerta del colegio y estorbar lo menos posible y espero. Diez minutos. Empiezan a salir niñas vestiditas de azul y blanco, decenas de Sonsoles en potencia arrastrando la ese debajo de los incisivos. Es un espectáculo que a ratos me revuelve las tripas y a ratos me despierta morbosos apetitos. Finalmente sale Sonsoles y junto a ella una niña o muchacha de unos quince años. El pulso se me interrumpe como si me desenchufaran. Entonces sucede.
      La criatura es la cosa más formidable que mis ojos pecadores han reflejado en toda su puerca existencia. Si Sonsoles es su madre, acepto el designio divino de haber puesto a Sonsoles sobre la Tierra, por muy improcedente que me haya parecido hasta ahora esa ocurrencia celestial. Si no es su madre, el hecho de ir a recoger a esa niña le proporciona provisionalmente una utilidad preciosa a su miserable respiración. Mi corazón vuelve a latir, ahora a toda velocidad. Hace siglos que no me pasa algo semejante y ordeno con algún trabajo mis impresiones, pero el instinto suple en seguida la falta de costumbre. Poco a poco comprendo que acabo de caer en una trampa. Suben al coche y salgo tras ellas, sin resistirme, sin planes, sin remedio.
      A partir de ese momento, Sonsoles, a quien he perseguido hasta aquí, se convierte en una borrosa mancha de humedad que escolta a la turbia deidad adolescente. La niña lo llena todo. Incluso si cierro los ojos puedo verla: su largo cuerpo a medio brotar, sus cabellos como los de las ninfas alucinantes que pintaba ese golfo de Botticelli, y una mirada azul tan inmensa que da igual la distancia. Recuerdo vagamente que nunca me han atraído las mujeres rubias, pero ni ella es una mujer ni lo que me produce es una simple atracción. De simples atracciones, como cualquiera sabe, están los basureros del espíritu llenos.
      El resto es demasiado fugaz. Las sigo hasta Serrano, donde entran en una tienda en la que el precio de toda la ropa está redondeado a múltiplos de diez mil. Desde luego me gustaría seguirlas a los probadores, quiero decir al que use la niña, pero mi sola presencia dentro de la tienda sería demasiado sospechosa. Cuando vuelven a subir al descapotable, liberando a un tipo cuyo coche ha estado un cuarto de hora bloqueado por el de Sonsoles, la criatura lleva un par de bolsas y Sonsoles unas seis. No las guardan en el portaequipajes porque queda mucho mejor arrojarlas al asiento trasero, por encima de la borda del descapotable. También porque el portaequipajes está hecho un poema como consecuencia del leñazo que yo le arreé el otro día. Arrancan y salgo otra vez detrás. En un semáforo en el que nos paramos, la niña ondea a un lado el pelo y se pone a mirar a un guardia de ésos que van por ahí fardando mucho con la moto y que de vez en cuando tienen que bajarse de ella para ordenar un cruce. El cowboy municipal queda fulminado allí mismo, con el pito colgando del labio, sujeto sólo por sus botas de jinete, mortalmente desnudo ante su propia poquedad. Cinco minutos más tarde, la puerta del garaje de la casa de Sonsoles se abre y el descapotable es engullido por la oscuridad subterránea. Fin de la aparición.

(De La flaqueza del bolchevique)

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