Eran hombres antiguos. Estaban alrededor de una mesa de madera gruesa. En el cuarto, detrás de las paredes, se oyó el primer grito de aquel niño que acababa de nacer. El padre alzó la copa sobre la mesa. El brazo levantado y la copa en la punta de los dedos. Los brazos, las copas y las miradas de los otros hombres se levantaron también. El padre brindó por la vida del hijo que acababa de nacer. Puso la copa sobre la mesa: el cristal, la madera. Todos comprendieron cuando les dio la espalda Caminó pasos breves por la casa y abrió la puerta del cuarto. La madre estaba echada en la cama, recostada sobre muchas almohadas blancas, agarraba al niño entre los brazos y levantó una mirada mezcla de respeto y ternura en dirección a la puerta. El padre avanzó solemne por el cuarto y se sentó en la cama. La madre: el rostro transpirado, los cabellos pegados a la frente por el sudor, los ojos grandes. La madre lo miró cuando le ofreció el niño en brazos. El padre sintió el cuerpo pequeño del niño y, en aquel momento, sintió que la muerte nada podía contra él. Pasó un mes y pasaron diez días. En otra casa del pueblo, eran otros los hombres antiguos. El padre, otro padre, puso las copas sobre la mesa de madera. Puso una botella que tenía guardada para abrir aquel día. Y se oyó un grito de niña rasgando los lazos que la hacían nacer. Con los ojos sonrientes, el padre tomó el cuello de la botella. Y se oyó un grito de la madre que era como si estuviese aprisionado en el interior de la tierra y se hubiese liberado en aquel prolongado momento. Un grito hecho de sangre. El padre dejó la botella cerrada en la mesa, dejó las miradas de los hombres en la sala y salió corriendo. Entró en el cuarto atravesando el torrente de mujeres que salían y encontró a la madre echada en la cama. Tenía a la niña en brazos. Su cuerpo estaba inclinado sobre el cuerpo de la niña y lloraba. El padre corrió hacia ella. Se sentó en la cama. La madre levantó el rostro, los ojos en el fondo de las lágrimas, dos pozos de noche, y le ofreció la niña que acababa de nacer. El padre recibió a la niña en sus brazos grandes. En los ojos del padre, el iris era como la luna llena tocando un lago, era como una noche de color castaño hecha de tierra y de barro; la pupila era como un túnel negro que tenía el grosor de una aguja y que entraba dentro de él, dentro de él. La piel de la espalda y de las piernas de la hija tocaba la piel interior de los brazos del padre. Tenía los ojos castaños poco abiertos, tenía cabellos muy oscuros, tenía una nariz y unos labios pequeños de niño recién nacido. El padre la apartó un poco para ver que la piel del pecho de la niña era tan transparente que casi no se distinguía. Era como si no tuviese piel y su pecho estuviese hecho sólo de sangre, de músculos rojos de sangre atravesados por venas de sangre roja y azulada. El rostro de la niña existía indiferente a la sombra de la mirada del padre. Sobre la mesa, las copas continuaban inmóviles. La botella cerrada e inmóvil.
