Casualmente es la segunda vez en poco más de dos meses que tengo la oportunidad de presentar a Tomás Segovia. La primera fue en la entrega de premios Extremadura a la Creación, en Cáceres. Entonces lo hice con un texto prestado y, debo confesarlo, sin haber leído un solo verso, una sola palabra de la obra del poeta. En cierto momento del acto, Tomás Segovia, ese poeta prestigioso y galardonado al que yo no había leído, salió al atril para hablar en nombre de los premiados y, sencillamente, me encantó su discreta intervención: su leve aplomo, su voz tranquila, la modesta inmodestia con la que agradeció el premio y cómo se reconoció un escritor marginal, autor de una obra poco conocida y de difícil acceso y leído apenas por un puñado de lectores a los que no dudó en calificar de auténticos valientes, algo que vino a aliviar algo el peso culpable y lacerante de mi ignorancia, pero no del todo, pues, de hecho, regresé a Plasencia con el firme propósito de superar tanto desconocimiento y tanta cobardía, de tener el dulce arrojo de leer a Tomás Segovia, y, además, con la intención de invitarlo este curso a nuestra Aula de Literatura.
Como ya les he dicho, Tomás Segovia ha sido galardonado este mismo año con el premio Extremadura a la Creación en la categoría de mejor trayectoria literaria de autor iberoamericano, y tengo la certeza de que en pocas ocasiones, o quizá en ninguna, habrá resultado tan atinada como en ésta, no sé si la entrega del premio en sí, pero sí la noción de autor iberoamericano, porque si algo hay ambiguo en lo que respecta a Tomás Segovia es el asunto de su nacionalidad. Comparando artículos, reseñas, semblanzas y notas biográficas, hay quien dice que es mejicano de origen español, quien lo considera español exiliado en México, otros que, de forma conciliadora, lo nacionalizan hispano-mexicano y, por último, están los que prefieren no entrar en materia y se limitan a dejar caer algunos de los hitos de su larga peripecia –Valencia, Madrid, París, Casablanca, México, Montevideo o Princeton– para que cada cual saque las conclusiones que considere oportunas. Esta circunstancia, en principio puramente anecdótica, tiene su importancia porque deriva de la condición de exiliado, podríamos casi decir que de eterno exiliado, del poeta y, a su vez, porque, como bien ha afirmado García Montero, «en la poesía de Tomás Segovia el exilio transciende la anécdota biográfica para convertirse en un sentimiento general sobre la poesía y la existencia humana».
Parece como si Tomás Segovia, siguiendo el camino del exilio y del desarraigo, alcanzase no diré la ubicuidad, don divino difícil de atribuir a un poeta tan rotundamente humano, pero sí algún tipo de universalidad. Segovia, a fuerza de no ser de ninguna parte, llega a ser, más que ciudadano del mundo –un concepto que, quizá por manoseado, parece difuso, algo frívolo y poco comprometido–, natural de cualquier parte, y lo consigue como resultado de un proceso que, como ponen de manifiesto libros como Anagnórisis o Cantata a solas, tiene mucho de descubrimiento del mundo y de sí mismo, en el que el poeta se libera de la irremediable condición de huérfano y asume plenamente su vocación marginal de nómada, y que lo acaba situando en un punto de observación privilegiado, en el exacto centro de coordenadas del propio ser-humano, de la pura condición de hombre, una posición central, cercana, equidistante, que es responsable también, en gran medida, de que su voz nos llegue tan certera, tan clara, tan transparente.
Ahora que conocemos el punto de vista del autor, es preciso hablar también de su mirada, ya que, si el punto de vista tiene que ver con el lugar o la posición desde dónde, la mirada nos aclara otro elemento fundamental, el cómo. Hablando de miradas, les contaré que, a veces, cuando paseo por las calles de mi ciudad, acostumbrado como estoy a cada rincón, detalle o perspectiva, me pregunto cómo la verá un recién llegado, cuál será su reacción primera al llegar: si le parecerá grande o pequeña, fría o acogedora, si la encontrará fea o si descubrirá hermosura en lugares que mis ojos, ciegos de monotonía, pasan cada día irremediablemente por alto, y entonces pienso que sería fabuloso poder disfrutar, por un instante, de esa mirada limpia e inocente. Si les cuento esto es porque creo que esa es la mirada de Tomás Segovia, la del que, no perteneciendo a ninguna parte –y entiéndase este «ninguna parte» no sólo en sentido físico o geográfico–, tiene la facultad de contemplarlo todo con los ojos nuevos del recién llegado, de observarlo todo sin prejuicios ni tapujos y con la capacidad de asombro intacta, ávida de descubrir en cualquier instante la belleza, lo que le permite enfrentarse con la misma luminosidad inmaculada, con afán igualmente celebrativo, a temas tan diversos como el silencio o la naturaleza, el verano o el otoño, el amor o el paso del tiempo, la menstruación o el sexo oral. Pero, además de gozar de esa mirada tan libre, Segovia es capaz de llegar una y otra vez con el ánimo dispuesto a no dejar preguntas sin formular, ni las más graves ni las más intrascendentes, porque todas las preguntas son al cabo igualmente vitales para descifrar el mundo, y de ahí surgen poemas claros, pero también lúcidos e inteligentes, como este breve «Enigma» que podemos encontrar en su último libro publicado en España, titulado Llegar, que dice,

