CARLOS MARZAL
Aunque la poesía no sea otra cosa que una adecuada disposición de palabras, tiene el don de evocar la vida entera, y el poder para convencernos de que en unas cuantas palabras bien dispuestas cabe entera la vida. Por esa razón, hablar de poetas del lenguaje resulta una redundancia y una imprecisión. Ahora bien, en algunos poetas más que en otros la disposición de sus palabras nos transmite la intensidad de la vida al rojo vivo. La poesía de Luis Antonio de Villena se ha caracterizado por la exaltación de la singularidad en los recodos de la vida y en los entresijos del arte. Uno de sus poemas más célebres del ya lejano Hymnica se titulaba precisamente Un arte de vida, y allí nos invitaba a «Vivir sin hacer nada. Cuidar lo que no importa».
      Desde la aparición de Marginados, la poesía de Villena, sin dejar de ser la misma, se ha vuelto otra. Sus lectores reconocemos su antiguo culturalismo de estirpe existencial, su preferencia por el poema de personaje, su aliento narrativo, su sentenciosidad aforística, pero descubrimos que se ha violentado su dicción, se han entenebrecido sus temas y se ha radicalizado su universo moral. Al poeta hímnico de siempre le ha aparecido un Mr. Hyde elegíaco que escribe desde el desafuero, desde el delirio que daba título a su anterior libro.
      Celebración del libertino es una nueva vuelta de tuerca en la búsqueda de un decir salvaje que celebre la vida más intensa. Villena añade a su inconformismo de ciudadano el del artista que persigue saltarse las barreras de su propia obra, para no pasar por la senda hollada de sí mismo. A menudo, la forma de apostar por la dislocación de un mundo de decepcionante tibieza y de putrefacto orden exige la acertada dislocación de su decir: «La oscuridad brilla una piel y clandestina todo». El libertinaje de Villena se debe a una actitud de inmoralismo cívico, es decir, a una defensa de la individualidad contra todo aquello que trata de arrebatárnosla. De ahí que sus héroes sean alucinados, visionarios, santos, parrandistas, fornifolladores, ángeles de una noche, demonios emputecidos, sabios oscuros: los que andan por las afueras de la vida.
      Villena ha convertido el exceso y la extrañeza en un impulso místico, para hacer del éxtasis una religión de los felices. Por eso, a este magnífico libro se debe asistir con el mismo espíritu con que se acepta la invitación a una orgía: con apetito de novedad, agradecimiento por la diferencia, cierto fervor de asceta y el corazón apache.
(De elmundolibro.com)

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