Digamos que ha llegado el momento de hacer de este paisaje un lugar habitado. Que hay que reconstruirlo, edificarlo ahora en este viejo y apartado solar, en este descampado que han cubierto de escombros los camiones nocturnos de la memoria. Y hacerlo desde aquí, desde el confinamiento de unos ojos que no alcanzan a ver y de unas manos que sólo reconocen el tacto de otras manos. Con estos pies que han ido perdiendo agilidad, pero que, sin embargo podrían ser sensibles aún a los caminos y a las ondulaciones del terreno, a los lentos declives que conducen al agua que todavía no oigo.
Comenzar, por ejemplo, por el sendero antiguo de las caballerizas, en la ladera del Jálama. Un camino allanado por los vuelos rasantes de los pájaros que ascienden suavemente atravesando un bosque de melojos con los troncos cubiertos de liquen. Cruzar, más adelante, por un puente de piedra del tamaño de un hombre, el agua de un arroyo del tamaño de una mujer. Hacer un alto luego, en este mismo instante en que al luz del mediodía pone a los objetos al borde de la transparencia, en un pequeño collado desde el que se divisan las poblaciones próximas de Villamiel y Acebo dejándose abrazar por los helechos, por las hojas diminutas y blancas de las jaras.
Sortear, por qué no, unas paredes, un mojón de deslinde o una mancha amarilla de flores entrelazadas que no han visto la luz porque han sido recluidas desde su nacimiento en el espacio de sombra de un castaño. Continuar más tarde río arriba, junto a las alambradas de los huertos con las puntas doradas por el vellocino de las ovejas, hasta llegar al óxido de los afloramientos, hasta alcanzar los muros y las pilas de herramientas abandonadas de un antiguo asentamiento minero que ahora da cobijo a los madroños y a la duermevela de los pastores.
Ya cerca de la cima, después de haber dejado a mis espaldas los restos calcinados de las escobas y de las madreselvas, acercarme hasta un claro en el que se distinguen algunas de las concavidades naturales del granito que servían de neveros, y percibir de nuevo, surgiendo de lo profundo de la montaña, el bramido apagado de las bestias llevando hasta las casas el azar de la nieve.
Aquí, junto a las piedras que señalan el vértice del Jálama, la montaña sagrada de los primitivos vetones, mientras contemplo los altos fortificados de Trevejo, Santibáñez o La Almendra y me dejo llevar hasta los valles por los cursos de agua que descienden desde los manantiales de las cabeceras, ¿cómo no recordarlo?
(…)

Basilio Sánchez
(En Relatos al atardecer, Consejería de Obras Públicas y Turismo, 2002)

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