Este airecillo que se va de aquí
A sus viajes inventados
Desordenando al paso mis cabellos
Y que se aleja pronto hacia llanuras mares
Pálidos horizontes
Pero a la vez se queda ensimismado
Jugando aquí sin fin con mis cabellos
Este airecillo pues ¿qué significa?

De este modo, fruto de la contemplación más desinhibida, los poemas de Tomás Segovia formulan preguntas básicas, deslizan respuestas provisionales, buscan la verdad o, al menos, una cierta verdad, y nos devuelven al ámbito siempre dubitativo e interrogante de esa pura condición de hombre de la que ya les he hablado.
Hay que tener también en cuenta que la obra de Tomás Segovia no nos alcanzaría de forma tan meridiana de no ser por el patente deseo del poeta de llegar hasta nosotros, de ser escuchado, de ofrecernos una poesía que no sea impenetrable, muy al contrario, que resulte interpretable, y para ello, para que, como pretende en ciertos versos de Cantata a solas, en silencio sepamos en qué idioma habla y reconozcamos el compás de sus jornadas, emprende el camino más arduo, el de la sencillez, que es, al mismo tiempo, el de la claridad y la transparencia, dones engañosos de la poesía, quizá los más difíciles de alcanzar, y que son el resultado de una intensa y rigurosa lucha con las palabras, la que revelan los versos de “El viejo poeta” en los que Tomás Segovia concluye,

Eso fue ser poeta
Desarmarle a mi idioma en todos sus parapetos

Por lo demás, como característica más sobresaliente del lenguaje poético de Tomás Segovia cabe destacar el empleo de un verso que se adapta a la sintaxis de la prosa, casi al modo de hablar cotidiano, y que lo hace con la ayuda de un ritmo bien marcado que, además, le permite prescindir de los signos de puntuación, otra peculiaridad de buena parte de su obra que, en palabras del poeta, tiene su razón de ser en que «las normas aceptadas de puntuación son una convención deliberada escasamente rigurosa, que tiende a producir en los modernos hablantes masivamente semialfabetizados casi tantas confusiones como las que resuelve».
Dicho lo cual, aun con la sensación de haber dejado muchas y muy importantes cosas por decir, les dejo con el autor, deseándoles que disfruten de esta primera sesión del curso y del cuadernillo, y animándoles a que, después, descubran antologías como En los ojos del día o magníficos poemarios como Llegar, Anagnórisis o Salir con vida. Estoy seguro de que pocos actos de valentía les resultarán tan gratos como este de leer los poemas de Tomás Segovia.

Juan Ramón Santos

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