– ¿A qué viene tanta prisa? -dijo al llegar al andén.
El Linterna levantó la mano a modo de respuesta, señalando a sus espaldas. Un retén de soldados, separados unos de otros cinco o seis metros, en su lugar descanso, vigilaba con gesto de recelo el convoy en la vía de salida.
– Te ha tocado. El jefe decidió que fueras tú. No te perdonará nunca que quisieras sustituirlo.
– ¡Ese cerdo! -masculló encajándose la gorra y abrochándose el botón del cuello de la camisa del uniforme azul, como si, despertado en la madrugada, no hubiera tenido tiempo suficiente para vestirse.
– También dijo que con un poco de suerte tú también te quedarías allá -explicó moviendo las manos grandes y negras, de uñas excesivas, los dedos gordos y oscuros como caracoles a fuerza de hurgar en las tripas de las locomotoras y de cargar bultos y carbón. En el antebrazo derecho, dos raíles tatuados. Los inquietos pies movedizos.
– ¿Qué quieres decir?
– El tren debe llegar al otro lado.
– ¿Al otro lado y con esta máquina? Reventará en las cuestas del Lebrón -dijo. Recordó que dos años antes había sido utilizada, con los mismos vagones, para transportar presos. Pero entonces él no era el maquinista.
– Aguantará bien, la he estado mirando -negó con seguridad-. Eso no es lo peor. Me parece que no te has fijado en la clase de mercancía que llevas.
Por primera vez miró hacia las sucias ventanas de los vagones. A la escasa luz de las bombillas de la marquesina los racimos de rostros devastados se pegaban a los cristales, observándolo fijamente.
– ¡Locos!
– Peor aún.
– ¿Qué? -preguntó. No quería mirar más a sus espaldas, donde ya sabía que varios cientos de ojos evaluaban cada uno de sus gestos de piedad o de asco. Temía la respuesta, la información que agotara la desgracia.
– Todos los de la Misericordia. Uno de los enfermeros aseguró que algunos no aguantarán el viaje.
Miró al Linterna sin decir nada, como si no lo viera, pero el otro no aguantó su mirada y agachó los ojos hacia los pies que se removían empujando algo hacia las vías, quizá una colilla. Luego miró hacia la noche, como si buscara en la sombra alta y negra de los eucaliptos una razón para negarse a hacer el viaje.
– Se vengó contigo. No podrás negarte. Ahora también somos tropa militar -explicó, uniéndose a su desgracia, aunque los mozos de carga habían quedado libres de la nueva disciplina. Él agradeció en silencio su pequeño gesto solidario y estéril.
– ¿Quién viene conmigo?
– Tú solo. Bueno, tú y Beltrán -rectificó. Se frotó la nuca áspera y fuerte, dándose un motivo para no mirarlo a los ojos.
– ¿Beltrán? Imposible. Beltrán será incapaz de controlarlos.
Comprendía que el jefe lo hubiera elegido a él sin temblarle la mano. Por su parte, él le pagaría no regresando. Ambos sabían que se quedaría al otro lado. Pero Beltrán… Beltrán era el revisor más débil y benévolo que había conocido nunca, tan incapaz de hacer bajar en la primera estación a un intruso sin billete como decidido para hacer parar un tren tirando de la cuerda de alarma porque a una dama se le había volado un sombrero por la ventanilla. Además, era un hombre mayor, con hijos, que nunca se quedaría allá. ¿Cómo se le había ocurrido destinarlo a este viaje?
Vio salir al jefe por la puerta de la oficina, la barriga un palmo por delante de su pecho, en la cara una sonrisa desconcertante bajo el quepis rojo. Se estaba dejando crecer un incipiente bigote que no contribuía a cambiar su expresión de sapo húmedo y satisfecho.
– El parte de ruta -dijo con forzada rutina, poniéndole en la mano dos papeles con un carboncillo entre ambos-. No pares hasta la última estación. Ya hemos avisado.
– ¿Me estarán esperando?
– Sí, sin duda -respondió.
