Si ha de haber un protagonista (y es posible que esto sea requisito para hacer la novela comprensible, lo que nunca debe avergonzar a quien la escribe y puede exigir el que la lee), pido que no sea uno de esos imbéciles que no miran, o uno de esos fatuos que sólo quieren ser mirados, o uno de esos miserables baratos a quienes es imposible ver si se les mira de perfil. Que no sea un héroe, ni tampoco un antihéroe, que no aleccione ni corrompa, que no se haga admirar ni aborrecer. Que no pida ser seguido cuando no va a ninguna parte, que no persiga él ninfas o vírgenes, ni sean ellas las que le busquen, movidas por la piedad, la sumisión o el horror. Si ha de haber un protagonista, que no estorbe la novela, que la sirva con decoro y ayude a construirla y no a convertirla en bostezo o en chiste. Si ha de haber un protagonista, que sea una mezcla de Philip Marlowe, el Narrador innominado y el indefenso K. (…)
      Philip Marlowe es un gran tipo y un gran protagonista, además, porque asistimos a todas sus vicisitudes interiores, lo mismo cuando sirven para enaltecerle que cuando contribuyen a rebajarle. Y le perdonamos que muchas mujeres (demasiadas) se enamoren de él, porque sus escarceos con ellas son en realidad torpes juegos de adolescencia impenitente, y porque la remota Eileen Wade, la única mujer que le fascina de veras, le deja atrás con insultante naturalidad. Pero lo que sobre todo nos ayuda a aceptarle, aun en su reprensible condición de entrometido a sueldo, es que sus pesquisas no tienen como finalidad primordial defender los intereses de quien le paga, ni siquiera el logro de la justicia, esa ficción dudosa a la que se consagran tantos burdos detectives. Philip Marlowe sólo pretende permanecer fiel a sus principios, a su personal y sentida ars boni et aequi. Por eso no duda en conspirar contra la policía, ni en destruir pruebas, ni en maniobrar al margen de los intereses de su cliente. Todos los hipócritas se espantan ante un hombre de principios, y por eso Marlowe acaba alguna vez en el calabozo, o le apalean, o se le retira el encargo. Nadie encaja con absoluta imperturbabilidad ese tipo de contrariedades, pero él nunca se amarga por eso. (…)
      El caso del anónimo Narrador de la Recherche, el presunto y discutido alter ego de Proust, es en mucho diferente. Con él nadie iría ni a la vuelta de la esquina. En un naufragio sería el histérico por el que se ahoga el que ha saltado del bote para rescatarle, en una caravana en el desierto el que se bebe toda el agua, en una epidemia el que distrae para sí el escaso medicamento salvador. Desde el principio aprendemos que es un egocéntrico imposible, empeñado en absorber la existencia de su madre, sus amigos, las muchachas en flor que demasiado bien sospechamos que en el fondo no le preocupan gran cosa, salvo que decidan tomar la sensata resolución de poner la máxima cantidad de tierra de por medio. Sus inquietudes artísticas, sus urgencias sociales, incluso su misma ansia de saber resultan malsanos. A la postre, todo parece parte de la misma intriga febril, sin otro propósito que llevar a cabo una especie de pillaje sobre la vitalidad que percibe a su alrededor y de la que él, en su postración física y moral, involuntaria o buscada de propósito, carece. (…)
      Para el sacrificio nació también, por razones diferentes, el infructuoso raciocinador K., que es procesado bajo el nombre de Josef o llamado a un inaccesible castillo como agrimensor. Antes de que consiga comprender el proceso que se le instruye morirá de una cuchillada; antes de que consiga entrar en el castillo se desplomará extenuado sobre la nieve. Y él lo sabe y quienes seguimos sus pasos también lo sabemos. Sin embargo, él sigue y nosotros le secundamos, entre el estupor y las caricias de seres extravagantes que nunca le entienden y a quienes él percibe que nunca podrá llevar hasta el lugar al que se dirige. No se sabe que admirar más en este hombre: si la firmeza con que cree en su inocencia y en la iniquidad de las persecuciones que padece, o la docilidad y aun la convicción con que acaba aceptando los castigos que le están destinados, cuando dilucida que la única transacción que cabe ajustar con el verdugo es la dulzura con que se producirá el golpe de gracia (…)
      Si ha de haber un protagonista, en resumen, que sea como cualquiera de estos tres protagonistas: humilde como K., desnudo como el Narrador, cabal como Marlowe. Que no trate de apabullarnos con sus gestas, ni con exhibiciones inservibles. Que trate de ayudarnos a vivir y también a disfrutar de que los demás vivan.

(De El misterio y la voz (Inquisiciones sobre la novela))

Anuncios