Pensemos en esta memoria convertida en viento. Al salir al exilio, los poetas maduros estaban ya firmemente aferrados a sus nostalgias. Pero los últimos desterrados, los niños del exilio, tenían poco terreno de consuelo en la memoria; dominaba en ellos la sensación de desarraigo. No les había dado tiempo aún de tomar posesión de aquello que perdían. Es muy importante tener en cuenta esta sensación de desarraigo, de desamparo, porque en la poesía de Tomás Segovia el exilio transciende la anécdota biográfica para convertirse en un sentimiento general sobre la poesía y la existencia humana. El exilio no es simplemente un tema. Por ejemplo, la nostalgia es un tema en Recuerdos de lo vivo lejano, de Rafael Alberti, una magnífica construcción de paraísos consoladores en el pasado. La poesía de Tomás Segovia aborda el vacío del exilio como algo más, como una sensación que lo domina todo, un marco que afecta a la ciudad, al amor, a la vida, a cualquier cosa que pueda plantearse la mirada poética. El poeta es así un huérfano y escribe «La canción del huérfano», recogida en Anagnórisis (1967): «Contempla bien Meteco / huésped arisco de uno y otro arraigo / a los claros cautivos de algún orden / pesar abiertamente en los surcos del tiempo».

El arraigo y el orden aparecen como algo ajeno. ¿A qué orden pertenece el poeta? Es una reflexión que encontramos en el Cuaderno del Nómada, recogido posteriormente en Partición (1983): una reflexión que se desplaza necesariamente al territorio del poeta: la lengua, la palabra. En «Lengua bárbara», por ejemplo, leemos que el hombre ha aprendido a modelar en sus manos las palabras, para que en ellas hable un lenguaje de huellas, corporal, movible y sin sentencias. Es difícil que una persona que vive fuera del orden pueda apostar por las sentencias. El lenguaje es movible y corporal, y en la tensión dialéctica de estos dos términos está una de las raíces fundamentales de la poesía de Tomás Segovia, de su lenguaje corporal, movible y sin sentencias.

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