Durante el vuelo no sucedió nada digno de mención. Chamorro siguió absorta en su tarea y yo me distraje con mi libro. Me alegré de llevarlo. Había pasajes de veras ocurrentes, y desde chico poseo la mala costumbre de reírme cuando leo algo que me hace gracia. En un par de ocasiones, mi compañera se interesó por la causa de mi regocijo. Le leí en voz alta:
      –«He visto gusanos exultantes saltando como palomitas de maíz sobre los restos en descomposición de un cuerpo humano, bullendo en alegres miríadas, brincando hasta medio metro de altura para luego caer con un golpeteo suave, como una lluvia fina. Los gusanos no atacan al azar, sino de manera concertada, como bancos de pirañas hambrientas. Algunos gusanos atacan con tanto brío a los cadáveres que, en el transcurso de unas pocas horas, son capaces de arrancarle la dentadura postiza a un hombre muerto.»
      Chamorro me observó, seria. No creí que la lectura le revolviera el estómago. La había visto soportar sin el auxilio de los remedios habituales (el Vicks Vaporub untado en la nariz, o e puro que llevábamos siempre para ofrecer a los jueces novatos) el hedor de cadáveres severamente descompuestos. Pero el pasaje le producía un ostensible disgusto.
      –¿Y qué tiene eso de gracioso? –me reprendió.
      –La vida es graciosa, Virginia. Y la muerte. Nada es en sí bueno o malo, depende del lugar desde donde lo miras. Para los parientes, la muerte del ser querido es atroz. Para los gusanos, en cambio, ya ves: Disneylandia. En realidad, todo es una cuestión de perspectiva. Imagínate si la historia la escribieran los gusanos. Todo funcionaría al revés. Cada enfermo salvado por los médicos, una decepción. Cada hombre ilustre que la diña, una orgía.
      Chamorro meneó la cabeza.
      –No has debido tomarte el zumo. Vete a saber qué era en realidad.
      No volvió a preguntarme las siguientes veces que me oyó reír, salvo la última. La verdad es que fui más bien aparatoso. El caso lo merecía.
      –¿Y ahora, qué marranada macabra acabas de leer? –me espetó.
      –Ésta te va a gustar –aseguré.
      –A ver.
      –«Otro pobre desgraciado» –leí–, «para quien el placer y el dolor estaban muy próximos, se ponía el transformador de un tren eléctrico en el pene, sujetándolo con unas pinzas, y se aplicaba débiles descargas en los genitales. Por desgracia, en una ocasión (la última), el transformador provocó un cortocircuito y el hombre recibió una descarga de 110 voltios, quedando instantánea e ignominiosamente electrocutado. Los padres escondieron el transformador antes de que llegase la policía. Pero las pinzas eléctricas dejan marcas muy características y muy fáciles de identificar en una autopsia. Tras unas pocas y discretas preguntas por parte de los investigadores, la infeliz pareja se derrumbó y contó la triste verdad de lo sucedido».
      –Desde luego, los hombres sois unos capullos –observó Chamorro.
      –Oye, ¿a qué viene esa imputación colectiva? –protesté. Y no me mires así. También las mujeres pueden morir de forma ridícula.
      –No estaría de más hacer una campaña divulgativa. Seguro que hay alguno pro aquí que se juega el pellejo de esa misma forma.
      –Peor. Aquí la corriente va a 220 voltios, el doble. El latigazo debe de hacer que se te salten los ojos de las órbitas.
      –Muy gráfico. Oye, si te atrae, ya sabes… Si no tienes trenecito eléctrico, puedes usar el transformador de tu scalextric.
      –Chamorro, me parece de muy mal gusto que utilices mis confidencias sobre los juegos que comparto con mi hijo para asestarme ese bajonazo tan vil. Por otra parte, ¿es que acaso tengo aspecto de pervertido?
      –¿Y es que eso se lleva escrito en la cara?
      Sostuve su mirada, afectadamente candorosa. A veces, he de reconocerlo, me estimulaba de forma indebida comprobar cómo mi compañera, con el tiempo, se había ido volviendo cada vez más maliciosa y más cáustica.
(De La niebla y la doncella)

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