Los caminos del lector son inescrutables. Hace algunas semanas, después de escuchar, en esta tribuna del Aula de Literatura y en sus aledaños, elogios del escritor Miguel Espinosa, me decidí a leerlo y comencé, de sus libros, por el que resulta hoy más accesible, Asklepios, el último griego, el drama de «un hombre desterrado en el tiempo, extrañado de su época y separado de su patria por el hueco de los siglos», de un espíritu griego abandonado a su suerte en el mundo contemporáneo. Quién me iba a decir a mí que las atinadas e inteligentes impresiones de Asklepios, que se cruzaron en mi camino casi por casualidad, me iban a servir de inesperado preámbulo a la lectura del poeta que nos acompaña esta noche, Luis Antonio de Villena. Asklepios dice cosas como estas son las nostalgias que yo, un griego, vivo: nostalgia de la Verdad, de la Belleza y de la Bondad, o como, rehúso la tristeza, pero valoro la melancolía. De vez en vez, mi naturaleza se torna melancólica, y halla su gozo en los dulces brazos del desencanto o, en otro lugar, exclama ¡Emoción del desnudo habida en mi juventud!, rostro inmanente y temeroso de la verdad, huida del ser hacia el origen, disposición mística, comparecencia del destino, yo te amo, y uno, leyendo, entre otras, esas palabras, no puede dejar de apreciar en ellas cierta afinidad con el Villena anhelante de belleza antigua, con el Villena decadente y melancólico o el Villena vitalista que canta triunfal la perfección del cuerpo joven. Y es que la lectura funciona un poco así, de manera inescrutable, los libros se suceden como siguiendo una lógica oculta, con misteriosa premeditación, y de pronto un libro inesperado como Asklepios se convierte de la forma más natural en clave de lectura de la poesía de Luis Antonio de Villena, y uno, asombrado, acaba por preguntarse si semejante armonía será fruto sólo del azar o si al cabo no existirá una divinidad secreta que guíe los inciertos pasos del lector fervoroso.
      Comenzando ya con Luis Antonio de Villena, muchas han sido las limitaciones de éste, que ahora lee y que días atrás preparó el cuadernillo que tienen en sus manos, a la hora de dar cuenta –en pocas palabras y apenas veintiocho páginas– de la amplia obra del poeta. Insistiré en hablar de Luis Antonio de Villena como poeta, no porque olvide sus frecuentes y fructíferas incursiones en otros ámbitos de la literatura, sino porque, como él mismo ha afirmado en más de una ocasión, se considera, esencialmente, un poeta, e incluso ha llegado a decir que, como hizo Jean Cocteau, bien se podría agrupar toda su obra bajo el epígrafe común de Poesía o Poesía completa, en la medida en que toda ella, sin dejar de ser narrativa, ensayo o periodismo, está recorrida por un notable trasfondo poético.
      Si nos referimos a las manifestaciones adyacentes a esa palabra esencialmente poética de Luis Antonio de Villena, tendremos que hablar de la ingente cantidad de obra en prosa que ha publicado desde que, recién acabada la carrera de Filosofía y Letras, escribiese por encargo el ensayo La revolución cultural (desafío de una juventud), un libro sobre la contracultura o –acaso mejor dicho– sobre la cultura a la contra, que reorientó sus pasos hacia la literatura y el periodismo cultural, truncando una trayectoria que parecía conducirle inexorablemente hacia la docencia. Entre aquel libro de 1975 y Los días de la noche, de 2005, Villena ha publicado, entre otras muchas obras, ensayos sobre el dandysmo, sobre Kavafis, Óscar Wilde, Caravaggio o Luis Cernuda, libros de relatos como El tártaro de las estrellas o La fascinante moda de la vida, novelas como El burdel de Lord Byron, El mal mundo o El bello tenebroso, en suma, una vasta obra en prosa difícil de abarcar sin recaer en interminables enumeraciones.
      Pero el poeta ejerce, además, como afanoso secuaz de la diosa de la lectura cuya hipotética existencia planteábamos antes. De la mano de Villena, sin duda muchos lectores en este país han descubierto obras y autores fundamentales, y me refiero aquí a su prolongada labor de difusión y crítica literaria tanto en la radio como en la prensa escrita, a sus traducciones del latín, del francés, del inglés, entre las que podemos destacar poemas de Catulo, poesía simbolista francesa o las Cartas de cumpleaños de Ted Hughes, y también, cómo no, a la edición de antologías poéticas, algunas de ellas de poesía joven, en las que ha asumido la siempre arriesgada tarea de poner de relieve nuevos valores, entre ellos, por ejemplo, en la antología 10 menos 30, a un poeta nacido en Plasencia aunque desconocido para muchos de nosotros, Ángel Paniagua.
