Mi hija Mafalda nació en la página 152 de Lo real, la novela de Belén Gopegui. No pretendo con esto trazar ningún tipo de paralelismo inverso con uno de sus personajes, que acaba por desvanecerse entre las páginas de un libro, ni tampoco se trata de una broma como la que quise gastarles hace un par de meses, cuando nos visitó Gonçalo M. Tavares. Lo que me propongo es contarles una pequeña historia de lectura que comenzó a principios del verano pasado, cuando aún faltaban dos meses para que naciese mi hija y Belén Gopegui aceptó amablemente nuestra invitación a participar en el Aula. Entonces, calculando que al nacer la niña no dispondría de demasiado tiempo, comencé a leer sus novelas sin prisa pero sin pausa, buscando, de paso, material para el cuadernillo y tomando notas para esta presentación.
Aunque de entrada quise que la lectura fuese cronológica, acabó siendo caprichosa y desordenada y, de hecho, comencé por El lado frío de la almohada, la penúltima de sus novelas, por ser –he de confesarlo–, de las que tenía a mano, la más breve. En ella, a partir de la relación entre Laura Bahía, una joven de origen cubano, y Philip Hull, un diplomático estadounidense intermediario en un trato con agentes de la seguridad de Cuba, la autora reflexiona sobre el incierto futuro de la Revolución Cubana, y lo hace desde una perspectiva distinta a la habitual, diferente de la que cabe esperar desde la verosimilitud vigente, esa que –como explica certeramente en su ensayo Un pistoletazo en medio de un concierto– imponen los dueños del discurso dominante, quienes poseen los medios de producción.
Entre mis notas de esos días destaca una primera hipótesis sobre su narrativa, la de la importancia que parecían tener en ella el tacto y el contacto físico, y, además, la referencia a la curiosa anécdota que aparece en la novela sobre un teléfono de Hungría al que se podía llamar para oír la nota «la» cuando alguien necesitaba afinar la voz o un instrumento, anécdota que me sugirió una segunda hipótesis, la de que sus novelas tratasen sobre personajes, como Philip Hull, que han perdido el tono, que han perdido el «la».
El 7 de julio comencé Tocarnos la cara, un título que, de por sí, pone de relieve la importancia del tacto, que lleva además implícita la necesidad del otro, de los amigos, la necesidad de tocarnos la cara como modo de reconocerse cuando andamos a ciegas, como señal de que no estamos solos, ya que, como señalan en el libro los papeles de Espinar, «sólo el tacto nos revela la existencia verdadera de las cosas» y porque «a través del tacto el mundo se apodera de nosotros, nos reclama». Enseguida me llamó la atención también que, como sucedía En el lado frío de la almohada, quien nos contaba la historia era un narrador bien consciente de su labor, que, de nuevo, era un personaje quien asumía con rigor la tarea de contar, lo que me llevó a bosquejar una tercera hipótesis, que los de Belén Gopegui son narradores a conciencia.
Por lo demás, la novela gira en torno a un grupo de aficionados que experimenta un nuevo ámbito de representación teatral, el llamado «Probador», y alrededor de un tema también común en la obra de Gopegui, la amistad y la traición, y, una vez más, se trata de personajes desubicados, que han perdido el «la», que nacieron, como dice la novela, cuando «no había lucha posible del bien contra el mal», cuando «todo era ambiguo y amargo igual que tantos manifiestos de cinismo donde nuestros mayores sin cesar repudiaban la clandestinidad o las células, el partido, la fe y la autocrítica».
A mediados de mes andaba de cabeza con el cuarto de la niña, jugando al tetris con los muebles por toda la casa y, curiosamente, en medio de tanta dificultad espacial, en La escala de los mapas vine a dar con Sergio Prim, un geógrafo de la percepción obsesionado con las escalas y la búsqueda de huecos, mínimos e imperceptibles refugios materiales, como un libro, una manivela o la tela de un abrigo, que le sirven para huir de la realidad, un extraño afán que entonces me desconcertó. Prim, además de ser otro narrador a conciencia, capaz de urdir un magnífico primer capítulo que –como podrán comprobar en el cuadernillo– desconcierta y engancha, es también un ser reacio al contacto, aunque enamorado de Brezo, su Maga particular, con la que juega a encuentros y casualidades en una novela a la que no le falta algún que otro guiño cortazariano.
Poco a poco iban pasando las páginas y los días, y las noches las pasábamos al fresco en el balcón, Fátima escuchando música y yo con dos o tres libros a mano, entre ellos siempre alguno de Belén Gopegui y papel para tomar notas, y apenas restaban un par de días de julio cuando empecé Lo real.
