No he escogido el lugar: alguien se acerca
desde fuera del mundo y me conduce
con los ojos cerrados hasta el centro
de un paisaje en el sur donde descubro,
bajo el sol de la tarde,
colinas diminutas del color de la pérdida y cultivos
que crecen lentamente hasta el mar y se sumergen,
después, bajo sus aguas,
bajo el débil reflejo provocado por sus oscilaciones
y el flujo de las cosas.

Una mujer al fondo recoge con sus manos
la piedad de la tierra
mientras crece en silencio, sobre el lento
corazón de las cosas, la sombra de los árboles.

Donde alcanzan los ojos, en el límite,
los muros de las casas que no ocultan las hojas
tienen brillos dorados:
aún es de día
en las habitaciones de los hombres.

(De Al final de la tarde)

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