Like dogs to bark at my world

Stephen Spender

Pero también a mí me partieron la cara

en más de una ocasión. En aquel tiempo

temía –como Spender– a los chicos del barrio,

matones con jerséis de Benasque y playeras

que odiaban a las madres y a los niños con gafas.


El miedo, pienso ahora,

es una presa fácil. No se explica

de otro modo la astucia, aquella maña

que se daban para atraparme siempre,

aunque volviera por otro camino

de la escuela o bajase a comprar el pan

a donde era más caro pero estaba más cerca.


Eran hábiles con el cigarrillo,

conocían las zonas donde la quemadura

podía doler más. Algunas veces

les bastaba el insulto desde lejos.

En los días de fiesta eran más peligrosos

porque tenían tiempo de sobra por delante

y el escenario idóneo de una calle aburrida.


Y lo que más lamento ya no son los cuadernos

de dibujo manchados de tinta o los tebeos

que un día me quitaron, sino el otro

expolio de mi infancia ignorante y feliz,

la fe ciega en un orden de las cosas,

la armonía del mundo que, prematuramente,

hicieron mil pedazos en medio de la calle.


Y sobre todo el odio, el rencor insensato

de tantos años hacia los adultos:

Pasaban en silencio, sin mirarnos.
Siempre llegaban tarde a impedir las peleas.

José Luis Piquero
(De El Buen Discípulo)

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