Los dos eran conscientes de que estaba mintiendo. Él no preguntó nada más porque sabía que no le importaría nada lo que dijera. Luego, el jefe le dio la espalda para volver a la oficina.
– Una cosa todavía -le pidió.
El jefe se detuvo y lo contempló desde tres o cuatro metros, sin acercarse.
– No es necesario que venga -dijo en voz alta señalando a Beltrán, que había aparecido y esperaba junto a la escalerilla, elegante y pálido de miedo, con una palidez acrecentada por la sucia luz de las bombillas-. Yo me basto.
– ¿Estás seguro?
– Sí.
– De acuerdo, que se quede. Buen viaje.
Sintió el viboreo de un odio rancio que se le concentraba en los puños. Todo tan grotesco. Miró hacia la máquina que ya había puesto a calentar el Linterna, aunque apenas era necesario. El calor de agosto bastaba.
– ¿Lo has llenado todo?
– Sí. Y mucha agua. Con este calor.
– Hasta la vista -dijo. La mentira oculta bajo la vieja fórmula gastada.
– Suerte.
Se acercó hasta la máquina, sin mirar hacia atrás. Beltrán lo esperaba junto a la escalerilla, inmóvil y pálido, sudoroso y elegante, con la camisa reglamentaria abrochada hasta el cuello.
– Gracias -le dijo.
– Por nada.
– Buen viaje -lo oyó cuando ya estaba arriba. Las dos palabras sonaron de modo muy distinto a las dichas por el jefe, como si fueran otras.
Ya estaba solo. Se puso frente al panel de mandos y observó los niveles, el manómetro. Todo parecía en orden. Era una máquina muy vieja, lenta, de carbón, que sólo se utilizaba para transportar mercancías, o en alguna urgencia, pero no dudaba que en las dos o tres horas que hubiera tenido el Linterna la habría revisado a fondo para que nada previsible fallara. Abrió la porta de fuegos: el chisporroteo del carbón, como una camada de luciérnagas, expulsó una vaharada de calor que le hizo retirar la cabeza. Retrocedió unos pasos y por el hueco de la ventanilla observó a sus pasajeros. Ellos no podían verlo, ni acceder a la máquina, ni salir de los vagones adaptados para presos. Sentados en los duros bancos de madera, juntos, pero sin apretarse, aguardaban pacientes la arrancada del tren. No mostraban inquietud, ninguna prisa, acostumbrados a esperar desde hacía tiempo algo más temible que un viaje a un lugar donde nadie los esperaría. Algunos llevaban vendada una mano, una oreja, o la cabeza rodeada por un pañuelo grasiento que les sujetaba la mandíbula y la boca cerrada, posiblemente sin dientes. Otros mostraban sin pudor ni exhibición las llagas ennegrecidas, los huecos donde hubo una carne y un rostro dotado para mostrar alegría y dolor. Otros, en fin, tenían hundidas las narices como boxeadores y los ojos desviados y lacrimosos. Todos parecían tener dificultad para moverse. Pensó en el calor, en las reacciones impredecibles. “Como un cargamento de carne al matadero”, susurró, “ni siquiera eso, menos que eso”.
Bien. Era la hora de partir. Tenía que hacerlo y lo haría, un último esfuerzo. No quedaba atrás nadie que le importara demasiado. Aumentó la presión y sacó la cabeza por la ventanilla: por la chimenea comenzaban a salir los primeros vellones negros que atravesaban la débil franja de claridad de las bombillas y se perdían en la noche de arriba. Miró luego hacia atrás, hacia el andén. Todos habían salido fuera, para verlo partir, y esperaban, más impacientes que los de arriba, como si vieran alejarse un peligro. El Linterna hizo un gesto de adiós con la mano. El jefe estaba junto a su puerta, empaquetado en su uniforme, con algo de la forzada marcialidad que ahora mostraban los soldados. Sólo Beltrán había desaparecido, acaso temiendo que se arrepintieran y lo hicieran montar de nuevo. Con un poco de suerte no volvería a verlos a todos ellos nunca más.

(Puedes leer el cuento completo en la web www.escritoresdeextremadura.com)

VÍAS MUERTAS, Editora Regional de Extremadura, Colección La Gaveta

Anuncios