«Tomás ha escrito y publicado una crítica muy severa de la industria editorial, diciendo de ella que ha venido a ser tan funesta para el escritor como para el lector, dice que hay escritores (y cada vez más) que ya “no escriben para la lectura, sino para la edición, ni para el lector sino para el editor”; ocurre cada vez más que el “productor” (o sea el editor) “no produce para el adquiridor, sino para el distribuidor”, de manera que, cada vez más, los lectores “no leen lo que desean, como tampoco el comprador compra lo que desea, sino lo que le adoctrinan que desee”. Y continúa: “Creo que es el deber no sólo de un escritor, sino también de un amante de la lectura, resistir esa barbarie. Si un día la lectura se vuelve de veras y del todo consumo de libros, si un día todo el deseo del hombre se confunde con el deseo de consumo, habrá desaparecido lo que hace que valga la pena vivir”. Así las cosas, añade, “lo mejor que el escritor por lo menos puede hacer (en cursivas: él por lo menos) es intentar restituir el contacto entre el lector y el escritor mismo por debajo o al margen de la gran industria editorial y de los ecos que ramifican su poder, desde la política cultural hasta la crítica periodística, pasando por las instituciones académicas”. Hasta aquí sus palabras.
Pero ¡qué utopía —se dirá—, qué ingenuidad, qué cosas tan ajenas a la realidad, qué visión tan idealista! En efecto, Tomás es un idealista, pero no es un bobalicón. Sabe lo que dice. Es un idealista porque tiene ideas. Sobre todo, no se limita a exclamar: “¡Ah, qué bonito sería prescindir de intermediarios y restablecer el contacto directo del escritor con el lector!”, ni se limita a sugerir que los escritores lo intenten. Expresa su idea en el acto mismo de hacerla realidad; lanza la teoría y a la vez la convierte en práctica. He aquí lo que se lee en el colofón de El tiempo en los brazos: “Este libro, enteramente diseñado, tipografiado, impreso y encuadernado a mano por el autor, se empezó a imprimir en su casa de Madrid en septiembre de 1995”. Repito: “enteramente diseñado, tipografiado, impreso y encuadernado a mano por el autor”. Y, en vez del Laus Deo de otros tiempos, lo que se lee al final del colofón es esto: “Alabada sea la artesanía”. Son varios los libros que Tomás ha hecho así, solo, “por debajo o al margen de la industria editorial”. (El colofón de la segunda parte de El tiempo en los brazos dice lo mismo, pero aquí, en vez de “en su casa de Madrid”, se lee: “en casa de su hija Inés, en México, en agosto de 2001”.)»

(Del artículo “La alegría y la luz”, de Antonio Alatorre, publicado en el número 119 del Boletín Editorial de El Colegio de México)

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