RICARDO SENABRE
EL CULTURAL

      Esta nueva novela de Vicente Molina Foix se halla tan impregnada de recuerdos y experiencias personales, tan nutrida de elementos cronísticos que resulta a veces problemático deslindar la ficción inventada de la realidad y sus diversos estratos de transformación artística. Si atendemos al fondo del asunto, nos hallamos una vez más ante la reconstrucción de una larga etapa de la historia española, entre 1929 y 1999, si bien la novedad más llamativa reside en el hecho de que la historia se erige fragmentariamente, a base de yuxtaponer casos concretos centrados en distintos personajes –activistas políticos, policías, delatores, cineastas, estudiantes, etc.– cuyas circunstancias se narran en una serie de cartas que diversos corresponsales se dirigen y cuyas informaciones permiten al lector recomponer sin demasiado esfuerzo las vidas evocadas y el entorno histórico y social en que transcurren.
      Numerosas cartas y varios informes policiales forman el entramado verbal de El abrecartas. Personajes de ficción se mezclan con individuos reales, como Vicente Aleixandre o el cineasta Antonio Maenza, e incluso el autor aparece fugazmente mencionado, junto a algunos compañeros, en un par de ocasiones. Hay, pues, seres reales que actúan, que reciben y contestan cartas –como Aleixandre–, junto a personajes que a veces parecen encubrir a personas existentes y que invitarán tal vez a ciertos lectores a considerar El abrecartas como una novela en clave, de ésas cuyo principal aliciente suele ser el rastreo de las identidades que se ocultan bajo nombres ficticios, es decir, algo sin demasiado interés literario. Como obras en clave han sido leídas con frecuencia muchas obras, desde las Églogas de Garcilaso o la Diana de Montemayor hasta Troteras y danzaderas, de Pérez de Ayala, o El Giocondo, de Francisco Umbral. (…)

(Puedes leer la reseña completa en El Cultural)

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