Se había hecho de noche.
Reunidos nuevamente alrededor del fuego
la eternidad jugaba con nosotros.

Los brazos que se agitan en un bosque de humo,
la intimidad que nada, que respira
sacando la cabeza por encima de un árbol.

Éstos son mis recuerdos:
un puñado de aves extraviadas
en el oscuro cielo de la víspera;
lo que ahora está oculto,
la mano en la espesura, el anillo de brezo.

Es la niebla que diluye las casas
para que queden sólo las aceras, la raíz de las puertas;
la ceguera del hombre
en el que la mirada es la memoria benigna
de un cielo inexistente.

La mano del olvido es la mano de nadie,
la manzana en el tejado de un sueño.

Para que no se esparza
la ceniza del árbol de los años,
para que lo invisible tenga también el rostro
que no desaparece, cada día
dejo caer un poco del calor que me queda
sobre la superficie de las cosas;
dejo caer la ausencia
de lo que soy ahora sobre el alma
de unas cuantas imágenes que extraigo de la noche,
de todo ese universo vagamente consciente;
inclinado de nuevo sobre el fuego
deletreo la ceniza.

Esta vez no hay descanso.
A fuerza de perder
nos hemos ido haciendo precavidos,
nos hemos dado cuenta de que sólo
tenemos una vida para desvincularnos de la muerte.

En el fondo, quizás,
un hombre es siempre una casa cerrada
y esa casa cerrada es su memoria.

Porque el cielo, de un azul abundante,
siempre está donde estamos,
el mundo empieza aquí en la ventana,
en el vaso con agua para la enredadera
que la noche abandona,
en el laurel sagrado sobre el que tú pronuncias
la única palabra que me absuelve.

(De Para guardar el sueño)

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