Plasencia, 5 de noviembre de 2006

Estimado Vicente Molina Foix:

         Ante todo disculpe el que, pudiendo ir al grano y centrarme en cuestiones de más interés, comience esta carta con innecesarios rodeos, haciéndole partícipe de ciertas estúpidas, despreciables cábalas que he ido trenzando al hilo de sus novelas. Al leer Los padres viudos me llamó la atención el hecho de que el Profesor Alcaraz, esa suerte de gurú fraudulento a tiempo parcial creado por usted, hubiera protagonizado, entre otras hazañas, una gira triunfal por Extremadura. Supongo que es normal haber reparado en tan insignificante detalle: no sé si por inconfesable orgullo provinciano o por una curiosidad legítima y abierta de miras, uno tiende a estar atento a lo que desde fuera puedan decir del lugar donde nació y en el que vive. En cualquier caso, la mención a Extremadura no pasaba de ser eso, una mención –aunque no exenta de sarcamo–, y no le di la menor importancia. Que más tarde, en La Quincena soviética, apareciese un camarada burgalés llamado Cáceres no dejó de parecerme una curiosa coincidencia, pero cuando descubrí que la inquietante protagonista de La mujer sin cabeza pasaba su trágica luna de miel en la Vera y que, en su penúltima novela, Jeremy, el primer amor del vampiro de la calle Méjico, se disponía a arrojar las cenizas de su pareja en el Valle del Jerte, comencé a sospechar del desarrollo, en el conjunto de sus novelas, de una sutil, creciente y misteriosa progresión geográfica –Extremadura, Cáceres, la Vera, el Valle– que parecía acercar de forma paulatina e inexorable a sus personajes hacia mi ciudad. Cuando me hice en la librería con El abrecartas, todo me hacía esperar que alguno de los protagonistas acabaría dando con sus huesos en Plasencia, de modo que, al comprobar que uno de ellos, Alfonso Enríquez, era desterrado por una presunta actividad subversiva a Montijo (Badajoz), errando por cerca de doscientos kilómetros una trayectoria que comenzaba a parecerme segura e infalible –también inquietante, todo hay que decirlo–, no pude dejar de sentirme estúpidamente decepcionado. Por eso su visita al Aula de Literatura “José Antonio Gabriel y Galán” no dejará de tener algo de compensatorio, de poner las cosas en su sitio, eso si no responde en el fondo a alguna extraña lógica, a los insondables designios de alguna oculta trama que usted y yo desconocemos.
         Pero vayamos entrando en materia. Conociéndole como novelista y crítico de cine, me sorprendió saber que su irrupción en el mundo de la literatura había venido de la mano de José María Castellet, en la histórica antología Nueve novísimos poetas españoles, y me sorprendió también, rastreando en su bibliografía, que, después de tan destacada aparición en la escena lírica, Los espías del realista –que ya se mencionaba allí como obra inédita– no viera la luz hasta 1990, y que hasta otros ocho años después, en 1998, no publicase los poemas de Vanas penas de amor.
         Google mediante descubrí asimismo un breve texto, una escueta declaración de intenciones en la que manifestaba su condición de escritor mestizo, podríamos decir que de escritor total, resuelto, sin el más mínimo complejo de intrusismo, a hacer incursiones en diversos géneros de escritura, incursiones que forman parte de un propósito o vago programa creativo que en cierta medida ya cabía deducir de aquellos nueve novísimos poemas suyos y de las razones allí expuestas a modo de poética.
         En efecto, decía usted en aquellas líneas, al evocar la adolescencia, que era «la época en que yo cifraba todo mi futuro en la cabal dedicación al cine (dirigir películas, idea que aún hoy no desecho) y sólo para él tenía atención, todo el tiempo escribiendo sobre Hitchcock y otros autores y viendo promedios de hasta noventa films mensuales», poniendo de relieve una pasión que, por lo que he podido averiguar, no sólo le ha llevado a publicar sucesivos libros de ensayo e innumerables críticas y reseñas cinematográficas sino que, además, ha culminado –al menos hasta la fecha– dirigiendo la película Sagitario.
         Dejando a un lado el cine y la poesía, los meros títulos de algunos de esos poemas escogidos por Castellet parecían dar cuenta de otros caminos por los que había de discurrir su actividad literaria, y hablo de poemas como “Mi viaje por los teatros España” o “Dramatis Personae”, que hacían un discreto guiño al teatro, o de “Proust” o “Henry James”, pequeños homenajes a autores que, como en algún momento ha reconocido después, siguen siendo sus maestros y que revelaban allí, o así lo he querido entender, su interés por la novela.
