Se despertó temprano y ligeramente indispuesto. No se acordaba con nitidez de los sueños que había tenido, pero sabía que había tenido malos sueños durante toda la noche. Sentía aún el peso negro de esa noche oprimiéndole el pecho. En calzoncillos y camiseta de tirantes agarró con las dos manos el respaldo de una silla y, en silencio, la posó frente a la ventana del cuarto. Se sentó y permaneció unos minutos pensando, sintiendo y analizando esa vaga inquietud. Lentamente, se iba despertando y encontraba las diferencias entre la mañana real y aquello que apenas sentía. Lentamente, la neblina de incomodidad que le había dejado aquella noche se disipaba en la luz que entraba por la ventana. Se levantó de un impulso. Entró en el cuarto de baño. Se quitó la camiseta de tirantes, dejó que los calzoncillos se deslizasen por las piernas y se miró en el espejo. El cabello moldeado por la almohada, la piel marcada por las sábanas y el cuerpo flaco, desgarbado, ridículo. Entró desencantado en la bañera. Levantó a cara en dirección a la ducha y se quedó sintiendo cómo el agua tibia le escurría por toda la superficie de la piel.
         Enrollado en la toalla, entró de nuevo en el cuarto. Vio el móvil encima de la cómoda y decidió no encenderlo todavía. Apagado era inofensivo. La víspera había escogido la ropa que iba a usar. Estaba colocada sobre el sillón del escritorio. Planchada y perfumada. Después de ajustarse el nudo de la corbata, bajó las escaleras y encontró el desayuno listo sobre la mesa del comedor. Se colocó la servilleta en el regazo y pronunció las primeras palabras del día a la empleada que entraba y salía con bandejas de bizcochos, zumo de naranja y leche tibia. Hizo como que comía, pero estaba empachado. No tenía apetito. Se limpió la boca con la servilleta y se levantó. Buscó al conductor por varias habitaciones y lo encontró muy erguido, con la gorra apretada entre el brazo y el pecho en el pasillo, junto a la puerta de la calle. Le hizo una señal y salieron juntos. El aire fresco de la mañana. Los sonidos tranquilos de la ciudad en una mañana de domingo. Fue ya en el coche cuando encendió el móvil. Todavía lo tenía en la palma da la mano cuando comenzó a sonar. No lo cogió. A lo largo del camino, iba pasando delante de carteles con su cara. Aquella mañana parecían solitarios y tristes. Faltaban algunos metros para llegar al instituto del que, hacía tantos años, había sido alumno. Los fotógrafos y los periodistas rodearon el coche. Cuando salió, usó una sonrisa que era un movimiento automático de los músculos del rostro. Conocía bien esa sonrisa. El sonido de los disparos de las máquinas fotográficas. Muchas veces al mismo tiempo. Saludó con el brazo como si fuese un gesto que lo protegía. Entró por los pasillos del instituto hablando con todo el mundo y sonriendo. Siempre sonriendo, mostró su carné de elector y recibió la papeleta electoral. Entró en la cabina y el mundo se detuvo. Encontró el bolígrafo en el bolsillo. Miró el papel. Las palabras, los símbolos. Miró el nombre de su partido como si mirase su propio nombre y, despacio, hizo una cruz en otro cuadradito. Salió sonriente y, con el brazo apoyado sobre la urna sosteniendo el papel doblado, permaneció quieto, sonriendo para las fotografías que cubrían el prolongado momento.

José Luís PEIXOTO
(Trad. Juan Ramón Santos)

(Puedes leer el cuento original, en portugués, en la página web del Instituto Camões).

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