El maleducado no se quitaba el sombrero jamás. Ni ante las señoras que pasaban, ni en una reunión importante, ni cuando entraba en la iglesia. Poco a poco la gente empezó a repudiar la grosería de aquel hombre, y con los años esta agresividad fue en aumento hasta llegar a su extremo: el hombre fue condenado a la guillotina. El día de la ejecución colocó la cabeza en el cepo. Como siempre y orgullosamente, con el sombrero calado. Todos aguardaban. La hoja de la guillotina cayó y la cabeza rodó. Sin embargo, el sombrero permaneció en la cabeza. Se acercaron entonces para quitarle por fin el sombrero a aquel maleducado. Pero fue en vano. No era un sombrero. Era su propia cabeza, que tenía una forma extraña.

(De El señor Brecht)

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