Entre las fotos que Juan Cameroni conservaba de su infancia había una en la que aparecía junto al abuelo Raffaele, sonrientes los dos, vestidos los dos con camisas negras, haciendo los dos el saludo fascista. ¿Cuántos años tenía entonces? Si tenía cuatro, la foto era de 1972. Si cinco, de 1973. De lo que no había duda era de que la foto se había tomado un 2 de noviembre, único día del año en el que abuelo y nieto se ponían sus uniformes de fascistas para acudir al homenaje a los italianos muertos en la Guerra Civil.

En su momento, Juan debió de ser el único niño fascista español, y hasta la muerte del abuelo se guardaron en un armario del pasillo sus sucesivos uniformes de balilla. El de la foto de 1972 o 1973, acaso por ser el primero, había sido el más completo y vistoso: gorro de inspiración africana con borla, camisa de seda negra sobre la que se cruzaban dos anchas bandas blancas, un cinturón también ancho y también blanco, pantalones pardos, medias hasta las rodillas. Los uniformes siguientes, de los que también conservaba fotografías, sugerían una paulatina evolución hacia la austeridad. La camisa negra había dejado de ser de seda, las bandas habían sido sustituidas por un pañuelo anudado al cuello, el llamativo cinturón se iba haciendo cada vez más estrecho y más discreto, y el gorro, que enseguida se había quedado sin borla, se achataba y perdía volumen hasta acabar convertido en una boina. Las únicas incorporaciones un poco originales habían sido un machete sin afilar que algún año llevó prendido del cinturón y unos guantes negros que le llegaban hasta el codo y que en realidad sólo se puso una vez (¿a quién se le ocurre usar guantes a principios de noviembre?).

Por supuesto, lo de vestirle de camicia nera respondía a un capricho del abuelo. Éste, a falta de un par de meses para la fecha del homenaje, empezaba ya a insistir a su nuera para que le probara el uniforme al niño. Si se le había quedado pequeño desde el último noviembre, el propio abuelo se apresuraba a acompañarle a una sastrería militar que había en una bocacalle de la calle Don Jaime. Juan todavía se acordaba del olor del local, un olor como a pastilla de caldo, y de la ruidosa respiración del sastre mientras le ceñía el metro bajo las axilas. Y se acordaba también de las broncas que se montaban en casa cuando su padre descubría sobre la cómoda del recibidor el paquete de la sastrería militar.

Lo primero era ver cómo su padre desgarraba el papel de estraza sin pronunciar palabra y cómo con las puntas de los dedos iba sacando las diferentes prendas: la pequeña camisa negra, el gorrito con o sin borla… Lo segundo era asistir a la reacción de Elisa, su madre, que estaba ya a la defensiva y no tardaba en saltar:
-¡A mí no me digas nada, Alberto! ¡Es tu padre, no el mío!

¿Cuántas veces habría escuchado esa frase de labios de su madre? En realidad, todas o casi todas las broncas domésticas que Juan recordaba habían sido provocadas por algo que el abuelo Raffaele había dicho o hecho, y en un momento u otro su madre acababa recurriendo a esa frase para tratar de zanjar la discusión. Pero, si la fórmula había funcionado alguna vez, debía de haber sido muy al principio, en los primeros años del matrimonio, y a Juan siempre le había parecido que su padre no terminaba de explotar hasta que escuchaba esas palabras.

-¡No hace falta que me lo recuerdes! -gritaba entonces-. ¡Ya sé que es mi padre! ¡Pero lo regalo! ¡Se lo regalo a quien lo quiera! Voy a poner un anuncio en el periódico… ¿No hay anuncios de gente que regala cachorros de perro y cosas así? “Regalo padre en perfecto estado…” ¡El primero que venga se lo queda! ¡Y que haga con él lo que le apetezca! ¡Aunque seguro que mi padre acaba disfrazándolo de fascista y llevándoselo a la mascarada esa…!

Elisa sabía que en esos casos lo mejor era dejar que su marido se desahogara. Pero también sabía que éste tendía a evitar el enfrentamiento directo con su padre, y al final era ella la que acababa haciendo de mediadora entre ambos.

