El próximo MARTES, día 11 DE NOVIEMBRE, a las 20.00 horas, en el AUDITORIO SANTA ANA, como de costumbre, damos comienzo a las actividades del Aula de Literatura ‘José Antonio Gabriel y Galán’ con la presentación del libro de Álvaro Valverde, Desde fuera, que correrá a cargo de Gonzalo Hidalgo Bayal.

Aprovecharemos para, en ese mismo acto, presentaros también la programación del Aula para el curso 2008/09.

Estáis todos invitados. Os esperamos.

DESDE FUERA

Vivir es deslizarse, repetiste,
captar nuestra existencia de soslayo
o verla desde lejos, en lo alto,
con la perplejidad del que contempla.
Los que te conocieron aseguran
que tu viviste así, que no hubo nada
ni nadie que pudiera desviarte
ni un ápice siquiera de ese trazo
que le diste por fin a tu camino.
Esa senda emboscada conducía
a una casa perdida entre los páramos.
Sobre aquel pedregal erosionado,
bajo la ardiente luz de los veranos,
una sombra precisa dibujaba
el estupor final de tu extravío.
En ese santuario estableciste
una visión del mundo peligrosa.
Rogabas a los dioses con frecuencia
que no nos castigaran con desgracias
(capaces en su ardor de destruirnos)
sin antes enseñarnos lo importante:
la frágil transparencia de la vida.

LABERINTO

Entra la luz de la mañana y llena
de limpia claridad toda la estancia.
Sigo mirando y al hacerlo pienso
que de esa realidad no soy consciente:
que pasa sin que yo pueda hacer nada.
Y, sin embargo, sé que está ahí,
latente, a mis espaldas,
como siento detrás el agua inmóvil
que brilla en la piscina o esos árboles
de troncos retorcidos donde viven,
su vida vegetal dulce y secreta,
ignotos animales de lo oscuro.
Una mujer me habla y no la escucho,
aunque sepa, en rigor, qué es lo que dice.
Grita un niño en la calle y su chillido
encuentra en mi silencio una respuesta.
Estoy contra la luz y si me ciega
es sólo porque tengo la memoria
de su hiriente fulgor. Se ha proyectado
mi sombra frente al muro,
allí donde el olvido se escinde en dos mitades.
Los contornos son nítidos; la precisión, extrema.
Recortan sobre el blanco su luz negra.
Hago un gesto. Por enésima vez tomo la senda
que sale de mí mismo y en mí mismo
se cierra, aunque sea en falso. Soy el sujeto
que en su pasividad se hace materia.
Un ficticio dolor recorre ahora
su infinito trazado sinuoso.
Tengo miedo a saber y, al mismo tiempo,
a no reconocerme en lo sabido;
a comprender por fin y a negar ese hecho
como, llegado el caso, se negara
la evidencia fatal de lo terrible.

TRAS ABANDONAR LA CASA

He dejado la casa.
Se queda allí encendida
la ventana a poniente, el río desangrándose
a la hora rojiza de las últimas vísperas,
el viento batallando detrás de las persianas
en su eterno combate contra el día y la noche.
Dentro vive el vacío de las viejas estancias,
el silencio ominoso de las paredes blancas.
Quiero creer, no obstante,
que he traído conmigo
una parte siquiera
de su antigua memoria.
Retengo todavía algunas cosas:
la luz anaranjada del cuarto de los libros
que ilumina los versos de un antiguo poema,
el silencio levísimo que suplanta en precario
el llanto y el dolor de nuestros hijos,
el sopor de la siesta serenado en el sexo,
las dudas suspendidas al filo del insomnio,
la conciencia de estar ocupando en el tiempo
lo que el tiempo consiente como vil simulacro
de esa vida más alta que, nos dicen, existe.
En las salas cerradas, no escucho esa palabra
que fue suma o señal de otros tantos silencios.
Pertenezco a ese sitio donde fue pronunciada,
al lugar desolado donde habita la sombra
de unos años dejados a merced del olvido.

(De Desde fuera)

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