ÁNGEL L. PRIETO DE PAULA
BABELIA – 02-07-2005

Coetáneo en su escritura a Las herejías privadas, se publica ahora Los gatos príncipes, una andanada poética contra el presidio del orden social al que Luis Antonio de Villena achaca la mezquindad, la gazmoñería y la fealdad de nuestro mundo.

Estado de cosas, orden establecido, statu quo: tres personas distintas y una entidad común contra la que disparan los heterodoxos que no pueden soportar la distancia entre lo que tenemos y lo que anhelamos. El último libro de Luis Antonio de Villena (Madrid, 1951) es un compendio de poemas sobre el deseo, y por tanto contra la realidad instituida, pues el deseo que se enseñorea de estas páginas ha asediado las convenciones sociales, y no pocas veces ha debido retirarse ante sus muros inexpugnables. Por esa razón Los gatos príncipes está recorrido por una insurgencia ejemplificada en el afán de los cuerpos y la soberanía del espíritu. Pero el estado de cosas está recubierto por una costra coriácea que le permite resistir los embates sin apenas magulladuras. Si en Las herejías privadas (2001), cuyos poemas fueron escritos al tiempo que éstos, el poeta mojaba su pluma en el dolor de una infancia y una adolescencia hostigadas por la intolerancia, aquí lo hace en la altanería del yo, apostado en una madurez que mira al entorno con desprecio y con ira. Estos sentimientos le llevan a reclamar la invasión de los bárbaros -“las naves negras de los africanos”- o alguna calamidad apocalíptica que arrase la Sodoma que, por paradoja, no es el recinto del libertinaje, sino el presidio del orden. Por aquí y por allá asoman las señales de un presente dionisiaco y eufórico, eterno en su fugacidad, cuya libertad juvenil ha sido debelada por la represión, la masa, el plato de garbanzos, el dogal y el misal, sublimados, eso sí, por la cultura mediante disfraces muy aparentes que se escriben con mayúsculas: la Justicia, la Democracia, la Protección al Débil… El libro defiende una propuesta hedonista codificada, que se afirma en tiradas confesionales a las que cabría exigir una formulación lírica capaz de penetrar las escamas lingüísticas de la convención. Sin embargo, el contramodelo por el que aboga está construido con un lenguaje denotativo, sin los borborigmos de la retórica, sí, pero también sin el aliento visionario que, al verbalizarse con un lenguaje distinto al del poder que impugna, hubiera enriquecido el mero referencialismo y las serias prédicas de esa moral otra: “La tibieza estúpida se ha convertido en Ley / y ha vaciado el entero significado de las palabras”. Cabría, por ello, preguntarse si para levantar un altar a la belleza excéntrica no hubiera convenido algo más que la imprecación de un tiempo donde no hay “política ni pensamiento”; el tiempo, en fin, “más cobarde de la Historia”.

(De Babelia)

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