Alguien con la boca ensangrentada, pide otra sangre.
Arrastrándose – astilla y no bastón – recorre la acera una mendiga.
El corazón del daño vibra en cada segundo de la vida.
Seguir duele. Duele decir, escuchar o no haber dicho, duelen.
En una vieja estación abandonada – cuenta un amigo – unos
      chavales
apalean a un perro bajo el sol. El animal se arrastra, ensangrentado,
y muere: imagen del mundo – cuenta – somos el can escuálido
que agoniza de daño vivo, la mendiga, somos los insultados, los
      dolidos.
Lenitivo es sentirse llagas puras. Verdad que nos dañan
y pegan, incluso sin querer. Pero este absurdo sentido de ser
      hombre
consiste unidamente en ser mendiga y perro ensangrentado,
      heridos,
y los rudos chavales que golpean. Perro y palo. A la par, agredido y
      agresor.

(De Marginados, Luis Antonio de Villena)

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