Sr. D. Carlos Bousoño
Altavista 88
San Ángel
D.F.

                                                                  D.F. 26 de enero de 1948

Apreciado Carlos:
      Son las 4.30 de la madrugada, y como no consigo dormir me levanto y te escribo. ¡El insomnio es culpa tuya, pero no es un reproche! Me pasaría una y mil noches, como en el cuento, hablando contigo. Eres un maravilloso conversador, y tu generosidad y simpatía me han emocionado. Qué divertidas las anécdotas de tus clases en la universidad americana cerca de Boston, con esos «códigos de conducta» que el profesor ha de cumplir, más obediente que las propias alumnas. Te parecerá una estupidez, pero yo le tengo manía a los Estados Unidos, un país por lo que sé muy mojigato y también, a pesar de su riqueza, con muchísima injusticia social.
      He sentido también envidia, una envidia no malsana, recordando todo lo de tu vida familiar aquí en San Ángel, esos meses que pasaste hace más de un año en la lujosa casa de tus tíos. Por lo que contabas, tu tío Carlos, su mujer y tus dos primos deben ser fenomenales, una familia tan adinerada y que se dedica a la música clásica; no había oído nunca hablar de ese compositor ruso Stravinski, que dices que es tan famoso y le saludaste en el concierto privado de tus tíos, pero es que yo soy muy ignorante. Y además de ignorante y desengañado de todo ahora soy un solitario. Puede decirse que he perdido para siempre a mi familia. La poca que tengo está en Madrid, y será difícil que les vuelva a ver.
      Quien de verdad me ha quitado el sueño es Vicente, o, mejor dicho, mi recuerdo de Vicente, que desde que salí de España fue apoderándose de mi cabeza día por día.
      Tus palabras de hoy, trayéndomelo como es él ahora, valeroso, independiente, ignorado por los franquistas, leído con entusiasmo por los jóvenes, han servido para darle todavía más presencia dentro de mí.
      Aunque era la primera vez que nos veíamos, ya te siento después de esas horas, ¡seis horas!, «platicando» contigo como un viejo amigo; y te hizo gracia mi «mejicanismo» de platicar, que tú me has aclarado que es palabra española clásica. Agradezco muchísimo la confianza con la que me hablaste de tu intimidad y cómo, siendo tú tan joven, de aspecto más aún que esos 26 años que tienes, hayas establecido tan franca y cordial comunicación con un hombre que ya va para los 40 y muy envejecido por los «malos tragos» que la vida me ha hecho beber.
      También pude constatar no sólo lo que quieres a Vicente sino la gran admiración por su obra, que tú entiendes muchísimo mejor que yo y, como se vio en tu conferencia, sabes explicar claramente, revelando cosas que a mí me pasan desapercibidas. Se nota que tú también eres poeta. Yo no soy persona de letras, aunque gracias a Vicente me aficioné un poco a la poesía y leí bastante hasta que empezó la guerra, sobre todo a los clásicos del siglo de oro y a Bécquer y Rubén Darío, pero no sabes lo que me gustaría conseguir ese estudio tuyo sobre la poesía de Vicente que me dijiste que va a publicarse en España el año que viene. ¿Dónde estaré yo el año que viene?
      Tan contento estaba de tu acogida cariñosa y tus palabras de ánimo, que al ir a marcharme del Café París pensé hacerte el mejor regalo que yo podría hacer a nadie, el ejemplar de La destrucción o el amor que Vicente me regaló en 1935, a los dos años de empezar nuestra profunda amistad.
      Como te expliqué al mostrártelo, Vicente lo hizo encuadernar especialmente para mí en piel de Rusia, y ese libro sobre el que tantas lágrimas he derramado, no todas amargas, es lo único del Andrés Acero de antes que no perdí. Ni en las trincheras ni en la huida por la frontera de Portbou ni en el campo de refugiados de Saint-Cyprien ni en los demás avatares del exilio. Llegó conmigo, casi como mi único equipaje, a México, y desde junio de 1939 ha sido la mejor compañía que he tenido en esta ciudad donde ni consigo ser de aquí ni vivir, como otros españoles consiguen, creyendo estar allí. Por eso al final decidí no dártelo. Es lo único valioso que poseo, y no por el precio del ejemplar, ya te figuras, sino por otra cosa. En cada una de sus páginas hay algo de mi propia vida, y cada una de sus palabras yo la siento puesta por Vicente para mí, aun sabiendo que el libro lo acabó antes de conocernos. Sin ese libro mi vida tendría aún menos relieve del que yo le veo ahora. Mientras pueda, seguiré agarrándome a él todos los días, y releyendo sus versos.
      Lo que sí quiero que tengas es Al amor, sobre todo al haberme dicho tú que es un poema que no ha salido nunca en un libro. Vi cómo te emocionaste al reconocer la letra de Vicente en esa hojita ya un poco amarilla, escrita a mano por él para que yo la tuviera. Con qué nostalgia me he acordado aquí en México de ese mar que él describe «sin sombras, sin vestidos, sin odio, suave como la brisa ligada al mediodía».
      Voy a dejarte yo mismo el sobre con esta carta y la poesía de Vicente en el buzón de la casa de los Prieto en Altavista, antes de que te despiertes y salgas. Sé que hoy es un día difícil para ti, por ese encuentro de despedida con tu padre, «más mexicano que asturiano» como dijiste, pero yo estaré en casa, de la que apenas salgo, por si acabas pronto y quieres que vayamos a tomar un trago juntos. Y esta vez prometo callar más y dejarte hablar sólo a ti, que tienes mucha más facilidad de palabra que yo.

      Abrazos cordiales, en el momento en que empieza a amanecer, de tu agradecido amigo

Andrés

(De El abrecartas, Barcelona, Anagrama, 2006)

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