Si bien es cierto que la literatura está plagada de tópicos, de lugares comunes, no es menos cierto que abundan también en ella lo que podríamos llamar lugares ineludibles. Así, si la muerte desnuda, sin adjetivos ni complementos, trasciende la categoría de tópico para constituirse en presupuesto, fundamento, conditio sine qua non del arte y la literatura –al menos, así lo desveló en esta misma tribuna Antonio Gamoneda hace cerca de dos años–, la muerte del padre o de la madre, como subgénero o modalidad nefanda de ese gran tema que es la muerte, escapa a su vez a la vana condición de tópico, que tiene siempre una connotación peyorativa de capricho o artificio, para convertirse en uno de esos lugares ineludibles, lugar de paso obligado que deja huella en todo ser humano y que a menudo impele al poeta, al narrador, a hacerlo objeto de labor literaria.
Como ya he dicho en alguna otra ocasión, hay una fuerza secreta que mueve los libros, que los ordena respondiendo a una sabia lógica, orquestando un insólito juego de espejos que acaba por iluminar cada lectura de forma sorprendente. Por eso, mirando atrás, no me extraña el haber leído a modo de pórtico, muy poco antes de recalar en Te me moriste, ópera prima de José Luís Peixoto, los libros La semilla en la nieve, de Ángel Campos Pámpano, y Para qué sirven los charcos, de Tomás Sánchez Santiago, libros ambos que tienen en común con el de Peixoto, aparte de tratar sobre ese lugar ineludible que es la muerte de la madre o del padre, el constituir no una desaforada y sentimental elegía por la pérdida, sino la constatación mesurada, cotidiana y, quizá por ello, más cercana y estremecedora, de la ausencia, como huella perdurable de la muerte.
Si comienzo hoy con esta introducción tan fúnebre es porque la muerte, en concreto la muerte del padre, constituye uno de los puntos cardinales de la obra de José Luís Peixoto, acechando de modo más o menos visible desde los propios títulos de buena parte de sus libros. Pero antes de adentrarnos en la obra, hablemos siquiera un poco acerca del autor. Teniéndolo aquí, de cuerpo presente –disculpen el chiste fácil–, podrán comprobar cómo, pese a su frecuente trato con la muerte, José Luís Peixoto está vivo y coleando, y digo lo de coleando porque acaba de publicar su tercera novela, Cemitério de Pianos [Cementerio de pianos], con lo que está de plena actualidad –si es que en algún momento ha dejado de estarlo– en el panorama literario del país vecino.
Nacido en 1974 en Galveias, distrito de Portalegre, Peixoto colabora de forma habitual en diversos periódicos y revistas portuguesas y ha cultivado con éxito la poesía, el relato, la novela, la escritura de letras de canciones y el teatro, no en vano sus obras han sido objeto, las unas, de publicación y reedición, las otras, de interpretación y representación en prestigiosos escenarios, todas ellas tanto en Portugal como en el extranjero. Conste que, de forma deliberada, me ahorro en esta imprescindible referencia biográfica el adjetivo joven: bien podríamos haber dicho joven escritor portugués, de hecho, una obra literaria tan temprana, prolífica y reconocida parece pedirlo a gritos, pero si lo evito, aparte de por resultar obvio estando ante ustedes el escritor en persona, es porque parece que invita a la construcción de sombrías oraciones concesivas que, unidas a la previsible ambigüedad del adjetivo joven, harían gravitar sobre el autor y su obra sospechas de inmadurez que, en el caso de Peixoto, me parecen del todo infundadas, siendo como es autor de una obra literaria sólida, coherente y de gran fuerza expresiva.
Uno de los temas centrales de esa obra literaria sólida y coherente es la destrucción del universo familiar e infantil, cuyo principal símbolo es, más que el hogar, la casa, elemento material recurrente en los libros de Peixoto. Si bien, a posteriori, la mirada adulta del autor descubre cómo la estructura de esa casa alberga desde su origen serios vicios constructivos, fatales presagios de ruina, es la muerte del padre la que viene a precipitar acontecimientos, abriendo las puertas a oscuras, terroríficas invasiones destructivas y acelerando un proceso que conduce sin contemplaciones al derrumbe, a la reducción a escombros de la casa y de la infancia, un proceso que algo tiene de biológico, de vegetal, que no es sino el punto de partida de una caída en picado hacia el abismo y con el que Peixoto evoca, a fin de cuentas, lo efímero y frágil de la realidad y el ser humanos, idea a menudo reforzada por la aparición recurrente de la deformidad, la enfermedad o la amputación como pruebas manifiestas de nuestra pobre humanidad, de nuestra naturaleza caduca y quebradiza. Es en este ámbito de temas en el que encuentran sentido títulos como A Criança em Ruínas [El niño en ruinas] o el conjunto formado por Uma Casa na Escuridão [Una casa en la oscuridad] y A Casa, a Escuridão [La casa, la oscuridad], novela y libro de poemas complementarios sobre el mismo universo narrativo.
