No sabría decirles durante cuántas semanas o meses me estuvo acechando Los peces de la amargura desde las páginas de los suplementos culturales. En aquellos tiempos, después de un ingenuo y prolongado período de fe, desconfiaba yo profunda, excesivamente de la sinceridad de esos suplementos, en perpetuo entredicho por su descarada vocación comercial, pero desconfiaba también del título del libro de Aramburu, demasiado bueno para ser cierto, y sobre todo, de los ojos del autor, a veces enmarcados por negros sombreros de ala ancha, que me miraban serios, melancólicos, no dejaría yo de decir también que burlones, desde fotografías en color, quizá también desde alguna en blanco y negro. El tiempo fue pasando, el libro recibió el premio Mario Vargas Llosa NH, el Dulce Chacón, el Real Academia Española, se multiplicaron noticias y reseñas, y en algún momento, creo que a raíz de algún blog, quizá el de Álvaro Valverde, me convencí de que el libro debía de ser bueno, por lo que en cuanto volví a encontrármelo en la librería lo compré, deseoso de leerlo. Poco y mal debía de haber leído yo entonces lo escrito acerca del libro, y tampoco debí de entretenerme al comprarlo en la contraportada, porque lo comencé a leer convencido de que se trataba de una novela y, de hecho, cuando terminé el primer cuento, el que da título al volumen, además de sobrecogido, me quedé con una sensación de insatisfacción, de incertidumbre, de «¿ya?, ¿y ahora, qué?», algo que constituye una de las marcas, de las huellas, de los buenos relatos. Enseguida descubrí que lo que seguía era una magnífica serie de cuentos en la que el narrador, omnisciente, fríamente objetivo, sin moralinas ni tomar partido en apariencia, a veces con un fino sentido del humor, retrataba la dura realidad cotidiana del conflicto en el País Vasco.

El libro, supongo que como a muchísimos otros lectores, me dejó del todo satisfecho pero hondamente desasosegado. Sin embargo, si por entonces era poco amigo de leer y fiarme de reseñas, nunca lo he sido tampoco de indagar en los antecedentes vitales y literarios de los escritores, ni siquiera en los que recoge brevemente la solapa de los libros, y por eso, durante bastante tiempo mantuve la idea no del todo incierta pero insuficiente de que Aramburu era un poeta metido a narrador, y dado que uno es más lector de novela que de poesía, no sentí por el momento la necesidad de profundizar en su obra.

Eso hasta que, en febrero de este año, Álvaro Valverde -de nuevo- tuvo la amabilidad de invitarme a charlar un rato con sus alumnos y recompensó mi visita con la última novela de Aramburu, Viaje con Clara por Alemania, que debía de estar recién llegada a la librería y aún tardaría algunas semanas en aparecer en los suplementos, con los que para entonces, con algún recelo, ya me había reconciliado. A pesar de que la portada me resultaba atractiva y de que tengo cierta debilidad por Alemania, lo alemán y la lengua alemana, tengo que decir que la novela no me sedujo desde el principio, y cuando digo el principio no sabría decir si hablo del primer párrafo, la primera página o el primer capítulo, pero lo cierto es que a partir de un determinado momento, tampoco sé si a raíz de alguna frase brillante de Aramburu o de alguna agudeza de Ratón, narrador y protagonista del libro, la historia me atrapó por completo. Antes de seguir, les advertiré de que no soy un lector fácil de conmover. Hay libros que me han sobrecogido pero rara vez se me saltan las lágrimas. Tampoco soy dado a reírme leyendo. A sonreírme, sí, pero es raro que un libro me arranque así, por las buenas, una carcajada, cosa que sí sucedió, sin embargo, repetidas veces con las peripecias del viaje literario que Ratón lleva a cabo con su esposa Clara haciendo funciones de secretario, fotógrafo, fontanero y, sobre todo, de cronista furtivo y mordaz. Me reí de lo lindo con sus disquisiciones, sus miserias, sus discusiones conyugales, sus pequeñas derrotas, sus sutiles venganzas y sus desventuras, y terminé la novela con esa pena feliz que te dejan algunos libros cuando se acaban y convencido, además, de que era buena literatura, por la prosa excelente, por la sabiduría con la que Aramburu desenvuelve la trama y dosifica el ingenio y por la sutileza con la que, por debajo de la ironía, a menudo del sarcasmo, es capaz de transmitirnos el amor de Ratón por su esposa o de construir secuencias de indudable ternura, como, por ejemplo, las que recrean la relación del narrador con su sobrino autista. Por todo ello, porque es un libro muy bueno y muy divertido, y a pesar de que nunca he tenido ninguna vocación de apostolado -ni siquiera de apostolado literario-, comencé una discreta labor de difusión de la novela, regalé algún ejemplar, le hablé bien de ella a cuantos pude y conseguí que fuese quizá el mayor éxito de lectores de mi biblioteca, pues la acabaron leyendo mi padre, mi madre y mi suegra y no descarto que, tras un pertinaz programa de bombardeo selectivo, la acabe leyendo también mi mujer, tan reacia siempre a leer nada que no esté escrito en portugués.

