Se despertó tan feliz. La monja abrió la puerta del cuarto y atravesó el pequeño pasillo entre las camas. Algunas mujeres se despertaron en cuanto esos pequeños ruidos tocaron el silencio: la cerradura de la puerta, las suelas finas de goma sobre las láminas de madera. Casi apoyada a la ventana, la monja subió las persianas. En aquel cuarto, había dos filas de cuatro camas de hierro. Por la noche, las mujeres se acostaban y quedaban con los pies apuntados al centro del cuarto. La monja subió las persianas. La luz que entraba en el cuarto estaba hecha de una juventud de luz. Despacio, la luz subió por la superficie del cuarto y por la superficie de los cuerpos de las mujeres acostadas bajo las mantas. Los cuerpos de las mujeres estaban tibios. Las mantas eran de lana muy blanda por estar gastada, eran de color castaño, olían a lavados y olían al detergente que era el olor de todos los objetos del asilo. La monja, delante de la ventana, en silencio, se puso a mirar a las mujeres que se despertaban. Más por la luz dulce que por las voces de las mujeres que hablaban unas con otras, más por la luz dulce que por la mirada también dulce de la monja, ella se despertó. Tan feliz. Su cama era la tercera contando desde la ventana, en la fila que quedaba a la izquierda de la mirada de la monja. Al abrir los ojos, la luz de la mañana. Sentía en el cuerpo la combinación y las sábanas tibias. Levantó el brazo fuera de la manta. Ya fuera de la cama, mientras se ponía la bata y se calzaba las zapatillas, se acordaba aún del sueño que había tenido. Se acordaba del sueño como si soñase aún. Sonreía. Había soñado que era joven y que no estaba en el asilo. Era joven y estaba en casa. La madre la llamaba desde la cocina. Era joven. Había soñado. Se había despertado tan feliz. Era joven. La madre la llamaba desde la cocina. En el sueño, tenía un trozo de espejo en la mano. Su cabello era largo y lustroso. Su piel era lisa. Sus ojos eran nuevos y brillaban. Había soñado. Con la toalla doblada sobre el hombro, con el jabón en la mano, esperaba en la fila del baño. Ella no estaba acostumbrada, pero las monjas decían que todas las mujeres tenían que darse una ducha al despertarse. Ella respetaba las reglas del asilo. El vapor le envolvía la mirada. Las voces de las mujeres a su alrededor eran una cosa que sucedía en un sitio en el que ella no estaba. Había soñado que era joven. Como si soñase aún, sonreía.
José Luís PEIXOTO
A mulher que sonhava
(Puedes leer el relato completo en portugués en la web del Instituto Português do Livro e das Bibliotecas)

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