Hoy no tengo ganas de tocar. Sin embargo, abro la partitura de una pieza que desde algún tiempo me gusta mucho, el nocturno nº 11 de Chopin. Los acordes parecen los martillazos de un herrero, y no por el Petroff -otra vez me asombra que de un instrumento tan viejo surja un sonido tan limpio-, sino por la torpeza de mis dedos que chocan entre sí y se apiñan en las fermatas. Tengo que poner en marcha el metrónomo, muy lento, esperando que su tic tac ordene el ritmo de las notas, que siguen saliendo planas, monocordes, llenas de grumos, con chimpún de pachanga.
Es en vano y dejo el teclado que parece duro, como si el propio piano se resistiera a mi agresión.
Al sentarme frente al televisor veo un programa sobre la pena de muerte en Estados Unidos y las distintas formas con que actúan los verdugos. Son, en general, hombres fornidos, bien alimentados, blancos y rubios, acaso padres de familia que con las mismas manos con que aprietan el botón de la inyección letal o conectan la palanca de la descarga eléctrica arrojan una hora más tarde unos granos de sal a las chuletas de la fiesta del barrio o acarician la cabeza de un niño. Su contacto no provoca ningún escalofrío. Actúan ante las cámaras a rostro descubierto, casi con petulancia, codo con codo con policías, médicos y capellanes.
Antes, la de verdugo era una profesión tan vergonzosa y abominable que, en el cadalso, pedían perdón al reo, se tapaban el rostro con un capuchón negro para que nadie los reconociera luego en la calle, aunque hubieran ejercido el derecho a quedarse con las ropas del muerto. Una vez leí en un libro de Goethe su alegría porque un abogado había conseguido que admitieran como estudiante en la facultad de Medicina al hijo de un verdugo, a quienes entonces no se les permitía ejercer ningún oficio honrado ni, mucho menos, detentar ningún cargo público, con lo que su profesión se convertía en una condena vergonzante que se transmitía de padres a hijos. No recuerdo quién hizo una excelente película con ese tema.
Yo también soy un verdugo. Algunas veces intento engañarme y me digo que no, que sólo soy un matarife. Pero el engaño dura poco y la realidad no pierde ocasión de desmontarlo. El matarife mata animales anónimos en un lugar público y sanitario para que los demás nos alimentemos de ellos. Nunca nadie ha comido al animal que yo mato, al perro o al pájaro con nombre propio a quien odia o adora aquel que me contrata. Y lo hago de forma clandestina, donde nadie ajeno me ve. Luego, escondo los cadáveres.
Yo también soy un verdugo: mato y cobro por matar. Y aunque sólo ejecuto a animales, cada día es mayor la vergüenza que siento por mi oficio.

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