1. LA CAFETERÍA

El señor Tavares es madrugador. A las seis menos cuarto ya se pasea delante de la cafetería Olaf con un libro bajo el brazo. Es la cafetería del Barrio que más temprano abre, pero esta mañana aún está cerrada. Sin embargo, el señor Tavares no se asoma inquieto al interior silencioso del local para ver si están ya dentro los empleados. Tampoco mira el reloj, ni se dedica a leer los rótulos o las matrículas de los coches o los anuncios pegados en una farola para hacer tiempo.

El señor Tavares nació en Angola, donde el tiempo tiene otra densidad, otra cadencia. Luego conoció el tiempo frágil y escurridizo de Occidente. Por último, aprendió en los libros que el tiempo no tiene en todas partes el mismo valor, que no siempre se aprehende, se suma o se resta de forma aritmética, que lo que en unas partes es pérdida, en otras es ganancia, que en Oriente hay individuos que tardan semanas o meses en dibujar una sola letra.

Cuando abre la cafetería, el señor Tavares entra, da los buenos días y pide una bica y un bolo de arroz. Luego se sienta en una mesa de aluminio y vacía dentro de la taza una bolsita de papel, derramando por descuido sobre la porcelana del plato un montoncito de azúcar. Luego termina de remover el café, saca la cucharilla y la deja en el plato boca arriba. Al observarla, manchada de café, el señor Tavares piensa en la pala de un obrero; al mirar el montoncito de azúcar, en una montaña de arena. El señor Tavares tiene una idea en la punta de la lengua, pero prefiere esperar, no forzarla, dejar que salga sola. Por eso da un sorbo de café, abre el libro y se pone a leer.

«Chaval, estudias demasiado», le interrumpe al rato la camarera, que pasa a su lado repartiendo servilleteros por las mesas vacías. En realidad, el señor Tavares no estudia. Sencillamente, lee, pero no se molesta en aclarar el malentendido. Se limita a levantar la vista de entre las páginas y a sonreír. Justo en ese momento cae en la cuenta de que el sentido de la paciencia está oculto en el extraño juego entre una montaña de arena, la pala de un obrero y una minúscula cuchara de café.

2. EL MIRADOR

Una vez, cuando el señor Tavares era más joven, leyó una frase de Kierkegaard que decía que sólo es posible tener una buena vida si tenemos un buen escondite, que tener un escondite es tener una buena vida. Ahora el señor Tavares tiene su escondite en una buhardilla en la parte más alta del Barrio. Desde allí se ven todas las calles. Por eso el señor Tavares llama a su buhardilla «el Mirador».

Dispersos por el Barrio, habitando otros áticos, pero también sótanos, pensiones, cuartos de hotel, lujosas villas y apartamentos angostos, viven cuarenta artistas: músicos, escritores, pintores, escultores, arquitectos. El señor Tavares aún no los conoce a todos. Sólo sabe que viven en el Barrio y que entre ellos están el señor Valéry, el señor Proust, el señor Calvino, el señor Borges, el señor Brecht o el señor Kafka, aunque a algunos ni siquiera los haya visto. También sabe que puede que no llegue nunca a verlos, que quizá se muden antes a otra ciudad o a otro barrio, pero tiene la certeza de que después llegarán otros y de que, en suma, serán siempre cuarenta.

En realidad, al señor Tavares no le importan sus vidas. Sin embargo, se dedica a acecharlos desde el Mirador o a través de sus libros, y de vez en cuando ve pasar a alguno de ellos, huidizo, afanoso, apresurado, y toma vagas notas acerca de su recorrido, del vaivén de su gabardina o de su peculiar comportamiento al cruzar la calle. Luego echa la persiana y escribe sus propias historias. Lo cierto es que quiere escribir libros, pequeñas novelas, inspiradas en todos esos personajes, pero sabe que quizá no le dé tiempo.

El señor Tavares lleva desde los veinte años encerrado en el Mirador. Allí lee y escribe cada día. Lee y escribe. Lee y escribe. Lee y escribe. Escribe sobre los vecinos del Barrio, pero también lo hace sobre el miedo, el dolor, la enfermedad, la locura, o sobre la frontera difusa que separa lo humano de lo animal. Otras veces escribe sobre danza, geometría o arquitectura. Por lo general, escribe sin premeditación ni alevosía, escribe apenas sobre lo que le apetece en cada momento, y sólo cuando da algo por terminado decide qué es lo que ha escrito, si es cuento, novela, ensayo, poema o si es preciso inventarle un nuevo epígrafe. Todo ello para congraciarse con quienes prefieren gozar de una Literatura bien clasificada.

En los cajones del señor Tavares descansan siempre varios de esos libros que ha escrito. Son libros barrigudos, empachados de letras, con el vientre abultado por el exceso de páginas, que esperan impacientes a que les pongan a dieta. El señor Tavares también leyó una vez una carta que el Padre António Vieira terminaba diciendo: «perdona por esta carta tan larga, pero no he tenido tiempo de hacerla más corta». Para no tener que pedir disculpas, él se toma su tiempo: primero escribe, escribe, escribe, y después de varios meses, desescribe. Comienza eliminando palabras sueltas; luego, párrafos; al final, páginas enteras, hasta deshacer el libro en fragmentos. Es la tarea más larga, la más dura.

En estos momentos, el señor Tavares está asomado a la ventana del Mirador pensando en el viaje, en el editor, en el libro. Se pregunta si el libro que tiene entre manos estará en forma, si habrá adelgazado lo suficiente, si debe entregárselo ya al editor, si merece la pena el viaje.

3. EL TREN

El señor Tavares está sentado en el tren y parece como si no estuviera allí. No es que, en su imaginación, se vea ya en el despacho del editor. Lo cierto es que, en esa imaginación, se encuentra todavía en el Barrio, en el Mirador, sentado en su escritorio, sopesando los gramos de lucidez de ese libro tan delgado que ahora guarda, que ahora aguarda en la cartera.

De pronto, desde una columna del andén forrada de azulejo, el movimiento errático, casi imperceptible de una hormiga solitaria atrapa su atención, rescatándolo de su ensimismamiento. «Es una vanguardista», piensa al verla explorar el señor Tavares.

Poco después, un pitido resuena por toda la estación y se desata una agitación que es anticipo y signo de la partida. Mientras, la hormiga avanza sin prisas, sin rumbo, sin llegar a ninguna parte. Justo cuando el tren arranca, el señor Tavares salta aliviado al andén con la cartera colgando del hombro. Lo hace antes de que la hormiga, pero luego también las casas y las ciudades, los árboles y el paisaje, se desfiguren y escapen hacia atrás para siempre con el desconsiderado frenesí de la alta velocidad ferroviaria.

Mientras el tren se aleja, el señor Tavares se sienta en un banco un poco torcido, mirando a la columna. Durante cerca de diez minutos observa curioso la peripecia vertical de la hormiga. Luego se levanta y siente en las mejillas una ráfaga de aire frío. Al abrocharse la cazadora, la hormiga traza sobre el azulejo un repentino e inexplicable giro de 35 grados. Por fin, el señor Tavares sonríe, sale de la estación y se echa andar tranquilamente de vuelta al Barrio.

JUAN RAMÓN SANTOS

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