      Hablemos ya estrictamente de poesía. La trayectoria poética del autor comienza con la publicación en 1971 de Sublime Solarium, un libro muy propio del momento novísimo que vivía entonces la poesía española y muy propio también, imagino, de aquel Villena de dieciocho o diecinueve años, un libro tremendamente vital y rico en referentes culturales, un libro acaso excesivo pero en el que, sin duda, se encuentran ya muchos de los temas, muchas de las claves de la poesía que ha venido escribiendo con posterioridad. En los siguientes diez años se suceden Syrtes –que no verá la luz hasta el año 2000–, Viaje a Bizancio, Hymnica y Huir del invierno que recibe, en 1981, el Premio de la Crítica, libros, sobre todo estos dos últimos, que consolidan, con apenas treinta años, la trayectoria poética de Luis Antonio de Villena y en los que destacan, además de vitalismo y culturalismo, dos vías paralelas que contribuyen, entre otras, a dar unidad a esa trayectoria. Por una parte, la contemplación gozosa de la belleza con minúsculas, una belleza fundamentalmente masculina y adolescente, carnal y clásica, que sirve al poeta para subir, cuerpo a cuerpo, la escala invisible y luminosa que asciende hacia la Belleza con mayúsculas, en un juego platónico de mayúsculas y minúsculas en el que se ven asimismo enredados el amor y un deseo gozosamente demorado, y cuya contrapartida, desde la toma de conciencia del tiempo y de la condición efímera e impura de la belleza encarnada, es el camino contrario, oscuro y decadente, que lleva a la frustración, la melancolía y la soledad, y que se manifiesta en versos como los finales del poema «Cuesta abajo», de Huir del invierno, perder es el gesto más noble de la vida (…)/ perder es el último acto de dandysmo, unos versos y una actitud que, unidos a su decidida y personalísima estética, han dado en que se le haya calificado, probablemente hasta el hartazgo, de dandy, a menudo en su acepción más simple y superficial, como corresponde a todo intento obstinado de implantar una etiqueta.
      En cualquier caso, Villena no es sólo el poeta idealista y, al mismo tiempo, decadente. Es un poeta que huye del invierno y refleja en sus poemas el calor del sol mediterráneo, pero también la noche y sus esquinas, que retrata cuerpos en plenitud y cuerpos rendidos, que recrea instantes vitales de la Grecia clásica, Roma, el Islam más sensual o la Edad Media y recorre escenarios urbanos propios de la poesía de la experiencia como son bares, billares o discotecas, que unas veces rescata del olvido del tiempo y encarna voces ajenas, a menudo la de escritores como él mismo heterodoxos, y, otras, emplea en sus poemas un yo decidido, narrativo, autobiográfico.
      Dicen que al Villena platónico y contemplativo de los primeros libros le sucede, fundamentalmente a partir de Marginados, pero también en Celebración del libertino, Las herejías privadas o Los gatos príncipes, un Villena más realista y combativo, que toma partido, asumiendo un compromiso político directo, defensor de la individualidad frente al orden y la moral establecidos, aunque puede que, en gran medida, ese inmoralismo cívico que ahora destaca no sea sino la consecuencia lógica y necesaria del ferviente paganismo que ha venido siendo seña de identidad del poeta desde sus orígenes. Como señala Juan Antonio González Iglesias en su excelente prólogo a Alejandrías –antología de la obra de Luis Antonio de Villena publicada en 2004 en Renacimiento–, «sus primeros libros se acogían a una helenidad cultural que básicamente era anterior al cristianismo. Entonces casi escribía como si fuera un griego o un romano de los que ni siquiera imaginaron lo que se les venía encima. En realidad, no eran paganos porque no sabían que lo eran. No se oponían al cristianismo. (…) Años después, la paganidad de Luis Antonio se vuelve efectiva. Consciente. Es la del que conoce bien el otro orden moral, emplea incluso su lenguaje. Es posterior al cristianismo. Protesta como un verdadero pagano: coexiste con los cristianos, lucha contra ellos». Paganismo este que nos devuelve al principio, y no me refiero –aunque también– a los orígenes nuestra civilización, sino al principio de esta presentación, y que le lleva a uno a preguntarse quién resultará al fin más merecedor del título de último griego, si aquel Asklepios de Miguel Espinosa o el poeta, el pagano, el esteta, el disidente Luis Antonio de Villena.
Juan Ramón Santos

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