-Tú lo has dicho: no es más que una mascarada -intentaba apaciguarle-. No hay que darle tanta importancia. Es como si el niño fuera a una fiesta de disfraces. Imagina que es un disfraz de… vikingo.
-¿Cuándo se ha visto que un niño falte al colegio por una fiesta de disfraces? -volvía a gritar Alberto-. ¡Pero por mí de acuerdo! ¡Que vaya! ¡Que vaya disfrazado de vikingo! ¡Mejor aún! ¡Vamos todos de vikingos! ¡Pero mi padre también! ¡Con los bigotes postizos y los cuernos!

A diferencia de su padre, que siempre que se enfadaba gritaba en italiano, Alberto lo hacía en español, y sin embargo era sólo en esas situaciones cuando Elisa tenía la sensación de haberse casado con un auténtico italiano, y no con el hijo español de un fascista italiano establecido en Zaragoza al término de la guerra.

Che figlio snaturato! -bramaba el viejo fascista la mañana del 2 de noviembre, cuando ya su nuera se había atrevido a transmitirle, suavizadas, las reticencias de Alberto, y dedicaba los minutos siguientes a lanzar maldiciones contra quienes se avergonzaban de la sangre que corría por sus venas.

Al final, su perorata solía desembocar en una afirmación lapidaria y melancólica:
Non c’è dubbio -decía, sacudiendo la cabeza con resignación-. Viviamo tempi di decadenza.

Pero esa resignación era sólo fingida, y por nada del mundo pensaba Raffaele renunciar a la compañía de su nieto durante la celebración del homenaje. Su treta última era siempre la misma. Y siempre infalible. Agarraba a Juan por los hombros, le miraba con fijeza a los ojos y le decía:
-Eres libre, Giovanni -cuando estaban en familia, no le llamaba Juan sino Giovanni-. Eres libre de venir o no venir. Si quieres, vienes y, si no, no. Tú decides. Que no se diga que te llevo a la fuerza. Te repito que eres libre. Absolutamente libre. ¿Quieres venir o no? ¿Quieres venir?
Y el niño, por no contrariarle, hacía un leve, levísimo gesto que de inmediato era interpretado por el abuelo como un asentimiento.
-¿Lo ves? ¡No soy yo! ¡Es él! ¡Es el bambino el que quiere venir! -clamaba con una sonrisa triunfal-. Vamos, vístelo deprisa, que llegamos tarde.

Ella obedecía con aparente diligencia. Le ponía los pantalones y las botas, le abrochaba la camisa negra, le anudaba el pañuelo, le encajaba el gorro. Y, mientras lo hacía, no dejaba escapar la ocasión de soltar algún comentario malicioso:
-Si ya le he dicho a Alberto que no había que darle importancia. Que en realidad es como vestir al niño de vikingo y llevarlo a una fiesta de disfraces…
El viejo Raffaele la observaba entonces con resentimiento:
-¿De vikingo, dices? ¿De vikingo? ¡No estarás comparando al Fascio con los vikingos, esos bucaneros de opereta…!

Elisa no se tomaba muy en serio ni a su marido ni a su suegro, y luego, cuando se reunía con Alberto, que en esas situaciones solía encerrarse en la biblioteca, le decía:
-Tu padre ha cedido.
-¿Sí? -preguntaba él con un brillo de sorpresa en la mirada.
-Sí. Ha aceptado que nos vistamos todos de vikingos y vayamos a un baile de disfraces. ¡Yo ya me estoy haciendo las trenzas! -decía entre risas, y Alberto, malhumorado, emitía un largo y ruidoso bufido.