Nadie nos mira y Cemitério de Pianos constituyen quizá la otra cara de la misma moneda, en cuanto libros que tratan, en cierta medida, acerca de lo inexorable, de lo inevitable, del destino, pero con minúsculas y sin mayores tragedias. Novelas las dos con resonancias bíblicas, la vida aparece en ellas bajo la forma de un ciclo reiterado, previsto y previsible, que se reproduce con inusitada precisión entre padres e hijos o entre abuelos y nietos y en el que, por encima o por debajo de lo accidental y accesorio, las concretas existencias se repiten y, con ellas, las mismas esperanzas, las mismas alegrías, los mismos errores, los mismos miedos y las mismas fuerzas e impulsos que doblegan la voluntad del individuo y lo empujan a la ruina, poniendo de manifiesto la índole breve y engañosa de nuestro albedrío y así, de nuevo, el carácter pobre, frágil, efímero de la condición humana.
En este panorama por lo general sombrío y pesimista, en el que todo es volátil y pasajero, se abren, no obstante, reductos de esperanza que surgen, en la mayor parte de las ocasiones, de la mano del amor que, aunque fugaz, como todo lo humano, es, como advierte Peixoto en su poema “Explicación de la eternidad”, eterno en cada uno de sus innumerables instantes y, al tiempo, fuente de eternidad, de trascendencia carnal en esa prolongación natural del ser, de la propia existencia que son los hijos. Esta última idea, presente en toda la obra de Peixoto, alcanza en su última novela, la mencionada Cemitério de Pianos, pleno protagonismo, haciendo de ella su obra más optimista, una novela sobre la ternura en la que la muerte se integra sin traumas en la vida y en el relato, interpuesta entre dos narradores, uno que está, sin saberlo, a punto de morir y otro que se sabe muerto y que contempla y describe, desde el otro lado de la muerte, la vida de los suyos, que sigue adelante. La novela está basada, aunque sólo circunstancialmente, en la triste peripecia de Francisco Lázaro, atleta portugués que falleció tras recorrer treinta kilómetros en la maratón de los Juegos Olímpicos de Estocolmo de 1912, cuenta con una estructura narrativa dual, ambigua, cíclica y con tendencia al infinito y, sin concesiones a lo fácil o sensiblero –ni la muerte se recibe en ella sin dolor, ni redime las faltas y pecados del padre, y tampoco la vida prosigue en su ausencia de manera necesariamente feliz y sin obstáculos–, Peixoto logra en ella conjurar el fantasma de la muerte como fin absoluto, poniendo en último extremo de relieve, por encima del concreto recorrido de sus ocasionales protagonistas, la persistencia irrefutable de la vida.
Apenas queda tiempo para decir mucho más acerca de Peixoto. Me conformo con dejar apuntados algunos aspectos curiosos o interesantes, como su gusto por la experimentación, el uso personalísimo que hace de los signos de puntuación, la deriva poética de su prosa, los escarceos de Peixoto con la música heavy, la apreciable aunque sutil crítica que a menudo hace de ciertos aspectos de la realidad portuguesa o su debilidad por los personajes femeninos, relevantes incluso cuando su posición es secundaria. Me permitiré sólo poner de relieve, para terminar, un cierto inconveniente, el que Peixoto siga aún siendo tan poco accesible en nuestra lengua, con sólo dos obras publicadas en castellano. Los muchos lusófilos que hoy nos acompañan tienen toda la obra de José Luís Peixoto por delante. Los demás, a la espera de que el mercado editorial nos ofrezca nuevas traducciones, aprovechen lo que hay: lean Nadie nos mira y lean Te me moriste, la magnífica traducción de Antonio Sáez publicada por la Editora Regional de Extremadura. Les aseguro que no resultarán defraudados.
Juan Ramón Santos

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