En el norte de Extremadura, muy cerca del monasterio de Yuste, hay un pequeño cementerio en el que descansan los restos de dos centenares de militares alemanes. Eran aviadores y marinos de las dos Guerras Mundiales cuyos cuerpos fueron encontrados en diferentes puntos del litoral español, y lo que más llama la atención es la extrema juventud de esos soldados: abundan los que, nacidos en 1922, hallaron la muerte en 1943.
Hace veinte años, una institución alemana decidió reunir los cadáveres en ese sitio. Desde entonces, muchos de los viajeros que visitan el monasterio suelen hacer una breve parada y fotografiarse entre sus cruces. Yo lo visité en compañía de unos amigos escritores y, mientras paseábamos en silencio, tenía la sensación de que alguno de ellos estaba ya componiendo mentalmente los primeros versos de un poema o imaginando el argumento de un relato. No mucho después me enteré de que el pequeño cementerio había inspirado con anterioridad a otros literatos. ¿Qué tiene de extraño, al fin y al cabo? Cuando Juan Marsé empezó a trabajar en Rabos de lagartija, lo hizo porque en un periódico barcelonés apareció un reportaje sobre un Spitfire de la Segunda Guerra Mundial que, para asombro de los pescadores locales, cayó derribado frente a la playa de un pueblo catalán. En la novela, al final, quedó bien poca cosa de aquel foco de inspiración inicial, pero ¿por qué no pensar que también en esa visita al cementerio puede estar el germen de un buen libro, aún por escribir?

Ignacio MARTÍNEZ DE PISÓN
(En La plaza humana)

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