Me emocionas (un segundo lo pienso)
y necesito describirte. ¿Qué me emociona en ti?.
El viento revuelve tu pelo
y lo restriega -loco- por tu geometría.
Con los shorts deportivos, tus muslos
lisos aprietan la moto, jalan
desesperadamente la máquina veloz
que lleva tus carpetas, desordena tu pelo,
abre tu camisa suavemente azul
y corre, como el futuro, hacia parte ninguna.
Tus piernas y tu rostro, brillando,
deshacen la literatura y dejan atrás
las líneas de Mondrian y los sueños de Magritte…
Tus muslos en el sol de la moto
dejan abolido el abstracto y la postmodernidad;
el ritmo desordenado de tu pelo
deshace los ritmos trocaicos y los espondeos
mientras -en tus carpetas, con una novela
de Chester Himes- todos los innúmeros
traductores de Horacio, tan preclaros, se suicidan en fila…
Te miro en la tarde urbana,
muchacho sin nombre, desganado de verano y moto,
y una emoción me arrastra,
puedo jurártelo, más allá del trivial erotismo.
Tu belleza, hecha velocidad, simetría y sinsentido,
es todo lo que tiene el mundo.
El mundo entero.
Sin ayer, sin mañana, sin historia y sin dios,
sin caridad, ni daño, sin dolor,
eres la pura euforia que sería la vida,
si la vida absoluta pudiese en nosotros ser
-y no puede-
algo más, poco más, que este fugaz minuto.
Tu minuto de sol y moto, con las piernas desnudas.
(De Los gatos príncipes, Luis Antonio de Villena)

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