RAMÓN PEDRÓS
EL CULTURAL – 15-12-05
Luis Antonio de Villena (Madrid, 1951) se reveló como uno de los poetas más interesantes de su generación con Hymnica. Treinta años después nos ofrece un experimento de una provocadora originalidad en nuestra recatada tradición literaria, tan acostumbrada a hacer de las memorias y confesiones un mero culto a la pleitesía.
El maduro escritor en que se ha convertido Villena trastoca aquí el sentido de los géneros literarios. Si en la poesía extiende la emoción hacia la evocación de paisajes o tiempos fenecidos, carga su prosa liberadora de una gran intensidad y precisión. Además, “el niño indefenso y díscolo que nunca ha dejado de ser”, al mezclar verso y relato y hurgar en la memoria precipita la confidencia, redondea una estética que incluye una ética del renunciamiento y construye un ideario.
El poeta se recuerda recorriendo con voracidad insaciable la vida nocturna del Madrid de entonces, “habitada por la pasión, el ocio y la belleza”, en particular los iconos gays de la época, en frenética búsqueda de “chicos guapos” en los que ve reflejado el canon helénico de la belleza varonil. Sin embargo, aquel joven dandy siempre supo que esa pose decadentista “no es sino un grito desesperado para decir que es necesario un mundo distinto, un mundo más libre, más generoso…”.
Los días de la noche es un valiente y bellísimo ejercicio sobre el delgado tapete de nuestra literatura, de una sinceridad rutal, con nombres, persecuciones, besos diluidos en encuentros fortuitos o logrados mediante la seducción o el dinero. Pero sobre todo es un feraz diálogo del poeta con su obra: la explica, le pone rostros, mientras repasa lecturas, reivindica autores, como Gil-Albert, en tanto esculpe una prosa refulgente como la belleza de los cuerpos amados, y hace desfilar una galería de personajes vinculados a aquella etapa, como Haro Ivars.
Al final el poeta topa con la decepción por la pérdida de la juventud, lo cual provoca esa melancolía impotente porque “la belleza es algo terrible / y pavoroso”. Villena no nos ha propuesto un simple recuento de experiencias amorosas sino el agónico relato de la persecución insatisfecha de la belleza, porque una vez “vista o tocada la belleza, se desea siempre algo más”.
(De El Cultural)

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