«Hay hechos minuciosos que nos suceden a tiempo o no. Desde la mesa una mano se levanta para tocarnos la cara. No esta previsto que lo hiciera, no había relación alguna entre el movimiento de esa mano y el curso de la conversación. Tampoco las palabras acusan en seguida recibo del suceso. No hay, al cabo, causa ni consecuencia visible de ese gesto, pero el canto de la mano pasó por nuestra mandíbula hasta el pómulo, y ahora adónde iremos a parar. Pues somos el nudo en la red, el punto solo del morse, pero somos también las rayas contiguas que forman el mensaje, los hilos que, acercándose a otros nudos, forman la red. Esa mano nos ha incluido en lo demás, nos ha dejado trabados como si nuestro destino no se aviniera ya, no pudiera avenirse con la facilidad del olvido y, a partir de ahora, todo fuese a permanecer. De todo quedará constancia, mas no en la cuenta de un dios avaro, del dios omnivigilante de la niñez, no en el karma de los orientales, en su bagaje enorme de culpas y aciertos, sino en el canto de esa mano. “Las sensaciones de la vista y del oído”, he leído en los papeles de Espinar, “nos llegan a través de un medio distinto del cuerpo. Sólo el tacto nos revela la existencia verdadera de las cosas, sólo con él podemos evitar unas y apoderarnos de otras, tomar una manzana o hacer fuego. También a través del tacto el mundo se apodera de nosotros, nos reclama. no olvidemos que toda soledad es préstamo.” Y hoy un hecho minucioso nos lo recuerda, asciende desde la mandíbula, roza el pómulo mientras vamos sabiendo que no hay personas vacantes, que entre la isla del náufrago, la botella arrojada y el continente, la línea no se rompe, el tacto no se rompe, y negarlo es hundirse. Necesitamos meses, a menudo, y pérdidas, ha de suceder que perdamos a las personas, tienen quizá ellas que irse para que nos mostremos dispuestos a escuchar el canto de esa mano.»

(De Tocarnos la cara)

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