En un momento u otro, antes de que el abuelo y el nieto se echaran a la calle con sus uniformes de fascistas, la propia Elisa se las arreglaba para hacerles una foto junto a la cómoda del recibidor. Los primeros años se la hacía con alguna de las cámaras de su marido, y sólo al final con su propia cámara, una Polaroid que Juan recordaba como uno de esos juguetes aparatosos pero sin gracia de los que los niños se cansan a los diez minutos. En aquella foto, la de 1972 o 1973, los colores se mostraban distorsionados, y donde la realidad sólo había puesto tonos ocres o grises la cámara había encontrado inesperados brillos rojizos y azulados. Pero en general (y, sobre todo, dada la escasa pericia técnica de Elisa) la foto era aceptable. Cuando Juan la observaba, creía percibir en ella detalles que sólo a él estaban reservados y que ninguna otra persona en el mundo podría interpretar correctamente. Sus sonrisas, por ejemplo: mientras la suya expresaba candor y emoción, la del abuelo Raffaele se veía ensayada y tirante y como atrapada en mitad de algo, y ese algo no era sino el estribillo del himno fascista (Giovinezza, giovinezza, primavera di bellezza…), que invariablemente canturreaba cada vez que posaba para su nuera. O sus miradas: ¿quién que no fuera el propio Juan podría darse cuenta de que las miradas de ambos no buscaban la Polaroid de Elisa sino el espejo que había a su espalda, el enorme espejo de pared ante el cual, durante unos segundos, habían practicado la apostura más gallarda, el gesto más resuelto y arrogante? Ni el estribillo ni el espejo (que les reflejaba a ellos pero también a Elisa) salían en la foto, y Juan intuía que sin eso (sin el estribillo y sin el espejo pero también sin Elisa) la foto quedaba a medias, incompleta, y que nadie más que él podía restituirle las partes que le faltaban.

Estaba además el asunto de los parecidos. En la familia siempre se había discutido sobre quién se parecía más al abuelo que a la abuela, etcétera, y se daba por generalmente aceptado que de los descendientes de Raféale era Rafael, el primogénito, el más Cameroni de todos, y que Alberto era un poco más Asín que Cameroni y Paquito un poco más Cameroni que Asín, mientras que él, Juan, el único nieto, estaba a mitad de camino entre los Asín y los Mardones pero no tenía ni un ápice de Cameroni. Raffaele siempre había sido un hombre de frente amplia, barbilla afilada y hombros estrechos y, aunque era verdad que Juan no compartía con su abuelo ninguna de esas características, también lo era que la contemplación atenta de algunas de esas fotos del pasado revelaba una afinidad sutil pero profunda, como un aire de familia que no residía en este o aquel rasgo concreto sino en una serie de semejanzas menores que muy bien podrían ser adquiridas y no heredadas: la firmeza con que ambos plantaban los pies en el suelo, la tensión que se adivinaba en sus piernas y caderas, la reciedumbre del cuello. ¿Podía ser que estas similitudes fueran producto de las circunstancias y sólo existieran en los momentos en que las fotos fueron hechas? Podía ser pero, en la memoria de Juan, aquellas escasas fotos suyas junto al abuelo Raffaele rellenaban el vacío de los muchos momentos en que nadie les había fotografiado, y retrospectivamente se veía a sí mismo como un niño que se había parecido a su abuelo (pero también como un adolescente que de repente había dejado de parecérsele). La imagen del nieto y el abuelo vestidos de fascistas tenía de todas formas algo de parodia, de una parodia involuntaria en la que un niño remeda la grandiosidad de los gestos de un viejo y la reduce a lo que de verdad es, simple y hueca afectación. Como en las parejas de payasos: el payaso tonto y el payaso listo, que en realidad es tan tonto como el payaso tonto. Pero para que Juan lo percibiera de ese modo había hecho falta que pasaran unos cuantos años, y desde luego no lo percibía así entonces, cuando era un niño y se dejaba fotografiar junto a su abuelo, y ni siquiera algo más tarde, cuando finalmente desistió de acompañarle al homenaje.

