FRANCISCO DÍAZ DE CASTRO
EL CULTURAL – 17-23 DE JUNIO DE 2004
Como “falsos sonetos verdaderos” presenta Luis Antonio de Villena los poemas de Desequilibrios (2001-2003), un libro que aplica a la reflexión en presente el autoanálisis de Las herejías privadas, su libro anterior.
Si, como indicaba el subtítulo “Infancia y daño en un pequeño país oscurecido”, aquellos poemas recuperaban la memoria íntima en la España del franquismo, los textos de Desequilibrios se centran en la consideración del envejecer sobre el trasfondo de esta España del aznarismo, en la que “Políticos oscuros de una derecha infecta/desgarran, otra vez, los sueños y la letra”.
      Desde la disidencia, moral histórica y moral estética aparecen más desnudamente contrastadas en la poesía sucesiva de Villena, que nos ofrece en cada libro nuevos modos de expresar sus convicciones, su desengaño, su fe en el arte y en la belleza efímera.
Desequilibrios está compuesto por una sola secuencia de 51 sonetos con variaciones rítmicas en torno a la estructura básica de esta estrofa y que en su desarrollo lógico imponen a la escritura unos límites que obligan a ceñir en semejanza cada reflexión, cada escena y cada homenaje. Por su parte, estos homenajes literarios y las referencias culturalistas establecen el otro referente imprescindible del arte como territorio alternativo donde “centuplicar la vida” y su complejidad: Milosz y Quevedo, Góngora, Rimbaud, Villamediana y otros propician unos diálogos que sostienen el claroscuro de unos convencimientos en los que siempre el deseo resiste al tedio, al orden, a la erosión de la caducidad: “sólo Catulo permanece y dura”, dice Villena rehaciendo a Quevedo.
      Desde la sensualidad de su lenguaje aborda el poeta los desequilibrios de una conciencia que confronta juventud y envejecimiento, la incitación del eros en la “acre edad hostil” desde la que la voz se expresa con melancolía, con sarcasmo, con lúcida gravedad: “contra el odio se nutre el corazón en lejanía”. Hasta el elogio de la belleza de Iker Casillas, “príncipe de piedra y viento”, se lleva en los tercetos a la reflexión sobre el tiempo: “sin fungibilidad, sin lo efímero, no existiría la belleza”. Y así una y otra vez en los asedios de la mirada al esplendor de lo joven.
      “Voluptuosamente habla un hombre vacío”: la evocación de la juventud pasada y la contemplación presente de los cuerpos pujantes (“oro repentino en la cámara de la tristeza”) suscitan la doble respuesta de quien, ya en otra edad, reitera en estos sonetos que “a veces la belleza transforma todavía y sacraliza/ la vida” y se autorretrata desde la soledad sentimental (“¿De qué amor hablas tú, verbenero/insano, que nada sabes del amor sino la voz ausencia”?) y desde el descrédito de la amistad (“Y es humo la amistad, y desaliento”). Prevalecen, sin embargo, en esa fiel rebeldía del autor, la belleza del mundo y de los cuerpos, el homenaje al falo, el deseo, el fervor del lenguaje (“En larga conversación con los difuntos,/sólo soy si me nutro y siento de palabras”). Un fervor, como el del arte, que equilibra la gravedad y la melancolía del conjunto con el calado vital de su ejecución plástica, de su verdad estética y de su coherencia con toda la obra anterior, antologada ahora –pocos poetas de antología tan difícil como Villena– en Alejandrías, en una selección de Juan Antonio González Iglesias a la que sirve de prólogo la inteligente y eficaz lectura de quien, además de buen poeta, es uno de los mejores y más preparados conocedores del mundo del autor.
(De El Cultural)

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