Ojeroso, pesado, bañado en humo ajeno,

con esa torpe compostura que sostiene el hábito;
una magnífica pereza lamiéndole los pies.

Excedido, en su piel habitan los roedores,
la demora en sus ojos,
en la voz el invierno.

Todo en él es así, muy poca cosa.

Ahí tenéis, bastardo y tambaleándose,
recién nacido,
al hijo de la tarde.

(De Métodos de la noche)

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