         El niño tenía tres años. Por primera vez, se dio cuenta de que el padre iba a salir a cazar. Aunque no supiese lo que era cazar, el niño se dio cuenta de que el padre iba a salir y de que llevaba la escopeta. En esos días, el padre era una parte grande de su mundo. Y el niño no se dio cuenta de que el padre iba a cazar, pero se dio cuenta de la importancia, del entusiasmo. Su mundo eran pequeños juguetes y sentimientos profundos, por eso, se dio cuenta de lo más fundamental. Era de madrugada. Era el momento anterior al momento en que todas las cosas comienzan a despertar. En la cocina, el niño andaba detrás de la sonrisa del padre. ¿Quieres venir conmigo? Y el niño quería, pero no podía, porque todavía era muy pequeño. Y el padre se reía de ternura. Con la escopeta a la espalda y un pequeño hatillo, dio la mano al niño y dieron algunos pasos por la cocina. Cuando el padre abrió la puerta, los ojos del niño se llenaron de un rebaño que llenaba la calle como un río. Las ovejas miraban adelante y caminaban encajadas unas en otras. Había que prestar atención para, en aquel momento, distinguir a las ovejas. Con tres años, el niño no disponía de esa atención. El padre y el niño permanecieron juntos el tiempo que las ovejas tardaron en pasar. Juntos, detuvieron los rostros. Sabían y, así, sentían la presencia uno del otro. Existía una luz nítida posada sobre el inicio absoluto de la mañana cuando el pastor viejo pasó ante ellos y dijo buenos días. El niño se quedó en silencio mirando a la perra que perseguía los pasos del pastor viejo y que miraba en silencio al niño. Cuando el padre se despidió, las ovejas ya habían desaparecido. En ese instante, con tres años, la niña acababa de salir de casa. Iba toda tapada, vestida con un jersey hasta el cuello, en brazos del padre. La madre caminaba al lado. Era una mañana de finales de otoño. Las calles, como el otoño, parecían no querer acabarse. Los pasos del padre y de la madre eran serios y silenciosos. Ambos sabían que iban a llegar a la plaza. Ambos sabían que el tiempo iba a pasar dentro del autocar. Ambos sabían que iban a mirar la fachada inmensa del hospital. La niña sentía el aire húmedo y frío en la piel del rostro, sentía la protección de los padres caminando silenciosos. Mientras caminaban por calles que no acababan, durante aquella madrugada que no pasaba, la niña sentía algo que era el camino hacia el hospital. Sin embargo, la niña no sabía que iban al hospital. Sin embargo, la niña se dio cuenta de que los padres habían escogido las mejores ropas y se dio cuenta de que sus pasos eran serios y silenciosos. Y, por detrás del rostro de los padres, avanzaba la idea de llegar al hospital, la idea del médico mirando el pecho de la hija, cuando en la parte alta de la calle apareció una lenta marea de ovejas. La niña, en brazos del padre, vio cómo las ovejas se acercaban lentamente y vio cómo los padres se encogían al borde de la acera. Las ovejas los envolvieron. El olor de las ovejas. Pasaban rozando los pantalones nuevos del padre y el vestido blanco de la madre. Al final del rebaño, con el inicio de la mañana, venía el pastor viejo. Cuando pasó delante de los tres, dijo buenos días. Esperaron, y continuaron la distancia de su camino.
         La primera vez que el niño sintió miedo fue cuando la madre le explicó que el padre no iba a volver. Después de ese día, supo que había cosas que partían para nunca más volver. En ese instante, en otra casa del pueblo, la maestra abrió un libro con fotografías y la niña vio por primera vez un cuerpo desnudo, como si esa imagen la atravesase. Antes, el niño se había sentado en una silla después de pedírselo su madre. Antes, la niña se había sentado en su silla después de que la maestra entrase en el despacho. El niño con una camisa de verano. La niña con una blusa abotonada hasta el cuello. Eran una camisa y una blusa que tenían el tamaño de la ropa de niño de nueve años. Las palabras de la madre y las fotografías del libro eran puertas abiertas a un cuarto oscuro. Eran puertas que, en el centro de aquella tarde, se abrían a la noche. El miedo era el veneno. Ese día, la niña sintió miedo por primera vez. El movimiento de una estrella en el cielo puede ser exactamente igual al movimiento de una hierba anónima, idéntica a todas las otras, en medio del campo. Los movimientos de los rostros del niño y de la niña fueron exactamente iguales porque aquello que existía dentro de ellos era exactamente igual. Llegaría un día en el que las calles se quedarían desiertas cuando ellos se acercasen. El lugar de las ideas que tenían se quedaría vacío. Llegaría un día en el que podrían olvidar ese veneno. Ese día llegaría pero estaba lejos de aquella tarde antigua. El niño y la niña se miraron los dedos sobre el regazo, bajaron la cabeza. Entre las palabras que la madre y la maestra les decían, distinguieron la palabra coraje. Y la sed pudo acercarse a sus labios. El miedo, el veneno. El coraje. Y continuaron el camino de tiempo que los llevaba hacia el momento que había de unirlos aún más completamente.

José Luís PEIXOTO, Antídoto
(Trad. Juan Ramón Santos)

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