El día 14, bajo el punto de mira de las armas de los tres ejércitos, tuvo lugar el Referéndum, y por supuesto ganó el sí del miedo. La Ciudad Universitaria parecía al día siguiente un campo de maniobras, y la única respuesta posible en la explanada entre Derecho y Filosofía fue quemar los periódicos de la mala noticia, gritar de lejos no y dispersarse ante el nuevo avance de la policía. Dos prochinos de Químicas lanzaron cuatro cócteles Molotov al paso de un furgón policial, y aunque les salió con mala puntería también esa imprudencia temeraria fue aprovechada en contra de nuestros intereses por el régimen. Las vacaciones de Navidad se adelantaron con un cierre de todas las escuelas y facultades del distrito.
      Celebramos las fiestas en una casa del barrio de Entrevías donde vivían nuestros compañeros burgaleses. En Nochebuena, cenando todos lo mismo que otros días, oímos por la radio el mensaje del Generalísimo, sin parar de reír cuando decía: “Tengo que preveniros de un peligro. Con la facilidad de los medios de comunicación, como la radiodifusión, el cine y la televisión, se han dilatado las murallas de nuesra fortaleza. El libertinaje de las ondas y de la letra impresa vuela por los espacios, y los aires de fuera penetran por nuestras ventanas, viciando la pureza de nuestro ambiente. El veneno del materialismo y de la insatisfacción contamina a la juventud universitaria española, con el resultado de que los fantasmas del neoliberalismo, el progresismo y el neutralismo ideológico han entrado ya en su recinto”.
      En Fin de Año brindamos con sidra mientras los camaradas obreros contaban conmovedoras escenas de afiliación masiva en sus talleres. Marcela, estudiante, cantó a las uvas, quizá con una copa de más, la futura alianza de la fuerza manual y el pensamiento en el seno del grupo de Burgos. Y la noche acabó con una ligereza. Saltamos demasiado en la calle, cuando los que vivíamos en el centro decidimos volver a casa, y hubo mareos, vómitos, una caída al suelo en redondo, una brecha en la frente. Y con ello el peligro. Acudieron a auxiliarnos unos vecinos, un policía municipal, dos borrachos de buena disposición, y a punto estuvimos de acabar la fiesta en la Casa de Socorro de Entrevías. Identificaciones. Curaciones. El peligro.
      Afortunadamente, Marcela intervino con cordura, serena de repente por el viento helado o la propia alarma. Espantó a los samaritanos presentándose como estudiante de enfermería a punto de acabar, y curando al herido allí mismo, en el bordillo de la acera, con un torniquete de tira de enagua.
      A las seis de la mañana, coagulada la sangre de la frente, pasamos por la Puerta del Sol cubierta de vidrios y de gorros aplastados de papel. A las siete, llevando los dos chicos al herido en brazos, entramos en casa, mientras Marcela, de nuevo alegre al pasar el peligro, canturreaba “La Internacional” a la velocidad de un bailable.

(De La Quincena Soviética, Barcelona, Anagrama, 1988, pp. 35-36).

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