         Como en el caso del cine, veo que, siguiendo con su ambicioso proyecto de mestizaje literario, no se ha conformado con el cómodo papel de espectador teatral, sino que ha escrito buen número de obras, desde aquel Los abrazos del pulpo, de 1985, hasta Seis armas cortas, además de un libreto de ópera. Me encontré con que también ha traducido películas, entre ellas, varias de Stanley Kubrick, actividad que no agota su labor de traductor, ya que se ha atrevido incluso con Shakespeare, incluso con Hamlet.
         Descubrimientos aparte, me he centrado fundamentalmente en su labor como novelista, el género en que se ha mostrado más prolífico y que le ha valido importantes premios, al menos, si no me quedo ninguno en el tintero, el Barral, el Azorín, el Herralde y el Alfonso García Ramos, y eso a la espera de lo que El abrecartas pueda dar de si en los próximos meses.
         Corríjame si me equivoco, pero tengo la impresión de que, por debajo de apariencias, tramas o argumentos, en sus novelas aborda en gran medida temas que gravitan en torno al vago concepto de intimidad. Son novelas de formación o aprendizaje, abruptas educaciones sentimentales que narran los entresijos de la relación amorosa, compleja, diversa, contradictoria; la dificultad de las relaciones interpersonales; a menudo la urgencia pero también, en otras ocasiones, la represión de la sensualidad, de los instintos, de cualquier opción sexual que se salga de lo establecido; que, en más de un caso, hablan de soledad y frustración. Es algo que puede resultar más o menos obvio en La comunión de los atletas, Los padres viudos o El vampiro de la calle Méjico, pero creo que puede hacerse también extensivo a otros casos, como el de La mujer sin cabeza, que, aunque a primera vista se pueda más o menos clasificar dentro del género detectivesco, desemboca en una auténtica indagación en torno a los aspectos más profundos de la identidad y el amor.
         Un poco de todo eso hay también en El abrecartas, la más ambiciosa y, según alguna reseña, la mejor de sus novelas. Al tratarse –en sus propias palabras– no de una novela epistolar, sino de una novela en cartas, con multitud de remitentes y destinatarios, esa primera persona que ha protagonizado buena parte de sus obras se multiplica, poniendo en pie un complejo entramado de relaciones entre personajes reales y ficticios en el que el narrador desaparece mientras el conjunto de voces que construyen la novela con el relato de sus experiencias e intimidades se diluye y aúna para narrar la peripecia del auténtico protagonista de El abrecartas, la cultura española del siglo veinte, marcada por la guerra civil y el franquismo, que vinieron a cortar de raíz un momento brillante, floreciente, el momento de la generación del 27, asestándole a esa cultura un duro golpe del que no se comenzará a recuperar, tímidamente, hasta los años sesenta, con un cierto retorno de las vanguardias, ubicadas en la novela alrededor del cine.
         La yuxtaposición de personajes reales e inventados es uno de los elementos más notables de El abrecartas. El lector se encuentra, junto a personajes inventados, nombres fundamentales de la política y la cultura del siglo veinte en este país, además de un tercer género, sumamente interesante, de personajes que, siendo reales, parecen no serlo –es el caso de Andrés Acero o Antonio Maenza– y que ayudan a sembrar en el lector la duda, exigiendo de él un considerable esfuerzo de diferenciación dentro de esa bien cuajada mezcla de realidad y ficción, algo que parece no estar al margen de sus intenciones como autor.
         En fin, como podrá suponer, ando tomando notas para su presentación. Por eso mismo –no es otro el objeto de esta carta–, le agradecería enormemente cualquier corrección, aclaración o sugerencia que pudiera hacerme.
         Nada más tengo que decirle. Quedo a la espera de su respuesta. Si no surge ningún problema, nos veremos en Plasencia.
         Atentamente,
         Juan Ramón Santos
         P.D. Le deseo un buen viaje, aunque doy por hecho que lo tendrá mejor que otros autores que han visitado nuestro Aula, ya que las comunicaciones por carretera han mejorado por aquí bastante últimamente. Por último, si no lo encuentra inapropiado o engorroso, satisfaga nuestra pobre curiosidad provinciana, cuéntenos si tiene algún tipo de relación –o fijación– con Extremadura.

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