«El hombre feliz no tenía camisa; moraleja: el dinero no daba la felicidad. Hasta que llegó al ateneo y alguien le dijo que el hombre feliz no tenía camisa para que no se la quitaran, y el lo creyó porque aún no había cumplido diecinueve años y podía creerlo, exaltarse, predicar la buena nueva. Ahora, a punto de cumplir los treinta y cuatro, había perdido la fe en el orgullo y en la dignidad del hombre sin camisa.»

(De La conquista del aire)

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