YO ERA UN ANCLA EN TU VIENTRE, una
nasa en tu pecho, una tortuga atrapada
en tu pelo, un búho atento al estruendo
del mar, a la ola en el océano, al viento
moviendo el rocío. Yo era una piragua monó-
xila hundida en un petrogriflo. Yo era un
gallo enterrado en la arena, hipnotizado
por la raya siempre horizontal a mi
cresta, a mi sangre cuajada, a veces, en
la inscripción helada de una muralla des-
plegada como un pájaro que ya no puede
volar a los nidos de nuestras casas vacia-
das por las nupcias ceñidas a las siluetas
de unas débiles sombras. (…)

(De Últimas horas en Lisca Blanca)

Anuncios