Recordando su talle, gimo de amor, como las palomas que lloran sobre las ramas.
                                      UMAR BEN UMAR

Destroza el mar la noche cual pálidos amantes que en sus lechos
      vacíos de la boca exhalasen arroyos como nardos.
Despide el mar sus vahos en la noche de estío, y fresas en los labios
      dos amantes desnudos caminan por la arena, dibujos de
      oxiacantos en los dientes, como nieva en tu cuerpo cuando el
      arpa se quiebra por las noches en sus patios vacíos.
Rompe la espuma negro silencio de océanos como manos ardientes
      tracean caracolas y retuercen las urnas de los fondos donde su
      luz desgranan aromas como abismos.
Alejados, tu voz oí en la sombra como anda un felino, el desgarrado
      anillo de tus pasos de bronce, la mansedumbre igual de tus
      labios a perlas, el horizonte azul de tus pestañas, tu cuerpo
      como alfombras de vítrea maravilla. Reminiscencia de alientos en
      la almohada, de crines en tus labios, yo distinguía tu voz
      cálida y pura.
Expresar no podría la arena en el desnudo, la brisa por el cuerpo,
      columnas que se queman en gélidos teatros de panteras,
      enveses de las hojas, la savia macerada por conjuros de diosas
      en profundas rodillas. Desconoce del fuego los altares
      siniestros quien sus manos no ha visto, un dardo me atraviesa
      por las noches y en la playa canora de los dulces estíos, la
      embriaguez de la vida me ata al mundo como el tallo gramíneo
      iridiscente de los lilios.
Recuerdo entre las ondas las pasadas grandezas, el agua en mis
      cabellos estandartes convierte de planta por la noche los
      siniestros bajeles. Me alejo. No te oigo. Y en la línea grisácea de
      una playa de oro, los restos se adivinan de naufragios, de
      apagados o efímeros desnudos.
Tú seguiste mis huellas en la arena, porque el amante niega la
      verdad de los lustros y en cenafas convierte las voces de las
      ninfas cuando la nieve ronda entre sus labios y al mirar los
      vacíos de la noche inseguros, mi nombre gritaste entre gaviotas
      negras, pálida amante de la luz, rosa de feldespato, tibia
      artemis desnuda…
Mientras yo contemplaba tu luz entre los lienzos, envuelto en mansos
      pliegues de las ondas, gorriones traspasando la barrera del
      tiempo, escualos de horizonte vertidos por los ojos, como si
      lejos el karma de las flechas del mundo, heráclitos soñase en
      ríos de verano, contemplando por fin, faltos de niebla, el lugar o
      los cuerpos de sirena, nícticas amantes que en otro tiempo
      amamos…
Porque es el amor cifrar en lejanía, el viento de los tigres por la
      noche o recuerdo de un beso como lluvia caliente en las pupilas.
      Encenderse es amor en mística de instantes, cargueros que se
      hunden, lentas mitologías de dioses o zalemas en faz de
      terciopelo, un segundo en las playas del estío, el mar como tus
      ojos, recuerdos de sirenas en noches de abalorios o de espumas
      de ónix y después, cimitarra de luz que se pierde en la tarde,
      después de los magnolios viene siempre el olvido…

(De Sublime solarium, Luis Antonio de Villena)

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