–Está bien –dijo–. Tú fijas las reglas.
–No es tanto una cuestión de reglas como de escalas.
–¿De escalas?
–Tú sabes que las escalas no son patrimonio de los geógrafos. En realidad, todo el mundo las utiliza para interpretar los datos que tiene. Por ejemplo, el otro día estaba en la cocina y, a través de la ventana del patio, escuché un rebullir oscuro: podía ser la cafetera de una casa, el café subiendo, o un avión. El sonido era idéntico. Simple cuestión de escala.
Ella condescendía somnolienta.
–Brezo, yo soy un hombre pequeño, pero tengo la sensación de que tú me representas en una escala todavía más pequeña, con lo cual parezco muy grande. ¿No podrías cambiarla? ¿No podrías aumentarla un poco, o mejor, aumentarla mucho, aumentarla hasta que, en tu recuerdo, yo figurase como el punto que designa a un pueblo en un mapa minúsculo, la réplica microscópica de un Sergio Prim borroso, lejano, casi inexistente?

(De La escala de los mapas)

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