Creo en el uso de la literatura y el arte. Para empezar, en el uso en el sentido que tiene el término para los lingüistas. El uso en ese sentido es muy exactamente la puesta en contexto, y para los lingüistas los elementos de la lengua no tienen sentido mientras no estén puestos en contexto. Y conste que el contexto no son sólo otros elementos lingüísticos, también es con-texto el mundo al que se confronta el texto —contexto situacional lo llaman ellos. Y si el poema toma sentido en el contexto del mundo real, es claro que al lector le sirve para iluminar o siquiera confrontar ese mundo real. Ese uso de la poesía, que es su verdadera interpretación, es el que practicamos cuando, en el contexto de una emocionante bocanada que sale de algún viejo portal, llamamos a eso, casi involuntariamente, “el santo olor de la panadería”; o cuando, al recordar un palpitante episodio de nuestra infancia, nos sorprendemos susurrando “mi frente aún está roja del beso de la reina”; o cuando, al acercarnos a los lugares inquietantes de nuestros abuelos, escuchamos una voz casi ultramundana que nos está contando “vine a Comala porque me dijeron que aquí murió mi padre”. Eso es poner en práctica la poesía, porque el uso es una praxis, la implicación del sentido en el mundo real, el abrazare del pensamiento con “la rugosa realidad”, para decirlo con palabras de Rimbaud, usando así un poema más.

(Del artículo “Un premio literario”, publicado en el número 119 del Boletín Editorial del Colegio de México)

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