Una gota de agua en la memoria es del tamaño de una ola pequeña.
Primero oíamos su canto, luego aparecía ella asomándose entre la hojarasca como si fuese el ángel de las anunciaciones y no un humilde pájaro a punto de escapar.
A él le tiembla en la mano la sombra de otra mano. Se levanta muy pronto, casi al amanecer. Doblado sobre el lienzo, cada mañana alumbra con su caja de óleos un poco de sí mismo. Su silencio es un horno de pan.
El ojo de mi infancia ha fijado el paisaje con sus casas y sus árboles libres. Soy el hombre que no ha perdido nada; el que, en el suelo, aún juega distraído con el polvo y la luz.
¿Qué podría dar a cambio? ¿La caricia de un sencillo poema inacabado? ¿Unas manos teñidas por las aguas blancas de las cavernas?

(De El cuenco de la mano)

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