Estás, alguna vez, al borde del desprecio.
Piensas que son ineptos, elementales, pobres,
que reiteran sus penas como un círculo obtuso;
y te da asco pensar que se acuestan con tantos,
o que gimen pasión con delirio fingido…
(¡Qué nostalgia ese día por el amor de veras,
por la entrega que busca tu yo sin más prebenda,
por las dulces caricias que ocurren sin sospecha!
¡Qué nostalgia por ese atroz, feliz, huido paraíso!
Pero mírate entonces (en la hora del dengue y la repulsa)
las noches que los luces a tu lado como sacres
soberbios, y el orgullo – tan cierto – que ostentas
al comprarlos, pagando con más oro su cuerpo y su belleza.
Recuerda la tarde que te sentiste solo,
y ofrecieron su mano y la sonrisa sin preguntarte apenas.
Tu jactancia, el adorno, la pasión y los celos,
la compañía dulce o la inquietud buscada a tientas,
te la regalan ellos. Y si es cierto que a veces
te aburrieron con roma germanía o voces de miseria,
cuántas más altos te exaltan con beldad absoluta,
permitiéndote armar sobre un cuerpo desnudo,
leyendas y aventuras que nunca alcanzarías.
Es muy cierto y verdad que duran poco,
y que aunque en ocasiones sean tan buenamente amigos,
no pueden obsequiarte ese amor que ellos y tú
y los otros, habéis hecho pedazos con manos egoístas;
mas siendo como son un error tan platónico,
corrigen con su fallo la mal Naturaleza:
La hermosura que no sabes si obtendrías
(y a diario la tocas), el amor imposible,
las pasiones oscuras, la amistad, los instintos,
la sensación fugaz de que todo es perfecto,
un día soberano que mezcla – como el arte –
la verdad y la mentira, la plenitud vital postiza
pero cierta, el halago que sientes al verte deseado
– y no importa el porqué de tal deseo –
todo eso, todo absolutamente, a ellos se lo adeudas.
Así es que – y mira tú por dónde – la felicidad
consiste, más de un día, en un pequeño error,
en un bonito y justiciero desarreglo
en el Perfecto acorde que la vida nos veta.

(De Como a lugar extraño, Luis Antonio de Villena)

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