Fue ella, por cierto, la responsable de que cayese en mis manos mi siguiente libro de Aramburu, Fuegos con limón, pues Gonzalo Hidalgo me habló de él, yo lo hube de nombrar en casa, en alguna comida, y ella cogió al vuelo el título y me lo regaló varias semanas después. Fuegos con limón lo leí el pasado verano en medio de otras lecturas que, por razones que no vienen al caso, me resultaban urgentes y obligatorias, aunque siempre que podía regresaba a él para seguir entusiasmado las andanzas de La Placa, un presunto grupo surrealista formado en el San Sebastián de los primeros años de la Democracia, cuyos integrantes, provocadores, egoístas, a menudo ruines, hacen lo imposible por abrirse camino en el panorama literario del momento.

De nuevo el libro me divirtió. Volví a disfrutar con el humor y la prosa de Aramburu, me gustaron mucho la mesurada mezcla de broma y nostalgia con la que está trenzado el relato y la habilidad con la que aparece retratada de fondo la sociedad vasca en los años más duros del terrorismo, y la única pega provisional que supe ponerle fue que me parecía que había algo de excesivo, de exagerado y, por ello, quizá, de poco verosímil en las gamberradas que perpetra La Placa, pero la pega fue, como digo, provisional, ya que algunas semanas después averigüé que Aramburu había sido uno de los fundadores, en esos tiempos de Fuegos con limón, del Grupo Cloc de Arte y Desarte, que ese nombre, Cloc, era una onomatopeya que recreaba, según el autor, «el ruido que hacen los garbanzos cuando caen desde un octavo piso sobre las cabezas huecas de los transeúntes», me pregunté, pensando en La Placa, pensando en Cloc, si la realidad superaría a la ficción o viceversa y, después de haber leído y disfrutado tanto con Los peces de la amargura, con Viaje con Clara por Alemania y con Fuegos con Limón, pero quizá también porque tengo cierta nostálgica aunque injustificable debilidad por la gamberrada, al menos por aquélla que se pretende literaria, artística o estética en sentido amplio, acabé por sentirme ya del todo fascinado por el autor y su obra, y eso que aún me faltaban por delante El trompetista del Utopía, El artista y su cadáver, Yo quisiera llover o Vida de un piojo llamado Matías, relato éste que, una vez firmado por el autor, pienso conservar como oro en paño si no para la iniciación de mi hija en la lectura, sí al menos para su iniciación, dentro de algunos años, en la literatura.

En fin. No sé si habrán leído ya a Fernando Aramburu. Si no lo han hecho, se lo recomiendo. Entre otras cosas, porque es capaz, con la misma maestría, de hacernos reír, de dejarnos estupefactos o de reírse por lo bajo después de habernos dejado estupefactos. De unas y otras virtudes tienen Uds. una pequeña muestra en el cuadernillo. Yo les dejo sin más con el autor. Disfruten de la lectura.

Juan Ramón Santos

Plasencia, 14 de diciembre de 2010

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