EL PAÍS – BABELIA
JORDI GRACIA – 12/01/2008

“El mundo es hermoso porque hay de todo”, escribió Cesare Pavese y se lee en la primera página de una novela en la que no hay de todo, pero sí hay mucho más de lo que hubiese habido hace nada, apenas unos diez o veinte años, cuando el pasado de las familias (no la historia misma) seguía protegido por el miedo, el disimulo o la ignorancia. Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960) ha sido un narrador de calidad segura, con algunos espléndidos relatos y una novela turbadora, Carreteras secundarias, pero también se metió de lleno en una narración de historiador que supo hacer mejor que la mayoría de historiadores. Enterrar a los muertos puede leerse como la lección de un novelista que renuncia a la novela y hace un vigilante relato contando una infinidad de cosas que fueron historia y hoy suenan invenciblemente a novela.
Ahora es al revés: Dientes de leche es una novela pura, incluso con un narrador entrometido y muy clásico, pero tiene un fundamento histórico que los libros de historia evocan sólo cuando practican historia oral. El silencio sobre la historia no ha existido nunca; lo que ha existido es el silencio de cada sujeto atrapado en la pesadilla de su propia vida en la guerra, o de cada hijo o de cada nieto hipotecado por el silencio de sus mayores, o por su propia ignorancia. Martínez de Pisón ha montado con cuidado una trama novelesca que busca usar los recodos del pasado para comprobar su comportamiento al reaparecer en el futuro. Todo pasado es, a pesar suyo y a pesar nuestro, más turbio de lo que la subsistencia diaria suele tolerar y sus golpes suelen ser también tardíos y a menudo sentimentales. (…)

(Puedes leerlo completa en Babelia, junto con A vueltas con dos géneros narrativos).

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