El Caso Abramavicius
RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN

Vassili Pavlovich Aksentiev, conde de Abramavicius, había nacido en San Petersburgo en 1883. Heredero de una incalculable fortuna, célibe y sin hijos, la Revolución de Octubre del 17 le arrancó sus propiedades en Nijni-Novgorod, con sus doscientas deciatinas de magníficos bosques y campos cultivables, sus legiones de almas campesinas, sus asombrosas reservas de cebada, grano y azúcar. Sin embargo, la colectivización de sus tierras y la conversión de su residencia veraniega en escuela pública para los desdentados hijos de los mujiks, no impidieron que huyera a Francia llevando consigo la nada despreciable cantidad de ochenta millones de rublos en oro, las joyas de su abuela Ekaterina Filipovna, mecenas del divino Pushkin, y un legado de iconos del período bizantino tardío sin rival en Occidente.
La riqueza del conde de Abramavicius era sólo comparable a su excentricidad. Fanático por tradición y cínico por vocación, el noble destinaba todo su tiempo al fetichismo. Obsesionado con la creación de un museo que reflejara la providencial labor que la Madre Rusia había desempeñado en el curso de la Historia, viajó a París rodeado de lujo y maravillas, portando en su equipaje (cuatro coches de posta tirados por caballos lapones y un carguero, el Evónimus, que recorrió en sesenta días con sus respectivas noches el trayecto que une los puertos de Sajalin y Le Havre) el primer ucase firmado por Iván IV el Terrible contra la expansión de los boyardos, allá por 1566; la espada que Carlos XII de Suecia legó a Pedro I el Grande en Poltava, tras su derrota en 1709; el puñal con que Sofía de Anhalat, futura Catalina II, hizo degollar a su marido, Pedro III, mientras dormía el sueño de los borregos; y el cáliz de plata en el que Alejandro I y Napoleón Bonaparte degustaron vinos del Mosela en Erfurt, hacia 1808, antes de convertirse en enemigos irreconciliables.
Abrumado por la artritis, aunque arrebatado por la belleza de la mansión versallesca que arrendó al poco de pisar suelo francés, con el paso de las décadas el conde de Abramavicius parecía haber olvidado su pasión coleccionista, hasta que un suceso, en apariencia inocuo, le puso sobre la pista de otro tesoro de incalculable valor: el perdido cráneo del difamado staretz Grigori Iefimovitch Rasputin, curador del zarevitch Alexis, muerto a manos de intrigantes palaciegos meses antes del advenimiento bolchevique.
Un mediodía de agosto de 1953, mientras podaba con mimo un rosal, se acercó al conde uno de sus caballerizos, Viacheslav Efimov, a contarle que su primo Gennadi Kosma, recién llegado de Polonia, solicitaba permiso para guardar en la bodega ciertos documentos comprometedores que había conseguido evadir de la Unión Soviética. Efimov le aseguró al conde que su primo Gennadi, colaborador del general Kornilov durante la época del gobierno Kerenski, se había labrado una merecida fama de anticomunista. El conde de Abramavicius aceptó a regañadientes: le agobiaba el calor y no deseaba discutir con su subordinado acerca de la ideología política de un familiar.
Aquella misma noche, vencido por el dolor de sus articulaciones y asediado por el fantasma bigotudo de Josef Stalin, no pudo resistir la tentación de visitar la bodega para degustar, a falta de ampollas de morfina, un delicioso Burdeos de Sauternes con el que su amigo Pierre Barnavaux, duque de Bellerval y descendiente por vía directa del heroico mariscal Kleiber, le había obsequiado durante las pasadas fiestas navideñas.
Estaba limpiando con una gamuza húmeda una botella de Château-Nairac, cuando vio junto a la escalera una cartera repujada en piel de carnero, con las iniciales G. K. cuidadosamente estarcidas. El conde, indiscreto, procedió a exhumar su contenido, encontrando una lista de apellidos que nada le decían (Kagamanov, Kucharski, Piej, Orlovaki, Nikitin), diversos mapas del Volga, el Dnieper, el Dvina y otros ríos importantes, un puñado de pasaportes grasientos de procedencia británica y, bajo un doble fondo, escondido a la vista, un pequeño libro encuadernado en madera.
Al conde de Abramavicius el corazón le dio un vuelco, la fatiga de las piernas le desapareció al instante y blasfemó en su lengua materna, que desde hacía meses sólo empleaba con los mozos de cuadra, los jardineros y su costurera particular.
El volumen en cuestión era la famosísima Istoria ruscoi revoliutsii de Dimitri Seschkiavinski, antiguo preceptor de la princesa Tatiana, caído en desgracia a resultas del robo de varias cartas comprometedoras, y único conocedor, en calidad de sepulturero, del lugar exacto donde la cabeza de Rasputin fue enterrada tras ser arrojado el resto de su cuerpo al Neva. Durante años, fue un secreto a voces que la intelligentsia bolchevique había buscado el manuscrito en vano, temiendo que, al ver la luz el documento, una turbamulta de visionarios, santones y lunáticos pusiera patas arriba la recién nacida república.
A la muerte del preceptor, acaecida en Marruecos en 1935, país al que llegó por una ruta descabellada (China, Japón, Formosa, Irak, Egipto, Túnez) huyendo de los incansables mastines del Ejército Rojo, se sabía que la obra había ido a parar a manos de un periodista español destacado en Tánger, un tal Jiménez de Elisburu, monárquico confeso, quien a su vez, y enterado de la atracción que inspiraba el libro, lo aprendió de memoria antes de bañarlo en una solución de ácido cítrico, turba y permanganato que, según indicaciones de la sabiduría sufí, volvía invisibles los textos. Hecho esto, el español regresó a su patria, e hizo grabar en el libro ahora blanco, junto a la fórmula que devolvía a las páginas su legibilidad, la leyenda Sub rosa, que en latín no sólo hace referencia al hermoso mes de mayo, sino a todo proceso cuyo curso sumarial es privado (…)

(Puedes leer el cuento completo en la revista Lateral)

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