Esta vez es Irene Arce, un personaje secundario, quien nos narra a conciencia la historia de Edmundo Gómez Risco, una suerte de secreto Robin Hood mediático a través de cuyas audacias la autora desvela el juego sucio de manipulaciones y conflictos de interés político y económico oculto tras los medios de comunicación. No llevaría leído un tercio del libro cuando el 3 de agosto, de madrugada, subimos de urgencia al hospital para lo que creíamos una mera inspección rutinaria, gajes del embarazo, y allí pasé largas, inquietantes, solitarias horas de espera que distraje leyendo, entre otras cosas, Lo real, hasta que, sobre las once de la mañana y hacia la página 152, apareció el ginecólogo y me anunció en pocas palabras que, cesárea mediante, en cuestión de horas sería padre, algo que no llegué a creerme del todo hasta que tuve en brazos por primera vez a mi hija y comprendí de verdad la importancia que puede llegar a tener el tacto, no sólo en las novelas de Belén Gopegui.
Luego se sucedieron los días de hospital y la experiencia sofocante de la primera tarde en casa, que Mafalda se pasó llorando desconsolada, asustada por tanto cambio, y sólo un par de semanas después me puse con La conquista del aire, que arranca con un magnífico prólogo que no hacía sino confirmar la segunda de mis hipótesis al afirmar que «cayó la modernidad, cayó nuestro pequeño imperio austrohúngaro y estamos, como los personajes de Joseph Roth, moviéndonos en coordenadas que desaparecen», y que demuestra, además, que quien verdaderamente es un narrador o, mejor dicho, una narradora a conciencia es la propia Belén Gopegui, una escritora rigurosa, muy consciente de sus objetivos y de los mecanismos narrativos que es preciso emplear para alcanzarlos, y que utiliza la escritura como una forma de indagación, porque, como dice en ese prólogo, «el narrador quiere saber y por eso narra», algo que bien podría servir como leit-motiv de buena parte de su obra.
La escritora plantea con agilidad en las primeras páginas el conflicto principal de la novela: Marta y Santiago le prestan a su amigo Carlos el dinero que necesita para sacar adelante su empresa, pero el préstamo se convierte en una inagotable fuente de insomnio para los tres y en una enrevesada trampa que acaba por obligarles a traicionar sus ideales, poniendo de paso en peligro una amistad que se cierra en falso, como una herida mal curada. La conquista del aire es, pues, una novela sobre la amistad, pero también sobre las dificultades para mantener intactos los ideales de izquierda en una sociedad en la que es posible, como dice la autora, «que el dinero anide (…) en la conciencia moral del sujeto» y que me hizo reparar en cuál es el perfil de buena parte de los personajes de Belén Gopegui: universitarios, de entre treinta y cuarenta años, de izquierdas –aunque no sepan bien cómo ser coherentes con sus ideas– y desconcertados, como los de Joseph Roth.
En las primeras páginas de El padre de Blancanieves, la última de sus novelas, un trabajador ecuatoriano acude a casa de una de las protagonistas para hacerle responsable de su despido, debido a las quejas que ella ha dado al supermercado por la entrega negligente de un pedido, un conflicto al que sucederán otros que ponen de manifiesto que no hay una separación estricta entre las esferas privada y pública, pues lo que hacemos de puertas para adentro repercute de puertas para afuera. La novela se desarrolla en buena medida a través del diálogo cruzado entre personajes vinculados a colectivos ecologistas y de izquierda que debaten sobre las contradicciones de una cierta clase intelectual cuyo modo de vida se sustenta, hasta en los más mínimos e irrenunciables detalles, en el mismo sistema capitalista de explotación que critican, y buscan con denuedo zonas y medios de resistencia, una búsqueda que, desde La escala de los mapas, parece común a todos los personajes de Belén Gopegui, esos personajes dialogantes y desorientadas que, a pesar de haber perdido el «la», no cejan en su empeño de descubrir huecos de resistencia en el sistema, no pierden la esperanza de que otro mundo sea posible.
Para terminar, como decía al principio, mi hija Mafalda nació en la página 152 de Lo real y, al tiempo, en la 2008 de otro libro aún más real, real y difícil como la vida misma, y ojalá acabe ella algún día por descubrir esos huecos que Belén Gopegui y sus personajes buscan con tanto ahínco.

Juan Ramón Santos

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