Al Sacrario Militare Italiano iban siempre en taxi (de hecho, Raffaele no cogía taxis más que cuando iba al Sacrario). Llegaban media hora antes de que todo empezara, cuando allí sólo estaban los policías municipales, la banda de músicos y un puñado de curiosos que intercambiaban comentarios sobre los uniformes de unos y otros. Esa media hora daba para mucho. Daba para que el abuelo evocara a sus compañeros caídos en combate y para que volviera a contar alguna de sus viejas historias de la guerra, y a Juan habían acabado por hacérsele familiares los nombres de varios de sus protagonistas: el de Mario Basso, que había compuesto el himno del batallón; el de Fortunato Lettini, muerto de un tiro en la frente mientras hacía sus necesidades; el de Carmelo Giangrecco, el primo capitano, que sólo comía lechuga… Pero todo eso no era más que el prólogo. Lo importante venía después, cuando empezaba a contar su historia, la historia de su hazaña, la del día en que él, el voluntario fascista Raffaele Cameroni, se había convertido en un héroe de guerra. Era ésa la historia que al abuelo le gustaba contar, pero sobre todo la que al nieto le gustaba escuchar. La mirada encendida, los labios entreabiertos, un leve rubor en las mejillas: con qué cara de atención seguía el relato el pequeño Juan, que tragaba saliva en los momentos de tensión, arqueaba las cejas en los de incertidumbre y se entregaba sin resistencia a la placentera sensación del enardecimiento. Había escuchado esa historia otras veces, pero la reiteración no sólo no le restaba interés sino que se lo añadía, y el niño contrastaba mentalmente la nueva versión con las anteriores y a veces interrumpía a su abuelo para recordarle algún detalle omitido: las ráfagas de ametralladora, el cadáver semienterrado en el barro, la cantimplora agujereada por un balazo. Esas omisiones, involuntarias al principio, habían acabado haciéndose deliberadas, y de esta manera la narración había ido desarrollando su propia liturgia: el niño esperando con ansiedad el momento de intervenir, el abuelo exclamando ¡lo había olvidado!, el niño interrumpiendo de nuevo, el abuelo dándose una palmada en la frente, etcétera. La historia proseguía con la explosión del obús, y Raffaele guardaba un largo silencio mientras sus pupilas caracoleaban en busca de algo, en busca quizá de las palabras que debían expresar lo que había sentido en ese instante. Pero también las palabras formaban parte del ritual, y al final eran siempre las mismas: sangre, uniforme destrozado, olor a carne quemada (¡mi propia carne!), un calor súbito, un calor súbito e intenso… Y a esas alturas de la historia el niño se adelantaba ya a su abuelo y pronunciaba antes que él las palabras siguientes (la palabra resistir, la palabra luchar, las palabras hasta la última gota de mi sangre) porque había que precipitarlo todo, porque ya nada debía aplazar el momento culminante, en el que el abuelo se llevaría la mano al bolsillo y sacaría la medalla y la exhibiría con ademanes de prestidigitador.

-¡Cameroni Raffaele, medalla de bronce al valor militar! -exclamaba entonces, y ceremoniosamente se la prendía de su propia pechera.
Por supuesto, no era Raffaele el único que durante el homenaje lucía condecoraciones. A Juan le gustaba entretenerse en contarlas, y ningún año bajaban de la media docena, la mayoría de bronce. Lo más curioso es que eran siempre mujeres quienes llevaban las escasas medallas de oro: viudas de los oficiales muertos en España. La delegación italiana llegaba hacia las once y media en un autobús con matrícula de Milán, y para entonces ya se había formado ante la entrada el pequeño comité de recepción. Estaban los pocos que quedaban de los fascistas que al final de la guerra se habían establecido en la ciudad: estaba el gordo de Imbroglia, que en su juventud se había jactado de su parecido con Mussolini; estaba Rosso, menudito él, amante de la ópera, con las uñas de los dedos sucias de escamas (su mujer tenía una pescadería); estaba el irascible Angiolotti, de tez muy oscura, cejas enormes y nariz de pingüino. Y, desde luego, estaba el abuelo Raffaele, al que los otros reconocían cierta autoridad moral y que se apostaba ante la puerta del autobús para saludar uno por uno a los recién llegados. Era entonces cuando Juan, que no se separaba de él, aprovechaba para contar las medallas: dos viudas con sendas medallas de oro al valor militar, cuatro ex combatientes con otras tantas de bronce, un hombre manco con la medalla de sufrimientos por la patria.

Come ti chiami, bellino? -le preguntaba siempre alguna de las viudas, que luego no esperaba a escuchar la respuesta.
Los instantes siguientes a la llegada del autobús solían ser bastante confusos. Los músicos se apresuraban a apagar sus cigarrillos y preparar los instrumentos pero, en cuanto sonaban las primeras notas, Raffaele corría indignado a hacerles callar: ¿quién les había mandado tocar?, ¿no se daban cuenta de que todavía no había empezado el acto oficial?, ¡aquello era suelo italiano y la única bienvenida era la que los italianos debían dispensar a las autoridades españolas…! Los músicos agachaban la cabeza, y él dedicaba a sus compatriotas una sonrisita indulgente (ya se sabía, españoles, no aprenderían jamás) y reanudaba las salutaciones.

(De Dientes de leche, en El Cultural).

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