Para José Olivio Jiménez

                                    I
Se puede decir de muchas cosas. Puedes aplicar
el nombre (y lo aplicas) a menudo. Pero lo que
la Belleza verdaderamente es lo sabe sólo el corazón
cuando se arrastra, cuando tiembla ante la forma hermosa,
y quisiera pararse allí, acampar para siempre en
ese oasis, olvidar el destino, contemplando, bebiendo,
nutriéndose de esa armonía que hace suspirar el alma.
Parado en la calle, como un beodo idiota, como absoluto
necio sin sentido, mirando sus ojos, su cuerpo,
la magia irredenta de su juventud. Su hechizo sin nombre.
                                    II
Ahí sería el Amor. Esos ojos serían
la amistad, que hace música. Su cuerpo
sin memoria, real, nosotros dos, juntos, riendo.
Tú serías la tarde del invierno fumando
en un estudio; la perfección de tu sonrisa
aquel día, saltando por el frío, brillantes
como estrellas, en las canchas, esperando la gloria
singular y la carrera y la cerveza que sólo
embriaga en el País de la Juventud… Contigo
sería la excursión, el fuego, el cántico nocturno,
la mañana del río -tus piernas dejando aromas
de verano- ahí la sinrazón, los dioses, la alegría;
Malasia que aproxima en vientre aventuras,
las selvas, los cafés para copiar apuntes, yo
tus mismos ojos, tú el amor, así la amistad,
el deseo ahí, allí la voz fratría, el placer,
la dicha de ser como no nos sabemos, tú
el valle, el paje, los lirios, la poterna, todo
lo que ni tú ni yo, plurales, hemos sido…
¿Qué haces ahí, tan brillante y tan bello?
                                    III
Me tienta decir que eres ya otra persona.
Y que poco en ti queda de la magia que amaba.
La clepsidra, cuya acción es el cambio, sobre ti
ha ido dejando caer días muy veloces
y todo es diferente, aunque quien ahora mira
por primera vez, contemple todavía una obra perfecta.
Pero puesto que aún eres admirable, y estás aún
sobre la cresta altiva de la ola de tierra, lo que debo
decir es otra cosa. Verte como una acumulada
sucesión de tesoros. Como el fértil agosto que se extasía
en sus soles, como el día de luz que no
presiente otoños: Luna y hoguera si se crecen las tardes.
Potente dios con cuerpo iluminado, te veo ahora,
en el minuto fugaz que tú eternizas. Lo ignoras,
pero de ti envidio más la vida que lo hermoso,
y adorarte, mancharte, hurgarte, profanarte sacaramente
para tu propia loa, cubrirte de perfumes y gritos
hasta la última muerte, sería para mí justicia y salvación,
para ti sólo un instante más, otra ofrenda sin nombre
ni memoria. Los dioses mueren, mas no dejan de serlo.
Y todo dios es una exacta sucesión de muchos dioses.
                                    IV
Pido que fenezca este imperfecto mundo.
Que las ideas cobren la apariencia de cuerpos.
Que la luz sea tangible, pero que sea luz,
y que se vea música en los rizos dorados…
Nos pido a ti y a mí en la misma materia,
y que en la antigua y alta forma del amor,
el rostro confundamos y el deseo entre estrellas…
(De Huir del invierno, Luis Antonio de Villena)

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